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Nuevos usos para viejos locales

La histórica Mercería López de la calle Colón de Cáceres se transforma en un apartamento a pie de calle

La moda de vivir en antiguos comercios: cómo los locales de toda la vida se convierten en viviendas. El alza del precio de la vivienda, los cambios en el comercio y la búsqueda de espacios únicos impulsan la transformación de locales a pie de calle en hogares urbanos

Imagen de la Mercería López.

Imagen de la Mercería López. / El Periódico Extremadura

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Donde antes había una tienda de ropa, un bar de barrio o una peluquería, ahora se levantan cocinas abiertas, salones con grandes ventanales y dormitorios minimalistas. La conversión de locales comerciales en viviendas se ha convertido en una tendencia creciente en muchas ciudades españolas, y Cáceres no es ajena a este fenómeno. Los carteles de “Se vende local” o “Se alquila bajo” ahora atraen no solo a emprendedores, sino también a particulares y promotores interesados en crear viviendas diferentes, asequibles y con carácter.

“El cambio en los hábitos de consumo y el auge de la venta online ha dejado muchos locales vacíos, sobre todo en zonas no prime”, explica María González, arquitecta especializada en rehabilitación urbana. “En lugar de quedarse cerrados, muchos propietarios optan por darles una segunda vida como vivienda, algo que urbanísticamente ya se contempla en determinados casos”.

Fachada de la Mercería López.

Fachada de la Mercería López. / El Periódico Extremadura

El último caso lo tenemos en la Mercería López, fundada hace más de 80 años por Perpetua Sáez Ballesteros, que luego continuó su padre, Mariano López, y hasta 2022 la hija de éste Amelia López Sanz, que ese año se jubiló y dio por cerado definitivamente un negocio cargado de historia.

Transformar un local en vivienda no es tan sencillo como cambiar el cartel de la puerta. Requiere una licencia de cambio de uso, cumplir con la normativa de habitabilidad —que exige luz natural, ventilación, salidas de emergencia y altura mínima de techos—, y una inversión en reformas que puede oscilar entre los 30.000 y 80.000 euros, dependiendo del estado del inmueble.

Sin embargo, para muchos inversores y jóvenes compradores, sigue siendo una opción más económica que adquirir un piso. Además, ofrece una ventaja importante: “Son espacios versátiles, donde se puede combinar la vida y el trabajo, algo que ha ganado valor tras la pandemia”, apunta González.

Un refugio urbano con identidad propia

Los nuevos vecinos de estos bajos suelen ser perfiles creativos, parejas jóvenes o personas que buscan un estilo de vida distinto. “Nos enamoró la idea de tener nuestro propio estudio de diseño en la parte delantera y la vivienda detrás”, cuenta Javier Serrano, diseñador gráfico que vive en un antiguo taller de bicicletas reformado en el centro de Cáceres. “No queríamos un piso más en un bloque. Aquí sentimos que estamos en contacto con la calle y formamos parte del barrio”.

Este tipo de viviendas también se benefician de la mayor accesibilidad —al no depender de ascensores ni escaleras— y del encanto arquitectónico que ofrecen los locales antiguos: techos altos, grandes escaparates y estructuras que permiten distribuciones originales.

Para las administraciones locales, esta tendencia puede ser una oportunidad para reactivar zonas degradadas o con locales en desuso. En Cáceres, barrios como Moctezuma, San Blas o el entorno del Casco Antiguo comienzan a experimentar este tipo de rehabilitaciones, que aportan nuevos residentes y vida a las calles.

No obstante, los expertos advierten que debe hacerse con criterios urbanísticos claros, evitando la gentrificación o la pérdida de espacios comerciales en áreas que aún los necesitan. “El equilibrio es clave: no se trata de vaciar las calles de comercio, sino de dar soluciones habitacionales allí donde los locales han perdido su función original”, subraya la arquitecta.

La moda de vivir en un antiguo local comercial parece haber llegado para quedarse. Con los precios de la vivienda en alza y una creciente demanda de espacios personalizados, cada vez más personas ven en estos bajos una oportunidad para diseñar un hogar a medida.

Al fin y al cabo, lo que antes fue una zapatería o un estanco, hoy puede convertirse en el escenario de una nueva vida urbana, entre la nostalgia del pasado y la creatividad del presente.

Sobre el barrio

La mercería estaba a dos pasos del Bar Béjar, que hoy es un estudio de tatuajes y que hace más de 50 años fundaron los hermanos Béjar Batuecas. Este bar, además de la mercería, la Armería Martos y Musical Barragán fueron buque insignia de esta calle. Pero detrás del local hay toda una historia de vida, la de Manolo Béjar, su hermano y su hermana, que dedicaron esfuerzo e incontables días de trabajo en este establecimiento de una calle donde vivieron los Guardiola, don Luis Valet y Estela, que era modista; Joaquín Fernández y Magdalena Bello; Manolo Leal y Pili Muro, padres del traumatólogo Alejo Leal; los López Duarte; el pediatra don Felipe Altozano y María; los Martín Santos, hermanos del médico Martín Santos; los Macías, familia del peluquero Luis Macías... En Colón estaban también la frutería de Alfonso y Aquilina, que su hijo Alfonso llevó luego el Supermercado Caballero; los Lechuguinas, que eran peluqueros, la panadería de José, y don Augusto Pintado, que era médico de familia y tenía allí su consulta.

El Béjar era un bar pequeño, de barrio, donde acudía mucha gente a tomar los vinos a mediodía y el café de la tarde. Allí se vendían helados Frigo, que los muchachos los cogían por la ventana, y fue de los primeros locales del barrio en tener máquinas de videojuegos. El padre de Manolo era Policía Nacional, y uno de sus sobrinos, Miguel Ángel, lleva un taller mecánico en La Mejostilla.

En el Béjar se vendían las entradas del Cacereño cuando a los padres ser socios del equipo les costaba ocho duros y cuando el club jugaba en la Ciudad Deportiva, en la época de Tate, Valero, Cano de portero...

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