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El campus de la vivienda

Compartir piso para sobrevivir y aprender: la vida real de los estudiantes universitarios de Cáceres

En la ciudad, residir con compañeros es un pequeño laboratorio emocional donde se aprenden cosas a base de ensayo y error

Imagen de cuatro estudiantes.

Imagen de cuatro estudiantes. / MANU MITRU

Esteban Valero Vizcano

Esteban Valero Vizcano

Cáceres

En Cáceres, donde cada septiembre llegan miles de jóvenes cargados de maletas, dudas y microondas heredados, compartir piso sigue siendo uno de los primeros ritos iniciáticos de la vida universitaria. No importa si vienen de Plasencia, Zafra, Mérida o de un punto remoto del mapa: todos aterrizan buscando un sitio donde encajar, estudiar y, sobre todo, convivir sin naufragar en el intento. Y esa convivencia, tan complicada como necesaria, se convierte sin querer en una de las experiencias que más moldea la etapa universitaria.

Los psicólogos de la UEx lo dicen desde hace años: compartir piso tiene un enorme beneficio emocional, mucho más profundo que el simple reparto del alquiler. La ciudad —cómoda, caminable, concentrada en torno al campus— favorece algo que luego se vuelve fundamental: no sentirse solo. Vivir con otros estudiantes ofrece compañía inmediata y una red cotidiana que sostiene en los momentos de morriña o exámenes. “La soledad es dura cuando te mudas por primera vez”, reconoce Ana, estudiante de Trabajo Social. “Tener a mis compañeras en el salón, aunque cada una vaya a su bola, hace que el día no pese tanto”.

Varios estudiantes, en uno de los campus de la Universitat Autónoma de Barcelona.

Estudiantes. / Zowy Voeten

Pero en Cáceres —como en cualquier ciudad universitaria— compartir piso también es un pequeño laboratorio emocional donde se aprenden cosas a base de ensayo y error. El primer conflicto suele llegar antes que el primer examen: ¿quién limpia el baño?, ¿por qué hay tres marcas distintas de leche y ninguna es la tuya?, ¿quién se dejó la calefacción encendida?, ¿y quién ha invitado a medio grupo de clase un miércoles por la noche? “Nada une más que un bote de lejía compartido y una bronca por los platos”, bromea Juan, estudiante de Derecho que ya va por su tercer piso compartido.

Los mediadores del Servicio de Atención de la UEx tienen detectadas las claves para que estos roces no se conviertan en incendios: hablar antes de que estalle el problema, fijar turnos realistas, escribir normas básicas pegadas en la nevera, abrir espacios para el humor y, sobre todo, evitar esa frase tan cacereña como letal: “ya si eso lo hablamos otro día”. Porque el otro día nunca llega.

Los profesores

En lo académico, sorprendentemente, la convivencia tiene un peso más grande del que se suele admitir. Muchos profesores cuentan que los pisos compartidos funcionan como pequeñas “aulas informales”, donde se comentan prácticas, se preparan trabajos y se celebran los milagros que ocurren cuando un examen sale mejor de lo previsto. Compartir piso en Cáceres empuja a los estudiantes a organizarse: horarios, descansos, rutinas. Y, aunque nadie lo diga en voz alta, también mejora algo esencial para sobrevivir a la universidad: la tolerancia a las diferencias.

Fuera de la teoría, los pisos compartidos enseñan habilidades que ninguna asignatura contempla pero que todos terminan necesitando. Desde aprender a hacer una compra equilibrada para que el dinero llegue a fin de mes hasta enfrentarse al primer contrato de alquiler. “Aquí he aprendido a cocinar, a poner lavadoras, a gestionar mis gastos y a hablar con un casero”, dice Lucía, estudiante de Educación Infantil. “Nunca pensé que la universidad me iba a enseñar tanto fuera del aula”.

En barrios como Moctezuma, La Madrila, Aguas Vivas o el entorno del Campus, compartir piso se ha convertido en una auténtica microsociedad estudiantil. Cada año nacen amistades duraderas, pequeñas familias improvisadas y también rupturas dignas de reality. Pero, en conjunto, la experiencia termina siendo un entrenamiento vital: aprender a vivir con otros para aprender, al final, a vivir con uno mismo.

Cáceres, acogedora y universitaria, sabe mucho de esa transición. Quizá por eso sus calles, sus pisos antiguos, sus portales llenos de bicicletas y sus salones con pósters mal pegados se convierten cada curso en un punto de partida donde los estudiantes descubren que la vida adulta empieza, casi siempre, en un piso compartido donde se mezclan los sueños, los tuppers de mamá y la certeza de que nadie sale de allí siendo la misma persona.

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