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«Con mis trochas quiero recuperar la experiencia del viajero de los siglos XVIII y XIX»

Ramón J. Soria Breña, antropólogo, escritor y consultor en investigación social y de mercados, transmite en su obra su honda conexión con el territorio, su condición de viajero lento y su capacidad de observación y responsabilidad con la naturaleza, la usanza y la realidad humana. Además de Sendas perdidas. Rutas y caminos poco transitados para perderse por la España olvidada, es autor de España no es país para ríos, El barco caníbal y Los últimos hijos del lince, entre otras obras

Ramón J. Soria Breña, en una de sus rutas.

Ramón J. Soria Breña, en una de sus rutas. / Cedida

Almudena Villar Novillo

Almudena Villar Novillo

Cáceres

A Ramón J. Soria Breña (Jarandilla de la Vera, Cáceres, 1965) le gusta perderse y más en estos tiempos de conexión superlativa, de localización involuntaria. Este extraviarse libre y opcionalmente le proporciona experiencias singulares; le permite toparse con rincones extraordinarios, desconocidos y olvidados. Y fruto de estos paseos es su última obra Sendas perdidas. Rutas y caminos poco transitados para perderse por la España olvidada, que edita Anaya Touring. Una 'antiguía' en la que el cacereño revela sus descubrimientos de trochas, veredas y caminos olvidados, desconocidos y desdibujados ahora. No ofrece detalles al paseante, solo le orienta, le describe el paisaje encuadrado en la historia, la gastronomía y las vivencias de sus gentes, y le transmite la memoria de estos senderos que, en su tiempo, jugaron un papel protagonista en la vida de esos lugareños y, que hoy, el olvido y la maleza postergan y arrinconan.

Ramón J. Soria Breña.

Ramón J. Soria Breña. / Cedida

¿Cómo descubrió estas sendas?

A mí me gusta mucho caminar, montar en bicicleta por España, Europa y el mundo. Y estas sendas me han llegado por diferentes caminos: un informador, un amigo y un periodista. Cada uno me ha hablado de uno y otro lugar, de tal territorio, de tal comarca. Posteriormente, he investigado y he localizado en hemerotecas reportajes periodísticos antiguos o en libros. Al final, ha habido bastante literatura previa que me ha incitado y me ha picado la curiosidad para explorar, primero, cómo podría ser ese territorio, cómo ir y, luego, pisarlo y hacer la ruta.

¿Qué debe tener una senda para considerarse perdida?

Con mucha frecuencia, siento que, en algún momento de la historia de España, fueron sendas transitadas y que, luego, se perdieron porque la gente que las trazó dejó de pisarlas como es el caso de la de los arrieros, que ya no existe, o la del contrabando en la Raya. Hay otra que me sorprendió porque, cuando un camino se transita poco, la maleza crece y se pierde. Y, eso para mí, ya lo hace interesante, pero también que no se encuentre en ninguna guía, es decir, que sea un camino olvidado. A veces, se han conservado, como las cañadas reales, pero ya son muy turísticas. Poco a poco, me di cuenta que había cientos de sendas y caminos perdidos. Me encanta ir al Instituto Geológico Nacional y comprar mapas, en los que encuentro cosas que no aparecen en los GPS. En los mapas, hallé unos caminos que conservan la topografía de entonces. Así, estos mapas me dan muchas pistas para encontrarlos y recorrerlos. Soy un activo comprador de mapas antiguos.

Menciona las calzadas romanas, ¿cuál es su papel en la estructura viaria española y en sus sendas? 

La mayoría de las grandes calzadas romanas están enterradas o destruidas; por encima se trazaron carreteras y autovías. De ellas quedan poco, pero no debemos olvidar que en el Imperio Romano eran importantes, pero también lo eran los caminos secundarios y terciarios que daban servicio a las villas y a las pequeñas aldeas. A veces, encuentras rastros de esas calzadas como piedras, hileras de piedra, puentecitos arruinados que están en tierra de nadie y, ahí, entiendes que en algún momento hubo un camino. Y esto me ha pasado con mucha frecuencia en Extremadura. Sobre el río Gualija descubrí un puente que la gente llama del Búho porque se encontró un búho real. Es un pequeñísimo puente romano que daba servicio a la ciudad que se situaba antes de Talavera la Vieja y que ahora está debajo del agua. Ahí encontré una senda romana que iba en dirección a esa población y era obligado pasar por el puente, pero la senda se ha perdido, aunque hay indicios que se perciben en las huellas que dejaban los carros, lo que supone que había una senda o un camino romano. Descubrir esto está muy bien. Luego se puede ir a un mapa antiguo y constatar que, efectivamente, así era. 

Ramón J. Soria Breña en una de sus sendas olvidada, en la que se rodó la película de Doctor Zivago.

Ramón J. Soria Breña en una de sus sendas olvidada, en la que se rodó la película de Doctor Zivago. / Cedida

¿Por qué diferencia entre viajero y paseante? ¿Qué tipo de paseante es usted? ¿O prefiere explorador?

El mundo está todo explorado, todo descubierto; ahora estamos descubriendo otros planetas, pero uno puede ser paseantes y pasear por el mundo. Para pasear a penas necesitas una mochila o una bicicleta, y quitarte el disfraz de explorador, de viajero intrépido porque ya es difícil hacer un viaje intrépido. O mejor, sí se puede hacer un viaje intrépido sin tener que ir muy lejos, sin ir a La India o estudiar la Antártida. Puedes hacerlo a pocos kilómetros de tu casa y ser un paseante, es decir, caminar o viajar con los pies, que te hace sentir como se hacía hace dos siglos, que viajaban a pie o a caballo. Por ello, me etiqueto como paseante.

En su libro transmite la idea de dejarse ir, de olvidarse del GPS, del teléfono móvil… gracias a ello, ¿con qué sorpresas se ha topado?

Me parece muy valioso perderse, olvidarse del reloj y del teléfono. A veces, no hay coberturas y no funciona el GPS, y tenemos que fiarnos del mapa y de la intuición. Y en mi caminar, me he encontrado con sorpresas y maravillas para mí, como decía Marco Polo, de la flora y la fauna raras o exóticas, difíciles de encontrar. Si vas en silencio, sin hacer ruido y sin destruir el entorno, te encuentras con un lince a dos metros, que no te ha escuchado ni tú a él; o un barbo dorado, que es una rara mutación genética; o un lobo, o un oso; o un azor cazando. La fauna me encanta y no se asusta de ti si vas en silencio y solo. Hay que llegar con respeto a esos lugares. También me he encontrado yacimientos arqueológicos que no estaban registrados en los mapas; objetos romanos a los pies de un embalse y me topé con un poblado romano rodeado de vasijas rotas, pero intactas. Me pregunté: ¿por qué nadie lo ha descubierto antes? El limo ha preservado esos objetos. Esto es lo que más me gusta

¿Qué nos perdemos con el concepto actual de turismo? ¿Lo hemos desvirtuado?

Sí, porque la gente va a lo previsible y no quiere perder el tiempo. Cuando haces un tour quieres ir a todos los sitios, ver museos, los lugares interesantes para hacer la foto, que todo el mundo hace, y no quieres perder el tiempo. Yo creo que, cuando viajas, lo que pierdes es el tiempo porque te permite descubrir cosas que no esperabas, que no pensabas. Debemos viajar de esta forma: ir a una ciudad para ver solo un museo; y en ese museo, un cuadro; ver un edificio, una calle porque, realmente, es lo que me interesa y, todo lo demás, lo veré en otro momento, en otro viaje. No tengo el afán de conocerlo todo porque no ves nada. Al final, son fotografías rápidas que pasan por tus ojos y no tienes experiencias de ese viaje. Por eso, mi libro pretende recuperar esas experiencias de los viajeros de los siglos XVIII y XIX, momentos en los que viajaban pocas personas, que tenían el placer de recordar y contar a los demás las experiencias.

En sus sendas, recupera el pasado, pero también las costumbres olvidadas.

Cuando hago un viaje me gusta estudiar, me gusta hacer una investigación. Además, la preparación también es emocionante e interesante; saber qué había, la historia del lugar. Esta observación previa me parece fundamental. Se trata de la intrahistoria, las pequeñas historias que, generalmente, suelen ser muy emocionantes. La historia de la gente corriente que, por diferentes razones, tuvieron que moverse, ser viajeros por España; la vida de los estraperlistas o las rutas de Francisco Ponzán, que ayudó a cientos de personas a huir del nazismo pasando por los Pirineos a España y a Gran Bretaña por Portugal. Al final, esa gente no salen en los libros de historia, pero tienen una historia que fue nuestra, que es la historia de nuestro pasado; historias apasionantes con mucho de aventura. Cuando haces esas rutas sabes que allí estuvieron; lo saboreas más y entiendes mucho más el sentido del camino. Otro ejemplo: la ruta de los arrieros. Gente que se dedicaba a transportar mercancías desde Zamora y Valladolid hacia Andalucía con recuas de mulas. Eran caminos complicados. No había autobuses, ni coches, ni motos. Se iba andando o en mula. Sí, es recuperar esos caminos de esa gente anónima.

¿Qué sentidos predominan en sus sendas?

Todos. El olor es importante, sobre todo, cuando se hace una ruta caminando porque te permite ir despacio. Te facilita recuperar a qué huele el campo, el camino, qué plantas han florecido. Pero también la vista, el mundo de los colores, lo que ven tus ojos. Y el sonido; el ruido del agua, de las aves... Todo es tan saboreable, tan apreciable como las imágenes que captas con una cámara.

¿Cómo contribuye la despoblación a la pérdida de estas rutas?

La verdad que muchas zonas siempre tuvieron poca población, aunque ahora lo estén menos. Es verdad que si se pierde población, se pierden también esas zonas. De hecho, y gracias a los mapas antiguos, descubrí que en muchos planos actuales existen arroyos y ríos sin nombre. Indagué por qué y no se debe a que no tuvieran denominación en su momento, pero cuando el topógrafo acudió al lugar, no encontró a nadie (ni lugareño, pastor o sacerdote) a quien preguntar. Y por ello no les asoció un nombre. Y así se pierde.

¿Quedan espacios por descubrir en Extremadura?

Muchísimos, en Extremadura y en España. Todas las civilizaciones de Europa y del Mediterráneo pasaron por aquí; y, aunque está todo supertrillado, todavía hay montones de caminos que no aparecen en las guías. Sendas, lugares, agujeros que no existen o existen para muy poco gente. Eso es lo que yo intento estimular con este libro: descubrir estos espacios y siempre con la filosofía del respeto. De pronto, descubres un lugar maravilloso, precioso, salvaje y lo importante es ser invisible para que, cuando nos alejemos, nada indique que estuvimos allí; que no dejemos rastro, ni destrucción. Cuando paseo por Extremadura, me sorprendo cada vez más que lugares conocidos en los que ya no hay nadie. Hace poco hice la ruta de Alfonso Onceno, que es una ruta normal, señalizada, con cartelería, una ruta no muy larga, cinco kilómetros, por la comarca de los Ibores-Villuercas-Jara hacia Guadalupe, y no me encontré absolutamente a nadie y me di cuenta que hacía mucho tiempo que no pasaba nadie por allí.

¿No teme un 'turisteo' de sus rutas?

Sí, he pensado guardarlas para mí y mis amigos; mantenerlas en secreto, no divulgarlas. Pero mi experiencia es que si queremos proteger los lugares, es bueno que mucha gente cuidadosa los conozca. Me ha ocurrido lo contrario: lugares secretos, que no se conocían y que los guardaba para mí, de forma egoísta; posteriormente, he ido y me los he encontrado destruidos. Por ello, he optado por que se conozcan. Alguna vez ha ocurrido que un río maravilloso, desconocido, de la noche a la mañana ha habido vertidos, se ha destruido el bosque de la ribera, lo han contaminado y no ha pasado nada porque nadie lo conocía, nadie protestaba. Por eso, mi opción es que se conozcan estos lugares, pero invitando a las personas a que sean cuidadosas, que sean invisibles, que no haya rastro de nuestro paso por él. Y es posible porque yo lo hago.

¿Sus paseos son solo o acompañado?

Me encanta pasear solo porque nada me distrae. Admiro la fauna, camino con sigilo, no hago ruido porque no tengo con quién hablar y hace que me integre en la naturaleza. Pero reconozco que viajar con amigos, sobre todo en bicicleta, es muy divertido, compartes experiencias. Los españoles somos muy viajeros, muy gregarios, y nos gusta ir con los amigos, al contrario que los europeos que prefieren la soledad. A mí, si el viaje es corto, voy solo; si es largo, prefiero ir con amigos.

Para seguir sus sendas ¿qué condiciones se necesitan?

Mis sendas no son minuciosas, no hay un mapa con puntos geolocalizados. El mapa que aporto en el libro es casi de cómic, pintoresco, no pretende ser un mapa fiel de la geografía. Si interesa ese lugar, lo primero sería bajarse el plano del Instituto Nacional (hay una aplicación que permite no perderse por el territorio español). Es decir, contar con un mapa del territorio. Luego, investigaría sobre la zona. Son rutas fáciles y sencillas que con el mínimo equipo cualquier paseante puede hacer: una mochila, agua, comida, ropa de abrigo, un saco si se pasa la noche, un buen aislante y ganas de pasarlo bien. En España tampoco hay tigres, ni víboras peligrosas. En casi todos los lugares te lo vas a pasar bien. Si vas con prudencia, no haces locuras en la montaña y eres un caminante regular, todos los caminos que planteo son más o menos cómodos.

¿Qué horizontes busca ahora?

Ahora estoy montando mucho en bicicleta porque es como la recuperación del transporte de mi adolescencia y me gustaría escribir un libro de rutas en bici siguiendo los grandes ríos de Europa. El Rin, el Danubio, el Ebro o el Tajo, lo que supusieron para la civilización y la historia de Europa, conectar con esta herencia. Hace años recorrí parte del Danubio, que me permitió reconectar con lo que fue el imperio austrohúngaro antes de la primera y segunda guerras mundiales, cómo fueron esos lugares previos a los conflictos bélicos.

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