Grosso Modo
Juan Ramón Corvillo, abogado en Cáceres: "Campana sobre campana", entre la normalidad y la polémica
Suben por las cuestas, se enredan en los tejados y vuelven al suelo con la dignidad del bronce antiguo. Son paisaje, como las cigüeñas y las chimeneas

Carlos Gil

En Cáceres todavía suenan las campanas. Conviene agradecerlo, visto el estado general de la nación. Repican en Santa María, en San Mateo, en Santiago; suben por las cuestas, se enredan en los tejados y vuelven al suelo con la dignidad del bronce antiguo. Son paisaje, como las cigüeñas y las chimeneas. A nadie se le ha ocurrido, por ahora, presentar un contencioso-administrativo contra las horas en punto.
En otros lugares, España se esfuerza en ganar la Champions de la sinrazón. En Matute, pequeño pueblo riojano, una vecina muy delicada de oído denunció que el reloj de la iglesia la desvelaba. El caso llegó al Tribunal Superior de Justicia de La Rioja, que ha sentenciado silencio nocturno de diez de la noche a ocho de la mañana e indemnización de 3.000 euros por “estrés acústico”. Los vecinos se han echado a la plaza: no protestan por impuestos ni por médicos, protestan porque les han dejado el pueblo sin campanadas de madrugada. La mayoría pide tradición; una sola persona, silencio. Y gana el silencio, con costas.
En Álava
A unos cientos de kilómetros, en Zuia, Álava, han elegido otra modalidad. Allí nadie denuncia las campanas; directamente se las llevan. En el Santuario de Nuestra Señora de Oro robaron una de casi dos toneladas de bronce, bajada con grúa y cuadrilla aplicada en una operación ejemplar… para el código penal. Se dieron cuenta al día siguiente, cuando debía sonar y la campana ya estaba más lejos que el sentido común.
Así andamos: en un pueblo la campana enmudecida por sentencia; en otro, arrancada del campanario. Si suena, molesta; si desaparece, ya se verá. Una parte del Estado la multa; otra parte la busca cuando se evapora. Entre unos y otros, el bronce se pregunta qué hizo para merecer semejante trato.
Mientras tanto, Cáceres vive casi en la extravagancia: aquí las campanas repican y nadie ha decidido ofenderse profesionalmente por ello. Llaman a misa, marcan las horas, regalan eco a las plazas. No compiten con motores ni con terrazas estridentes; conviven, que es un verbo cada vez más sospechoso.
La cuestión no consiste en discutir el descanso, no, consiste en recordar que hay sonidos que construyen comunidad. La campana que marca las horas en Matute o en Cáceres habla de pertenencia; la que falta en Zuia deja un hueco que no llena ninguna alarma de móvil. Cada vez que en la Plaza de Santa María suena el bronce sobre la piedra dorada, conviene escuchar con gratitud. Mientras haya campanas que repiquen sin pedir perdón ni bajarse en grúa clandestina, quedará esperanza de que este país no haya perdido del todo el oído.
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