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El blog del cronista

El pueblo más joven de Cáceres que parece sacado de una maqueta: calles perfectas, luz blanca y sabor a huerta

Entre los gigantes turísticos de Plasencia y Coria se esconde Alagón del Río, una joya moderna que nació del agua y hoy deslumbra con su historia reciente, su arquitectura racionalista y su calma rural

Francesc Gómez Núñez

Francesc Gómez Núñez

Cáceres

Cuando uno piensa en Extremadura, la mente vuela a puentes romanos, castillos templarios y barrios judíos que susurran historias de siglos. Pero, ¿y si te dijera que en el corazón de Cáceres existe un pueblo vibrante que es, en términos históricos, un adolescente? Un lugar donde las calles no se retorcieron con el tiempo, sino que se dibujaron con tiralíneas sobre un papel en blanco. En una de mis visitas por nuestra tierra encontré este lugar, es blanco, luminoso, perfectamente ordenado y se llama Alagón del Río.

Nos encontramos en el norte de Cáceres, en el epicentro de una de las comarcas más fértiles de la región: las Vegas del Alagón. El pueblo es un oasis verde, abrazado por campos de regadío y flanqueado por gigantes turísticos como Plasencia y Coria. Pero Alagón del Río no compite con ellos en antigüedad; compite, y gana, en singularidad.

Para entender este municipio, hay que rebobinar hasta mediados del siglo XX. Estamos en 1957, en plena ejecución del Plan Badajoz. España buscaba transformar la tierra de secano en fértiles huertas gracias a los nuevos embalses, y el agua del río Alagón, recién domesticada por el embalse de Gabriel y Galán, estaba lista para obrar el milagro.

Así nació Alagón del Río, como uno de los "pueblos de colonización" creados por el entonces Instituto Nacional de Colonización (INC), al principio se denomino Alagón del Caudillo. No creció orgánicamente; fue diseñado de principio a fin por arquitectos. Fue un lienzo en blanco donde se asentaron familias de "colonos" llegadas de toda España, auténticos pioneros del siglo XX que venían a labrar un futuro en estas nuevas tierras de regadío. Al principio no fue fácil vivir en Alagón del Río, no había ningún tipo de servicio y al no haber una canalización del agua las cosechas se perdían, muchas familias marcharon del pueblo, pero cuando parecía que todo iba a peor, empezó a mejorar el suministro eléctrico llegó en 1964 y el agua corriente se instaló en 1969. Durante esos primeros años el pueblo estaba incomunicado por carretera y para poder desplazarse hasta Galisteo tenían que cruzar el río en barca y hacer a pie el resto de los tramos del camino, pero los alagoneses y las alagonesas que se quedaron eran fuertes y perseverantes, y a su esfuerzo constante les debemos el Alagón del Río que ahora conocemos.

Durante décadas, fue una pedanía dependiente de la histórica villa de Galisteo. Sin embargo, este pueblo con vocación de independencia luchó por tener su propia voz y, finalmente, en 2009, se convirtió en uno de los municipios más jóvenes de España, cambiando su denominación por Alagón del Río.

Si buscas callejuelas empedradas, aquí no las vas a encontrar. El patrimonio de Alagón del Río es el propio pueblo y sus gentes. Es un ejemplo perfecto de la arquitectura funcional y racionalista de la colonización. Pasear por él es como caminar por una maqueta a escala real.

Sus calles son rectas, ortogonales, diseñadas para ser prácticas. El blanco de la cal lo inunda todo, reflejando la poderosa luz extremeña. Todo gira en torno a su monumental Plaza de España, el corazón social del pueblo, donde se alzan los dos edificios clave.

El primero, el Ayuntamiento. El segundo, su icónica Iglesia de San Juan Bautista. Es un templo que rompe moldes: de líneas modernas, funcionales, casi minimalistas para su época, con un imponente campanario exento (separado del edificio principal) que se eleva como un faro sobre la llanura.

El sabor de la huerta

Esa agua que dio vida al pueblo es la misma que bendice su gastronomía. Estamos en tierra de huerta, y eso se nota en la mesa. Aquí los tomates, pimientos y frutas saben a lo que deben saber. La cocina es honesta, de producto, profundamente extremeña.

Es el lugar ideal para entregarse a una buena caldereta de cordero, saborear unas migas extremeñas contundentes o disfrutar de los productos del ibérico que campan por las dehesas cercanas. Para endulzarse, nada como las recetas de siempre: perrunillas, floretas y huesillos que saben a tradición.

Visitar Alagón del Río es un ejercicio de slow tourism. La primera obligación es pasear sin rumbo, admirando la uniformidad de sus casas de colonos, sus patios y la lógica de su urbanismo.

La segunda parada obligatoria es el río Alagón. El que le da nombre y sentido a todo es hoy un refugio de paz. Sus riberas son perfectas para un paseo al atardecer, un día de picnic o, para los aficionados, uno de los mejores destinos de pesca deportiva de la región. Trae la caña, porque los barbos y carpas esperan.

Al ser un pueblo "nuevo", sus tradiciones están muy ligadas a su fundación y al patrón que le da nombre. Si quieres ver Alagón del Río en su máximo esplendor, tienes que venir para las Fiestas de San Juan Bautista, alrededor del 24 de junio. El pueblo se transforma con verbenas, festejos taurinos y un orgullo de comunidad que se palpa en el ambiente.

Alagón del Río es la "Cara B" de la Extremadura turística. Es la prueba de que no hace falta tener mil años de historia para tener mil cosas que contar.

Si buscas una escapada diferente, si quieres huir de lo predecible y descubrir una historia fascinante de ingeniería, agricultura y nuevos comienzos; si te apetece sentir el pulso de un pueblo joven y orgulloso de sus raíces del siglo XX... tienes que venir. Ven a descubrir la belleza de lo nuevo, el pueblo que, literalmente, nació del agua. Te aseguro que no te dejará indiferente.

Francesc J. Gómez es presidente de los Cronistas Oficiales de Extremadura

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