Una historia de Cáceres a través de sus objetos
Jorge Rodríguez Velasco, graduado en Historia y Patrimonio Histórico: "El relieve de la Virgen de la Montaña en la tumba de los Crehuet"

El relieve de la Virgen de la Montaña en la tumba de los Crehuet . / EL PERIÓDICO

En estos días en que acudimos al cementerio para honrar a nuestros difuntos, merece la pena pasear por sus patios antiguos para contemplar las obras de arte funerario que albergan. A la sombra de los cipreses afloran monumentos de destacado valor que hablan de despedidas y recuerdos. En el Patio Primero nos detenemos ante una pieza de gran interés: un relieve de bronce de la Virgen de la Montaña, que preside la tumba de la familia Crehuet.
¡Se trata de una exquisita obra fundida en los talleres madrileños de Félix Granda en 1926. Aparece el busto de la Patrona, con el Niño, luciendo la corona con la que dos años antes había sido coronada canónicamente, presea que ideó y ejecutó el mismo autor del relieve. La pieza tiene una historia singular: fue costeada por una suscripción popular promovida por el periódico Extremadura para obsequiar al jurista de mayor proyección nacional que ha dado la ciudad, Diego María Crehuet.
Nacido en Cáceres el 20 de enero de 1873, Diego María estudió Derecho en Salamanca y Madrid. Tras opositar, ejerció de notario en Arroyo de la Luz y se incorporó después a la carrera judicial. Fue secretario de Sala del Tribunal Supremo y, después, Abogado Fiscal del mismo. El 25 de febrero de 1925 ascendió a presidente de la Audiencia Territorial de Cáceres y, pocos meses más tarde, el 7 de diciembre, fue nombrado Fiscal del Tribunal Supremo. Cuando se produjo este nombramiento, la ciudad se volcó en numerosos actos de homenaje a quien el Colegio de Abogados definía como «honra de la Magistratura española». La Diputación le concedió la Medalla de Oro del Mérito Provincial y el Ayuntamiento de Cáceres lo nombró Hijo Predilecto de la ciudad. Ese clima de reconocimiento público explica la suscripción promovida por el «Extremadura» para costear el relieve de la Montaña, que Diego María destinó a honrar la memoria de su madre, doña María del Amo, recientemente fallecida.
El 14 de noviembre de 1926, el cementerio acogió la bendición de la efigie, nada más y nada menos que de manos del Nuncio de Su Santidad, monseñor Federico Tedeschini, que se encontraba en la ciudad para presidir la inauguración del monumento del Sagrado Corazón de Jesús en el Santuario de la Montaña. Acudió al camposanto acompañado de los obispos de Coria y Plasencia y del auxiliar de Toledo, además del gobernador civil y el alcalde; a la puerta lo aguardaban Diego María, su hermano y otros familiares y una nutrida representación de la Audiencia Territorial. El obispo de Coria, Pedro Segura, explicó el origen del homenaje y posteriormente el Nuncio bendijo la imagen y rezó un responso. Diego María, emocionado, prometió ser siempre «caballero católico, servidor de la Justicia y buen hijo de Cáceres» y el acto concluyó con el depósito de una corona de flores sobre la tumba de su madre que había sido, además, la fundadora en Cáceres de la Asociación del Sagrado Corazón.
Que el relieve estuviese dedicado a la Patrona de la ciudad tampoco fue fruto del azar. Y es que Crehuet fue quien pronunció los discursos solemnes en dos efemérides fundamentales en la historia devocional de nuestra Virgen: su declaración como Patrona de la ciudad en 1906 y la coronación canónica en 1924.
El discurso de 1924 tiene una importancia historiográfica innegable, porque permite conocer el estado de la ciudad hace un siglo. En sus párrafos finales, Crehuet convirtió su intervención en un llamamiento al progreso de una Cáceres que, por entonces, seguía rezagada en las transformaciones capaces de mejorar la vida de sus vecinos. Con lucidez, enumeró algunos de los males que la aquejaban: «Cáceres sin agua o con pocas aguas potables, pagando vergonzoso y terrible tributo al monstruo de la tifoidea, sin elementos para defenderse de sus veranos tórridos y secos sufre sed. Cáceres sin comunicaciones fáciles y económicas con sus partidos más populosos y las regiones más feraces de su provincia, no goza de abundancia ni baratura; Cáceres sin iniciativas para crear industrias y para fomentar y engrandecer su comercio, para estimular las instituciones docentes y culturales e intensificar aún más de lo que hoy se intensifican las sociales y de previsión, no solamente no puede estar en todo momento satisfecho de sí mismo, sino que ha de haber ocasiones en que sufra la tortura del remordimiento, al contemplar el cuadro de su vida y comparar las posibilidades con los efectos logrados».
Concluido el diagnóstico, el orador precisaba que su intención era: «levantar y sacudir el ánimo descaecido y amodorrado de este querido pueblo (…) que se presenta como dormido entre el hervor que fermenta en el ámbito nacional». Y lanzaba un profético aviso: «Cáceres, pues, duerme. Séale permitido a un cacereño que le ama con amor filial dar un aldabonazo en su puerta, para que sacuda la soñera y esté prevenida para recibir nuevos impulsos e incorporarse al progreso».
A partir de ahí, el tono desemboca en un ruego concreto: «Yo os conjuro a que confiéis en vosotros mismos y solamente esperéis primicias y frutos de vuestra labor, y para hacerla amable y para embellecerla penséis de continuo en Cáceres engrandecida por el trabajo de sus hijos». Y finaliza con unas palabras de aliento en las que insta a los cacereños a luchar por una «Cáceres de vida industriosa y próspera».
Un siglo después, las palabras de Diego María Crehuet mantienen plena vigencia y nos siguen llamando a creer y a obrar por una ciudad próspera, capaz de ofrecer a sus jóvenes un futuro prometedor.
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