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Aventuras y desventuras

Las casas más curiosas de Cáceres y las leyendas que esconden sus muros

Fuimos recopilando toda una variedad de viviendas que con el paso del tiempo se han convertido en una relación importante que hemos creído oportuno recordar aquí

Casa de las culebras, en la calle Muñoz Chaves.

Casa de las culebras, en la calle Muñoz Chaves. / Carlos Gil

Alonso Corrales Gaitán

Alonso Corrales Gaitán

Allá por la década de los años setenta del pasado siglo XX fuimos encontrando la mención curiosa de determinadas casas de nuestra ciudad que eran conocidas por un concreto título popular, como consecuencia de alguna curiosidad o particularidad relacionada con dicha construcción.

Así fuimos recopilando toda una variedad de viviendas que con el paso del tiempo se han convertido en una relación importante que hemos creído oportuno recordar aquí, como parte interesante de nuestra historia local y curiosidad que puede muy bien incorporarse a esa gran página de nuestra cultura, ello a pesar de que según parece no interesa a la autoridad competente.

Comencemos por ejemplo con la denominada Casa de las Culebras. Datos que provienen de principios del pasado siglo, situada en las proximidades de la Real Audiencia de Extremadura, que era propiedad de don Alonso Espadero y donde en la segunda mitad del siglo XIX se alojó un domesticador de serpientes venido de Portugal, al cual se le escaparon dos de estos animales, llegándose a organizar una verdadera cacería para dar con ellas, algo que nunca se logró con el consiguiente peligro para la población. Pero además hemos encontrado otra historia sobre esta casa, que no deja de ser curiosa. Según consta en el registro de la Propiedad y referente al año 1850, las hermanas doña María y doña Juana Rojas Espadero, vendieron la casa a sus vecinos y hermanos don Carlos y Marcelino Godines de Paz, quienes quedaron el titulo de Casa de las Culebras por el aspecto poco agraciado de aquellas primeras propietarias. Lo que aparece en la documentación como “singular”.

La Casa del Gigante, es un calificativo algo mas antiguo. Su origen se sitúa a lo largo del siglo XVII, y se refiere a un vecino de unas medidas extremadamente grandes en su aspecto físico. Allí vivió durante más de veinte años Juan Pérez, apodado el gigante por tener una estatura de dos varas y media de alto algo muy inusual en aquella época. Dicho vecino casó en el año 1615 con Juana Jiménez, de medidas normales. Su casa estaba situada en la Calle Caleros mas allá de la ermita del Vaquero en la parte derecha, espacio hoy de una pequeña plazuela camino de la Fuente del Concejo. Aunque Juan gozaba del respeto de la practica totalidad de sus vecinos, la chiquillería solía gastarle pesadas bromas, así como la realización de canciones ofensivas que tarareaban cada vez que Juan salía a la calle.

Como es de suponer los muebles de tan humilde vivienda eran de unas dimensiones especiales (sillas y cama) lo que llamaba la atención de todos los curiosos. Dicho matrimonio tuvo un hijo que afortunadamente no heredó las características de su padre. Nuestro protagonista procedía de Segovia, aunque personas del mismo apellido procedían de Portugal, Casas de Don Antonio, Malpartida de Cáceres o del Casar.

Cuando falleció tan especial persona dejó en su casa unas prendas de vestir muy peculiares en cuanto a tamaño, que fueron inmediatamente recogidas por los vecinos en señal de recuerdo, tales como zapatos, pantalones, chaleco y un rudimentario bastón, tales objetos se conservaron para curiosos unos pocos años. Su ataúd tuvo que ser transportado por diez personas y fue enterrado aquí en Cáceres. Se desconoce el camino que siguió su descendencia.

Ahora le ha tocado el turno a la denominada Casa de los Palomares. Contrariamente a lo que se puede pensar no se trata de una vivienda donde se criasen estos animales, sino donde vivía una familia así apellidada y que gozaba del respeto y cariño de todos sus vecinos. Dicho apellido procedía de la localidad de Mata de Alcántara, estableciéndose en Cáceres en el siglo XVIII, siendo el primer miembro conocido don Domingo Palomar y Pajares. Se encontraba y se encuentra esta casa como el nº 3 de la calle Santi Espíritu. De antiguo aquel lugar había sido enfermería de los religiosos dominicos, asentados en el cercano Convento de Santo Domingo, lugar que actualmente es iglesia y está bajo el cuidado de los franciscanos. Espacio que se mantenía unido por medio de un pasillo elevado sobre la calle Rio Verde.

Nos remontamos a mediados del siglo XIX, cuando allí vivía el matrimonio formado por don Manuel Palomar y doña Nicasia Jiménez, con sus dos hijos José y Juan, que era procurador y abogado respectivamente. Innumerables eran las cualidades de estas piadosas personas, quienes recibían como costumbre en su casa a cuantos cacereños conocían por aquella época. Pero esto no era lo mas original, sino que la invitación la mayoría de las veces se hacía para participar en la propia comida familiar o como poco a los postres con café incluido.

Todos los cacereños que allí acudían, hacían especial mención de los suculentos guisos con los que los Palomares les introducían en cualquier tema de tertulia, destacando especialmente el cocido, que hacían con garbanzos traídos de Mérida, o la gallina deshuesada y rellena, preparada por la cocinera Natalia, en lumbre de piedra y en el suelo, guisada con las mejores especias y muy bien acompañada de pan traído del Casar de Cáceres. Sin olvidarnos de un acompañamiento nada despreciable de buen vino de la tierra, es decir de Montánchez. Pero si la especialidad de aquella entrañable familia eran las comidas de cuchara, no eran nada despreciables los postres que allí se ofrecían en todo tiempo: perrunillas, rosquillas de alfajor, tocinillos, merengues, brazos de gitano y una gran variedad de dulces secos.

Algunos de los privilegiados comensales manifestaban que lo habitual era encontrar en aquel hogar cinco o seis personas concentradas en la degustación de aquellos manjares, lo que en la actualidad no es muy común en las casas familiares. Hay que recordad que además de disfrutar de aquellos magníficos banquetes, quienes acudían hasta allí era para disfrutar de un ambiente de silencio y de paz que allí se respiraba donde se disfrutaba también con enriquecedoras conversaciones.

El 16 de enero del año 1914 fallecía don José Palomares, y tal fue la tristeza que experimento su hermano Juan, que fallecería el 14 de marzo del mismo año. AL no tener descendencia se quedó con la casa la prima de estos, doña Rosa Jiménez de Carbajal, pasando posteriormente a su hijo don Jacinto Carbajal, y de éste a su hijo don José Carbajal Muñoz, hasta llegar a la actualidad en la que es su propietario don Fernando Carbajal Navarro, conocido artista cacerense. Llegados a este punto nos referimos a la casa número 2 de la calle Moreras, que fue construida en el siglo XVII y reedificada casi en su totalidad en el siglo XVIII por sus propietarios, la familia Sarmientos, de donde le viene tan peculiar título a dicha casa.

A pesar de existir ya en nuestra ciudad en el año 1536 varias personas con este apellido, siendo pecheros de procedencia castellana, no es hasta la llegada de don Pedro Sarmientos y Pizarro, natural de Segovia, en el año 1680, cuando se comienza a estudiar a esta familia. Según parece el origen histórico del apellido se remonta al siglo XV cuando algunos cristianos viejos castellanos se proveen de grandes manojos de sarmientos secos y prendiéndoles fuego los utilizan para lanzarlos contra los almacenes y viviendas de los musulmanes, para así hacerlos salir y detenerlos.

Acción ésta que al realizarse en determinados lugares les hace ser conocidas a estas personas con el apelativo de “los sarmientos”, llegando con el tiempo a adoptarlo como apellido. El mencionado don Pedro Sarmientos y Pizarro casó en 1710 con doña María Sánchez Becerra, hija de don Diego Gil Becerra, abogado, y sobrina de don Juan Gregorio Becerra, rico comerciante de Cáceres. Nobles y conocidos apellidos cacerenses que se van relevando en la propiedad de dicha casa, destacando Parra, Muñoz Chaves, e Ibarrola.

Y hasta aquí una pequeña muestra de una relación bastante extensa. Pero no es justo que nos olvidemos de esas casas donde vivieron el compositor don Juan Solano, el cronista don Antonio Floriano, o el patriara de las letras don Publio Hurtado, el notable historiador don Simón Benito Boxoyo, el notable don Miguel Orti Belmonte, o el arqueólogo don Carlos Callejo Serrano, entre otros muchos, que emplearon gran parte de sus vidas en descubrirnos un patrimonio incalculable. Esas placas recordatorias serían una ruta cultural e histórica única.

Alonso Corrales es investigador

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