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Debate turístico

Cáceres, entre turistas y vecinos: la ciudad que busca respirar en medio de la presión inmobiliaria

En ciudades como Barcelona, Málaga o Lisboa—referencias inevitables en este debate— el crecimiento descontrolado de alojamientos turísticos ha obligado a los ayuntamientos a aplicar medidas drásticas

Turistas extranjeros en el casco antiguo de Cáceres.

Turistas extranjeros en el casco antiguo de Cáceres. / Jorge Valiente

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Cáceres avanza con paso firme hacia el futuro, pero lo hace cargando una mochila que pesa cada vez más: el equilibrio, cada día más frágil, entre una ciudad pensada para vivir y otra diseñada para ser visitada. Las calles del casco histórico, que en otoño huelen a humedad antigua y en primavera a conversación de terraza, se han convertido en el corazón de un debate que ya marca la agenda local: ¿hasta dónde puede crecer el turismo sin ahogar a los residentes?

La preocupación no es exclusiva de Cáceres, pero aquí se mezcla con algo que la hace especialmente delicada: el tamaño de la ciudad, su estructura medieval y su enorme atractivo patrimonial. En muchas esquinas ya se escucha con frecuencia esa palabra importada que explica casi todo: gentrificación. Y, desde hace unos meses, se habla también —y mucho— de zonas tensionadas, un concepto que la Junta de Extremadura estudia aplicar para frenar el precio del alquiler en aquellos barrios donde la demanda crece al ritmo que cae la oferta.

En Cáceres, los criterios para declarar una zona tensionada son claros: alquileres que suben más rápido que los salarios, escasez de vivienda disponible y la evidencia de que un porcentaje excesivo del parque residencial se destina a usos turísticos. El casco antiguo, Santiago, San Mateo, la parte alta de San Juan o el entorno de la Plaza Mayor son los primeros en el radar. “Si seguimos a este ritmo, vivir aquí se convertirá en un lujo”, confiesa Isabel, vecina de la calle Paneras desde hace treinta años. “Y no es solo cuestión de precios: es que cada vez quedamos menos”.

En otras ciudades

La presión no llega sola. En ciudades como Barcelona, Málaga o Lisboa—referencias inevitables en este debate— el crecimiento descontrolado de alojamientos turísticos ha obligado a los ayuntamientos a aplicar medidas drásticas: moratorias, cupos, límites de pernoctaciones y la obligación de que cada nuevo alojamiento vaya asociado al cierre de otro. Cáceres, que observa esos precedentes con atención, ya se plantea regulaciones similares para evitar que la situación se desborde.

Porque cuando el turismo entra sin medida, el vecindario sale sin ruido. Y eso tiene un impacto social difícil de revertir: comercios tradicionales que desaparecen, relaciones de barrio que se deshilachan, calles que se llenan de maletas pero se vacían de vida cotidiana. “Antes sabías quién vivía detrás de cada puerta. Ahora no sabes si mañana tendrás a un turista nuevo o si la casa estará vacía”, lamenta Fermín, dueño de una pequeña tienda de ultramarinos en la calle Pintores, uno de los pocos comercios que resisten entre cafeterías instagramizables y apartamentos turísticos reformados al gusto nórdico.

A esto se suma otro frente muy cacereño: la eliminación de plazas de aparcamiento en el casco histórico, una medida inevitable para la conservación del patrimonio pero que complica la vida a quienes todavía resisten en esas calles estrechas donde cada centímetro es oro. “Yo lo entiendo, la ciudad no puede ser un aparcamiento, pero tampoco podemos vivir como figurantes de un decorado medieval”, protesta Elena, residente en San Jorge.

Las alternativas pasan por un viejo mantra que Europa repite desde hace décadas: turismo sí, pero sostenible. La idea no es nueva: impulsar visitas más largas, diversificar rutas hacia barrios menos turísticos, descentralizar eventos culturales y fomentar alojamientos regulados y supervisados que convivan con el vecindario real. En Burdeos, Bolonia o Brujas funciona. En Cáceres —más pequeña, más protegida y más sensible a los cambios— podría funcionar también, siempre que el proyecto se acompañe de participación vecinal.

Parte antigua de Cáceres.

Parte antigua de Cáceres. / El Periódico Extremadura

Y ahí surge otro desafío: cómo mejorar la participación ciudadana en las decisiones urbanísticas. El Ayuntamiento ha celebrado reuniones, mesas de trabajo y consultas, pero los colectivos reclaman más: votaciones vinculantes, mayor transparencia y canales permanentes para poder influir en el futuro de su propio barrio. “La ciudad no puede decidirse solo desde los despachos; también se decide desde las casas que aún quedan abiertas”, reclama la Asociación Vecinal del Casco Antiguo.

En medio del debate, los negocios locales se adaptan como pueden. Algunos han encontrado en el turismo una tabla de salvación; otros sienten que van perdiendo su identidad. “No todo puede ser souvenir y croquetas gourmet”, resume un hostelero de San Juan. “Los vecinos no son clientes ocasionales: son los que te mantienen vivo todo el año”.

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Carlos Gil

Mientras tanto, Cáceres camina por un filo estrecho: impulsar la economía sin expulsar a quienes le dan alma. Convertirse en destino sin dejar de ser hogar. Y aunque la ecuación no tiene una solución inmediata, la ciudad ha empezado a formular las preguntas correctas.

Porque el futuro del casco histórico —y de su gente— no depende solo de turistas que vienen y van, sino de la capacidad de Cáceres para mirarse al espejo y decidir qué tipo de ciudad quiere ser.

Y esa respuesta, como casi todo lo importante, no llegará de golpe. Se irá construyendo, esquina a esquina, en cada conversación vecinal, en cada comercio que resiste, en cada decisión política y en cada ventana que, con suerte, seguirá teniendo luz todas las noches.

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