La historia de Cáceres a través de sus objetos
Cáceres y el Cacereño: la cosa va de bolas
En 1949 trasladó su feudo a la recién construida Ciudad Deportiva, donde jugaría hasta la inauguración del Príncipe Felipe en el año 1977

Fotogalería | Así es el escudo del Cacereño / Pablo Floriano

La cosa va de bolas. Si la semana pasada poníamos la atención en el orbe del Niño de la Congregación, en esta ocasión el protagonista es otro objeto esférico: el balón de futbol. La razón de ser y sobre el que gira -valga la redundancia- toda la magia y pasión que genera el deporte rey.
El Recreativo de Huelva
Me cuesta admitirlo, pero si hay algo que podamos agradecer a los ingleses es que inventaran el fútbol moderno a finales del siglo XIX. Una práctica que se extendió rápidamente por todo el mundo y que, en España, recaló con la llegada de numerosos británicos para trabajar en las minas de Riotinto (en 1889 se fundaba el primer club nacional: el Recreativo de Huelva).
Y en nuestra ciudad, ¿en qué momento empezó a calar el balompié entre los cacereños? La persona que mejor conoce la historia del fútbol local es Paco Mangut, autor del colosal libro ‘C. P. Cacereño: sus orígenes, su historia’, en el que narra la trayectoria centenaria del club decano de Extremadura.
Los primeros partidos
Hacia 1909 se documentan los primeros partidos disputados en la capital, que se jugaban en los terrenos de El Rodeo. En 1911, el programa de la feria de mayo recogía la celebración de un encuentro entre dos equipos amateurs. Como toda novedad en esta ciudad, el nuevo deporte suscitó duras críticas, como la reflejada en una publicación local que abogaba por suprimir «esos concursos de deporte en que pretenden lucir sus físicos encanijados los señoritos inútiles de la localidad».
En 1918 se fraguó la creación del Club Deportivo Cacereño, constituido de manera oficial el 18 de abril de 1919. De su mano, en la década de los 20, el futbol se afianzó en la ciudad y, junto a los toros, se convirtió en el principal entretenimiento de nuestros paisanos. En 1924 se celebró el primer campeonato oficial de la región, que ganaría el Cacereño. Poco duraría su periplo ganador, puesto que en los años siguientes dejo de militar en competiciones oficiales debido a la escasez de medios económicos (situación que lo perseguirá durante toda su historia).
Finalizada la guerra civil, y gracias a la intercesión de Oscar Madrigal, presidente de la Diputación Provincial, el Cacereño resurgió de sus cenizas y, en la década de los 40, se consolidó en la Tercera División nacional. Jugaba sus encuentros como local en el campo de Cabezarrubia, situado en los terrenos que hoy ocupa la comisaría de la Policía Local, junto a la estación de ferrocarril. En 1949 trasladó su feudo a la recién construida Ciudad Deportiva, donde jugaría hasta la inauguración del Príncipe Felipe en el año 1977.
El palmarés
De su palmarés podemos destacar que fue el primer equipo extremeño en militar en la Segunda División, durante la temporada 1952-1953, si bien ha sido en Tercera en la que más campañas ha disputado. Pero más allá de los logros deportivos, a lo largo de su siglo de existencia el club ha regalado momentos de emoción y entusiasmo a sus fieles seguidores. En la memoria colectiva está, por ejemplo, el partido disputado en la Ciudad Deportiva contra el Badajoz en la temporada 63-64, suspendido a los 35 minutos de juego tras ser expulsados por una trifulca cuatro jugadores locales y dos visitantes, cuando el marcador era de 2 a 1. El partido se reanudó días después, jugando siete jugadores del Cacereño contra nueve del Badajoz. Conocidos como “los Siete Magníficos”, aguantaron las embestidas de los pacenses que, pese a la superioridad numérica, solo lograron empatar a tres.
Pero mi memoria no alcanza aquellos lejanos recuerdos. Los míos son más cercanos. Son de tardes de invierno, con bufanda y abrigo grueso, bajo la monumental tribuna del Príncipe Felipe. De escuchar por la radio los goles a domicilio del Cacereño narrados por la inolvidable voz de Tomás Pérez. Son también de aquella ilusionante primera vuelta de la temporada 2002-2003 en Segunda B, en la que jugaba Enrique y Julio Cobos, el entrenador que nos ha devuelto a la categoría de bronce estatal.
El objetivo
Veintidós jugadores y un balón. Y un objetivo: marcar en una portería, a poder ser, la del contrincante. ¿Cómo algo tan simple puede hacer feliz a tantísima gente? Solo quienes sentimos la pasión por este deporte podemos entenderlo. Entender la emoción tan real que cada aficionado vive cuando el esférico echa a rodar y restan 90 minutos de intensidad, de incertidumbre, de ¡uyyyys! que se escapan de la garganta cuando el balón roza el larguero o de gritar ¡goooool! cuando este acaba en el fondo de la red.
Debo admitirles que las mayores alegrías, en lo futbolístico, me las ha dado otro equipo: mi Real Madrid, el mejor club de la historia del futbol. Pero en los últimos años, el proyecto de Carlos Ordóñez nos ha devuelto la ilusión a muchos, para de nuevo sentirnos verdaderamente identificados con el club verdiblanco, con el equipo de nuestra ciudad.
El gol del 97
El gol de cabeza de Marcos Carrillo en el 97 contra el Ávila, con el que pasamos a la final por el ascenso, me supo mejor que aquel que marcó en Lisboa Sergio Ramos al Atlético, en el 93, para que el Madrid levantara su décima Champions. Y qué decir de los cinco goles al Estepona, con los que, el pasado sábado, volvimos a remontar un marcador en contra, esta vez para alcanzar la gloria. Jamás imaginé que un partido del Cacereño pudiera emocionarme más que una de esas noches mágicas con remontadas épicas en el Bernabéu. Pero ocurrió.
Coliseo de las Capellanías
Las más de siete mil almas reunidas en el coliseo de las Capellanías disfrutamos, por fin, de un ascenso más que merecido, en uno de esos días que se quedan para siempre en la memoria. Un final feliz para todos esos seguidores a los que, más que su corazón, les late un escudo. El escudo del Cacereño. Un triángulo perfecto que guarda en su seno los dos símbolos sempiternos de la ciudad -el castillo y el león-, tres consonantes entrelazadas y un balón antiguo, testigo silente de tantas mañanas y tardes de domingos de fútbol. Nuestro escudo. El que defienden los nuestros. El símbolo que nos impulsa a seguir soñando con goles, con triunfos, con un futuro que siga regalándonos alegrías, mientras Cáceres grita con orgullo: ¡AUPA CACEREÑO... RA. RA. RA!
Jorge Rodríguez Velasco es graduado en Historia y Patrimonio Histórico por la Uex
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