Platos únicos
Las razones que explican la revolución gastronómica de Cáceres: una ciudad que se come
Jóvenes cocineros como Álvaro Holgado, al frente del restaurante Maná, lideran una nueva etapa donde el producto local, la memoria y la emoción marcan el rumbo de la cocina cacereña

La comida de las abuelas de Cáceres / Carlos Gil

Cáceres está viviendo una revolución tranquila. No hay estridencias, ni grandes campañas, ni estrellas fugaces: hay verdad. En los últimos años, la ciudad se ha consolidado como una de las capitales gastronómicas más interesantes de España, un destino donde el producto local ha pasado de ser una etiqueta a convertirse en una filosofía. Cocineros jóvenes, formados dentro y fuera de Extremadura, están dando forma a una nueva identidad culinaria que nace del respeto al pasado y de una mirada moderna hacia el futuro.
La revolución cacereña no se entiende sin el territorio. En esta tierra de dehesas, olivares y huertas, los ingredientes no solo alimentan: cuentan historias. De la Torta del Casar al pimentón de La Vera, del cordero de dehesa a las mieles de Hurdes o el vino de pitarra, la despensa extremeña es una crónica viva del paisaje. Lo que antes era rutina doméstica, hoy es discurso gastronómico.
El secreto de este cambio está en una generación que ha sabido mirar atrás sin miedo. Jóvenes como Álvaro Holgado, al frente del restaurante Maná, representan esa nueva sensibilidad. Su menú ‘Raíces’, que se estrena este otoño, condensa el espíritu del momento: una cocina emocional, sincera y profundamente ligada a la memoria cacereña.
Un menú que emociona sin artificios
Holgado, que abrió su restaurante en la plaza de Santa Clara hace tres años, lleva tiempo explorando el alma de la cocina extremeña. “Es un menú que habla de nuestra tierra y de nuestras abuelas”, explica. “De esa raíz que ellas regaron con paciencia, con el fuego lento y con esa forma de cocinar que no se olvida”.
En ‘Raíces’, el territorio se sirve en cada plato: lomo con pringada de aceite de oliva y patatera sobre corteza de corcho de alcornoque; cordero de dehesa con legumbres; mieles del norte y queso de cabra de Los Ibores; rosquillas y perrunillas como epílogo dulce. Todo gira en torno al producto de proximidad, la emoción y la memoria. No hay artificios, solo verdad y técnica al servicio del sentimiento.

La comida de las abuelas de Cáceres / Carlos Gil
La puesta en escena también es un manifiesto: vajilla de Terracota Mérida, botijos en las mesas, chatos de vino reinterpretados… Cada detalle habla de identidad, de un modo de ser. “Queríamos que cada pieza tuviera alma, que el comensal se sintiera como en casa”, resume Holgado.
La ciudad es mucho más que el escenario de esta historia. Cáceres se ha convertido en un ecosistema gastronómico donde la tradición convive con la innovación. La ciudad monumental, Patrimonio de la Humanidad, se llena de propuestas que celebran el producto local con creatividad: desde restaurantes de alta cocina hasta bares que reinventan las tapas de siempre, pasando por proyectos de panadería, pastelería o bodegas que apuestan por lo artesano.
Los productores también forman parte de esta revolución. Queseros, apicultores, hortelanos y ganaderos trabajan con una generación de cocineros que los reconocen como coautores del relato. La gastronomía cacereña ha dejado de ser una colección de recetas para convertirse en una historia coral sobre el territorio.
Las razones de un renacimiento
Hay varias claves detrás de esta efervescencia:
- El producto: Extremadura ofrece una de las despensas más ricas y sostenibles del país, con materia prima de calidad excepcional.
- La identidad: los cocineros apuestan por una narrativa propia, sin imitar modelos ajenos.
- La emoción: la nueva cocina cacereña no busca deslumbrar, sino conmover.
- La colaboración: productores, artesanos y hosteleros trabajan en red, construyendo comunidad.
- El territorio: el paisaje y la historia no se decoran, se cocinan.

Carlos Gil
El movimiento gastronómico de Cáceres no es una moda, sino una revolución a fuego lento. Una que ha sabido crecer desde la humildad, reivindicando lo que siempre estuvo ahí. En esa forma de entender la cocina —más emocional que técnica, más humana que conceptual— se encuentra el verdadero cambio.
“Queremos emocionar con verdad”, dice Holgado. Y quizás esa sea la frase que mejor define esta nueva etapa. Porque en Cáceres, la modernidad no ha llegado para borrar la memoria, sino para celebrarla. En sus platos se mezclan el pasado y el presente, la abuela y el chef, la cocina de brasero y la de vanguardia.
Cáceres no está de moda: está viva. Y su revolución se mide en cucharadas, no en titulares.
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