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Memoria industrial

¿Quién es Marcelo Muriel y por qué merece una calle en el polígono Capellanías de Cáceres?

De los últimos carros de madera a las piezas de coche para Volkswagen y Renault, la vida de un cacereño que hizo de Las Capellanías un símbolo de lo que esta ciudad podría llegar a ser

El ingeniero que demostró que en Cáceres también se podía fabricar futuro

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

En Cáceres, cuando alguien pregunta “¿de qué Muriel eres?”, la respuesta dice casi tanto como un árbol genealógico. Están los Muriel de los Siriri, los del maestro Juan Muriel… y los Muriel industriales. De estos últimos es Marcelo Muriel (Cáceres, 1949), nieto de carpintero y de uno de los pioneros de la chapa y pintura en la ciudad, hijo de músico de la Banda Municipal, ingeniero industrial casi por empeño familiar y, sobre todo, símbolo de una idea incómoda pero luminosa: desde Cáceres también se puede hacer industria puntera, y se puede hacer muy bien.

Su infancia transcurrió entre el Camino Llano, la calle Santa Apolonia y el taller familiar de la antigua José Antonio, hoy Barrionuevo, en Santa Gertrudis. Allí donde olía a serrín, metal y esfuerzo, Marcelo vio fabricar los últimos carros de madera de Cáceres, “un poco como los romanos”, recuerda. De aquel mundo de ruedas de madera pasaría, en pocas décadas, al de la electrónica del automóvil. En su biografía caben, casi sin transición, el carro, el coche y la videoconferencia con ingenieros en China. Esa línea del tiempo es también la de una ciudad entera.

Estudió Bachillerato en el Paideuterion, coqueteó con la música —violín, sin conservatorio aún— y estuvo a punto de tirar por ese camino hasta que un profesor le soltó una frase que le cambió la vida: “Niño, esto es muy duro, tú lo que tienes que hacer es estudiar más”. Obedeció. Terminó Ingeniería Industrial y, como tantos jóvenes de su generación, miró hacia fuera: Barcelona, Seat, un máster… hasta que su padre, desde Cáceres, le dio el empujón decisivo.

Echa un currículum a una empresa vasca que se va a instalar en un polígono que están construyendo”, le dijo. Él respondió con escepticismo: no tenía experiencia, no sabía nada de caucho. Pero entregó el currículum. Le llamaron. Le pagaron el billete a Oyarzun. Se sentó delante del comité directivo de una empresa que entonces se llamaba Catelsa. Y allí, en 1972, sin saberlo, empezó la historia de uno de los proyectos industriales más importantes que ha tenido Cáceres.

La jubilación

Cuarenta años después, Marcelo Muriel se jubiló sin haberse movido de la empresa, ya integrada en el grupo Hutchinson. Entre medias, calcula que por Catelsa han pasado más de 1.500 trabajadores, con todo lo que eso supone en salarios, cotizaciones y tejido social. Pero su verdadera obsesión nunca fueron las cifras, sino el mensaje: demostrar que en Extremadura se puede hacer industria avanzada en uno de los sectores más competitivos del mundo, el del automóvil.

Desde Las Capellanías, ingenieros formados en la Universidad de Extremadura se conectan a primera hora de la mañana con compañeros de China para desarrollar piezas que montarán dentro de unos años grupos como Volkswagen o Renault. “Ver que el liderazgo de ese desarrollo se lleva desde Cáceres es la prueba de que aquí se puede hacer cualquier cosa”, defiende Muriel. Esa frase, en una ciudad acostumbrada a pensar que lo industrial es “cosa de otros”, suena casi a manifiesto.

Entrevista con el ingeniero industrial cacereño Marcelo Muriel

Entrevista con el ingeniero industrial cacereño Marcelo Muriel / Carlos Gil

Su mirada sobre Cáceres es tan lúcida como incómoda. No se corta. Habla de una ciudad que ha vivido de empujones externos —la llegada de la Real Audiencia, las minas de fosfato de Aldea Moret, la Universidad en los años 70— pero que nunca ha terminado de generar una burguesía local dispuesta a arriesgar, invertir y apostar por proyectos propios. Critica un cierto conformismo funcionarial, una “ciudad feliz” que ha ido perdiendo población mientras veía marcharse a sus jóvenes más formados. Y avisa de un peligro que no es metáfora: “Esto es como montar en bicicleta: o das pedales o te caes. Vivir solo del turismo y de la parte antigua es autocondenarnos”.

Muriel no habla desde la comodidad del retiro dorado. Aunque oficialmente está jubilado, sigue vinculado a asociaciones como el Club Senior de Extremadura, participa en debates, da conferencias —como aquella sobre los “agravios a Cáceres y su provincia”— y se moja en todos los asuntos clave: el corredor ferroviario Ruta de la Plata, la necesidad de un nudo logístico intermodal, el aeródromo, la mina de litio, el cierre de Almaraz o la autovía con Badajoz. Su discurso no es de lamento, sino de urgencia: o Extremadura se conecta al mundo o el mundo pasará por al lado.

La energía, su batalla

Defiende aprovechar los excedentes energéticos, formar personal cualificado, reclamar mejores infraestructuras y dejar de tener “aversión a la industria”. No es casual que una iniciativa ciudadana proponga que una calle del polígono de Las Capellanías lleve su nombre. Si hay un lugar donde su trayectoria encaja como un guante, es precisamente ese: el suelo industrial al que lleva medio siglo ligando su vida y su discurso.

Porque hablar de Marcelo Muriel es hablar de Capellanías como algo más que una sucesión de naves. Es hablar del polígono donde una empresa cacereña se ha reinventado una y otra vez para seguir siendo competitiva; del lugar que él mismo señala como zona lógica para un nodo logístico y un aeródromo que conecten carretera, tren y avión; del espacio donde, durante décadas, centenares de familias de Cáceres han encontrado empleo estable. Poner su nombre en una calle allí no es solo un homenaje personal: es una declaración de intenciones sobre el modelo de ciudad que muchos creen que Cáceres necesita.

En una época de nombres fáciles para las placas —ídolos de una temporada, efemérides de moda, decisiones de compromiso—, el de Marcelo Muriel tiene la rara virtud de unir memoria, industria, territorio y futuro. Representa a un cacereño que se quedó, que hizo carrera aquí, que peleó por demostrar que la periferia también puede ser centro y que sigue, a sus años, reclamando para su ciudad algo tan simple y tan revolucionario como no resignarse.

Por eso hay quien cree que esa calle en el polígono de Capellanías no sería solo la calle de un ingeniero jubilado, sino la calle de una idea: la de que Cáceres no está condenada a contemplarse en las piedras de su pasado, sino que puede, si se lo cree, fabricar su propio porvenir.

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