X Muestra Ibérica de las Artes Escénicas de Cáceres. La crítica
'Atra Bilis', cuando el esperpento se hace familia
'Atra bilis' y “Saturnos y Medeas', los mejores espectáculos extremeños (2)

Carlos Gil

Hay obras que huelen a encierro, a humedad antigua, a secretos que fermentan lentamente hasta hacerse oír. “Atra Bilis”, coproducción de La Estampa Teatro (Extremadura), Hilo Producciones (Cantabria) y Sótano B (Asturias), en la nueva puesta en escena dirigida por Sandro Cordero, regresa con la intensidad de una tormenta que no solo retumba fuera de la casa, sino también dentro de ella. La obra de la madrileña Laila Ripoll —convertida ya en referente desde su estreno en 2001— vuelve a demostrar que pocas autoras saben explorar con tanta precisión la podredumbre emocional de la familia y el humor negro que nace de esa misma herida. El velatorio del esposo de Nazaria no es aquí un rito solemne, sino un campo de minas donde cada palabra estalla en rencor, celos o memoria torcida.
La Casa Grande se convierte en un espacio asfixiante: más que escenario, una tumba doméstica donde los objetos religiosos parecen reliquias huecas incapaces de consolar a nadie. En ese ambiente cerrado, la convivencia de cuatro mujeres, las hermanas Nazaria, Daría, Aurora y la criada Ulpiana, revela que lo verdaderamente inquietante no es la muerte, sino la vida que compartieron. Ripoll construye un ecosistema donde la violencia cotidiana convive con una comicidad feroz: un humor que no aligera, sino que oscurece. Cuando las hermanas discuten entre crucifijos y tormentas, el público reconoce una mezcla incómoda de risa y desamparo, como si asistiera a un velatorio donde el protocolo no basta para tapar la miseria.
La dirección de Cordero acierta al potenciar el carácter farsesco sin sacrificar la verdad emocional. Su manejo del ritmo —pausas densas, estallidos verbales, silencios que cortan el aire— sostiene la tensión interna del texto. El espacio escenográfico de Carlos Lorenzo y Nuria Trabanco y la iluminación de Félix Garma crean una atmósfera de encierro casi espectral, mientras el vestuario de Azucena Rico añade un toque de decadencia que encaja con la España negra que la obra convoca.
El elenco
El trabajo del elenco es sobresaliente. Laura Orduña, Cristina Lorenzo, Bea Canteli y Concha Rodríguez dan vida a estas cuatro mujeres con una energía devastadora, logrando que sus personajes, aunque deformados por el rencor, resulten extrañamente humanos. Destaca la escena interpretada por la extremeña Concha Rodríguez (Ulpiana) en la que se rebela contra sus señoras, uno de los grandes momentos del montaje. Es un punto de inflexión: un terremoto íntimo que pulveriza la rutina de humillación y devuelve a la criada una dignidad que todos —incluido el público— habían aprendido a negar. No hay grandilocuencia: hay un “basta” nacido desde el fondo del cuerpo, cargado de años de silencio. Ese instante ilumina la obra entera con una luz incómoda; convierte la risa previa en algo más amargo, como si el público descubriera de pronto el precio del humor.
El espectáculo dialoga con Valle-Inclán, García Lorca y Juan Mayorga: del primero toma la deformación grotesca, del segundo la casa-cárcel y el duelo ritual, y del tercero la intuición de que el horror cotidiano es el más revelador. Pero Ripoll y Cordero combinan estas influencias con un sainete oscuro que evita la solemnidad y abraza la crueldad con inteligencia teatral.
El resultado es un espectáculo que engancha, inquieta y divierte a partes iguales. Una comedia negra que ilumina, con una lucidez hiriente, cómo la maldad y el autoengaño florecen mejor cuanto más pequeño es el espacio que los contiene. “Atra Bilis” vuelve, y lo hace con un filo renovado: afilado, cómico, cruel y profundamente humano.
La función fue la más aplaudida de la Muestra.
'Saturnos y Medeas', poética del desgarro y la resistencia
“Saturnos y Medeas”, de J. P. Cañamero (seudónimo de Chema Pizarro), es un artefacto teatral polimórfico que no pide permiso: entra, desordena la sala y deja al espectador revisándose las costillas emocionales. La pieza mezcla cabaret, tragedia griega, documental judicial y sátira social con una naturalidad que asusta, como si Eurípides hubiera hecho residencia artística en un “after” feminista. No cuenta una historia: ejecuta una disección.
Saturno, padre de todos los patriarcas, se pasea por el escenario con la insolencia de quien lleva milenios impune. Medea, en cambio, devuelve la dignidad al mito: aquí no mata hijos, mata silencios. Juntos conforman un dueto imposible, como una pareja rota que continúa discutiendo en las ruinas del mundo.
El Padre humano es quizá el personaje más inquietante: su mediocridad es su arma. Habla como tantos hombres que nunca aparecerán en los periódicos, lo cual —precisamente— lo vuelve aterrador. La Madre sostiene la obra con un dolor que no pide aplausos, sino justicia. Y los niños… los niños son la herida abierta que atraviesa todo el texto, la pregunta que nadie sabe responder.
La sociedad —esa gran actriz secundaria con vocación de protagonista— desfila en forma de jueces distraídos, vecinos opinólogos y redes sociales que convierten la tragedia en contenido. A veces informan, a veces pontifican, siempre juzgan. Son el coro griego con WiFi.
La dramaturgia funciona como un péndulo nervioso: del horror al humor negro, del lirismo a la estadística seca, del mito al informe judicial. Esa oscilación impide relajarse; cada cambio de registro es un recordatorio de que la violencia vicaria no pertenece ni al arte ni al mito, sino a la actualidad más alarmante.
El texto es excesivo, pero el exceso es aquí método y denuncia. Su potencia está en no ofrecer descanso, en sabotear cualquier intento de distancia estética. “Saturnos y Medeas” no busca consolar: busca perturbar, desactivar coartadas y devolver al público un espejo donde no es agradable mirarse.
El resultado final es el de un teatro afilado, poético y feroz, que deja la sensación de haber asistido a un ritual dramatizado más que a una función convencional. Un ritual que no cierra heridas, pero obliga a reconocerlas. Un tipo de teatro que no redime: revela. Y, con suerte, incomoda lo suficiente como para que nadie salga indemne… ni indiferente.
La puesta en escena de Pedro L. López Bellot —autor también de la dramaturgia de este texto complejo y fascinante— se presenta sólida y coherente. Trabaja con dos intérpretes desdoblados en las figuras de Saturno/Padre y Medea/Madre, apoyados por voces en off, canciones y coreografías… En un espacio austero, los escasos elementos escenotécnicos están dispuestos con precisión para facilitar la transición entre los distintos ámbitos dramáticos. La iluminación, refuerza estos cambios y aporta una atmósfera contundente que potencia el juego escénico.
Manuela Sánchez y Fernando Ramos responden con solvencia y entrega al exigente planteamiento actoral. En los pasajes dancísticos, Manuela despliega un flamenco de fuerte carga expresiva: dominio del zapateado y coreografías donde la rabia contenida y la memoria afloran con intensidad creciente. Combina con autoridad su labor de actriz y bailaora, encarnando a Medea y a la Madre como figuras del dolor, pero también de resistencia y lucidez. Su presencia escénica magnética, cristaliza siempre en un taconeo vibrante.
Por su parte, Fernando aporta un rol firme como Saturno y como Padre, representando la violencia vicaria y el imaginario patriarcal. Con un registro expresivo que transita entre la autovictimización, el resentimiento y la crueldad, compone un arquetipo inquietante cercano a la realidad.
En el apartado musical, Chiqui de Quintana y Celia Romero brillan cantando la composición de Pedro Calero, que aporta una intensa carga emotiva de ritmos flamencos vibrantes.
La función tuvo calurosos aplausos por parte del público.
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