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Aventuras y desventuras

La visita olvidada de Isabel la Católica a Cáceres: el día que la reina cambió la historia de la ciudad

En junio de 1477, la reina llegó a la ciudad para jurar el Fuero de la villa ante la Puerta Nueva, hoy Arco de la Estrella. Aquel gesto simbolizó la integración definitiva de la ciudad en la Corona y marcó el inicio de una nueva etapa de esplendor

Isabel la Católica.

Isabel la Católica. / CEDIDA

Alonso Corrales Gaitán

Alonso Corrales Gaitán

Cáceres

Quienes ya peinamos canas desde hace algún tiempo y tenemos como principal hábito la lectura incansable de obras referidas a Cáceres, conocemos casi detalladamente a un elevado número de ilustres visitantes de nuestra ciudad, a lo largo de la dilatada historia de Cáceres.

Podemos recordar a: Alfonso VII, Fernando II, Alfonso IX, Alfonso X, Alfonso XI, Pedro I el Cruel, Juan II, Isabel La Católica, Fernando El Católico, Fernando II, Felipe V, Alfonso XII, Alfonso XIII, Francisco Franco, Juan Carlos I y Sofia, La Duquesa de Alba, además de monarcas de otros países y jefes de Estado, etc. Pero por la importancia histórica desde nuestra perspectiva y por la lejanía en el tiempo de su realización, hemos considerado que la visita que seguidamente vamos a detallar es muy interesante a la vez que curiosa para los lectores. Era el hoy lejano día del 30 de junio de 1477, la todopoderosa reina Isabel La Católica, acompañada con medio centenar de personas entre religiosos y grandes dignatarios, llega a Cáceres y se coloca ante la Puerta Nueva (hoy Arco de la Estrella) donde jura las Ordenanzas de nuestra hoy ciudad (El Fuero). Y lo que sigue es lo que la monarca describe: «Ante la visita de Isabel la Católica había surgido la villa de Cáceres, uno de los cinco solares de la nobleza del Reino de León. La villa de las torres, de los alcázares, recortando el azul del cielo, con sus murallas y sus puertas, fuertes y poderosas. Las calles tortuosas y empinada, las casas de mampostería, piedra y ladrillos, con mas saeteras que ajimeces, altos lienzos de pared que ocultaban el interior de verdaderas fortalezas, prestas siempre a la lucha, defendiendo las puertas de entrada, arcos de medio punto con matacanes aspillerados.

Dos mil vecinos

Formaban la población dos mil vecinos y ciento sesenta familias de judíos, moriscos y esclavos. Nobleza, labradores, molineros, artesanos, poblaban la villa, sin frailes ni monjas que el Fuero de población y de conquista prohibió que se establecieran en ella, y orgullosos sus habitantes de que pertenecían a la corona de León y no a la de Castilla.

La nobleza valiente y aguerrida vivía más en guerra que en paz. La Reina los comprendió y se propuso recoger a su juventud ardorosa, para que fuera un paladín de su trono y de su gloria, encauzando sus ansias de lucha.

Ella terminó con las banderías de los linajes llevándose a la juventud y marcó inconscientemente al Nuevo Mundo como meta del extremeño.

Altas torres

Aún hoy puede contemplarse desde las altas torres de la cigüeña y de los Golfines de Arriba, el recinto amurallado con su camino de ronda sobre la muralla, las torres albarranas y métricamente distribuidas en los lienzos de muralla, con sus almenas y saeteras, verdaderas fortalezas inexpugnables.

Tenía la villa cuatro puertas que se cerraban al toque de oración. Eran éstas. La de Mérida, con sus torres defensivas, una de ella albarrana, fuerte y poderosa, situada frente a la que hoy es el Convento de Santa Clara, entonces ejido; las del Postigo, posiblemente como dice su nombre, con este oficio nocturno, y que más tarde se puso bajo la advocación de Santa Ana; está flanqueada por el lado derecho por una torre cuadrada albarrana, unida a la muralla. La de Coria, llamada del Socorro, porque por ella penetraron las huestes de Alfonso IX de León en socorro de los que habían asaltado el alcázar, y que estaba defendida por una imponente torre cuadrada romana de piedra en gran parte, y que era flanqueada por la derecha, y la de los Espaderos, levantada por esta familia de los conquistadores, que defendía el paso a la plaza de Santa María como segundo baluarte. La puerta del rio, hoy del Cristo y de la fuente del Concejo, nombre que ya tenía en 1465, con dos torres romanas defensivas, viéndose el arranque a la izquierda de una de ellas perpendicular al lienzo de la muralla;faltándole la torre de la derecha y una torre albarrana. La puerta nueva abierta por los conquistadores (que en el siglo XVIII desapareció, construyendo el Arco de la Estrella el arquitecto Manuel de Lara y Churriguera).

32 torres

Simétricamente había hasta treinta y dos torres unidas todas por los lienzos de la muralla. Algunas conservan los mismos nombres que tenían cuando las vio la Reina. La desmochada, la de los pozos o del Gitano, la del Aire, la de Roco, la Coraja, la Burraca, la del Bujaco, la del Horno, la de la Hierba, la de los Púlpitos, la Redonda, etc. obrasd de romanos, árabes y cristianos.

Los lienzos de murallas estaban completamente libres, su camino de ronda intacto y con todo su valor militar. Tenían accesos por escaleras interiores del Adarve. Consta documentalmente la existencia de las escaleras de subida en las puertas de Mérida, Santa Ana y del Cristo, aún hoy conservan las huellas de los escalones en los muros de estas dos últimas.

Los bandos nobiliarios intentaron hacerse dueños de los caminos de ronda. Los Ovando tendieron un arco desde su casa fuerte, hoy llamada de la Generala a la muralla; otro García Golfín desde la suya, sobre el Arco de Santa Ana; el de Mayoralgo a la torre de los Pulpitos, lo que motivó luchas por la posesión de las torres. El Concejo municipal administraba justicia y celebraba los cabildos en una fila de bancos de piedra en el lienzo de la muralla, comprendido entre la Torre de la Hierba y la del Horno. Delante estaba la estatua denominada de Ceres, imagen y emblema de la Villa, sobre un alto pedestal, donde lo vio Lucio Marinero Sículo y de la que nos habla en su libro: De las cosas memorables de España. Este sitio se llamó el atrio del Corregidor y aún conserva su nombre en un azulejo talaverano».

Sacerdote

El sacerdote don Simón Benito Boxoyo (1735-1807), vio intactas las murallas antes que el Corregidor, don Juan Francisco de Lariz Olaeta en el año 1751 obtuviera la orden de demolición de nuestras murallas históricas.

Trabajo minuciosamente descriptivo que se conserva en varios folios escritos por este insigne investigador y cronista originario de Córdoba y avecindado durante treinta y cuatro años en Cáceres, lo que hizo nuestra ciudad alcanzase un nivel cultural único, tanto en la ciudad como en la provincia.

Don Miguel A. Orti Belmonte dijo el 30 de junio de 1951 que la Reina Isabel La Católica, volvería a nuestra ciudad en el año 1479, y así la villa de Cáceres lograría nuevos logros en muchos campos de su historia, algunos de los cuales aún en la actualidad los estamos disfrutando.

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