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Camino hacia la Feria Monacal

Yemas y perrunillas: las delicias del convento de San Pablo de Cáceres son una tradición milenaria que perdura en el tiempo

Desde hace siglos, las monjas de clausura de la plaza de San Mateo hornean dulces para deleite de cacereños y turistas

Imagen de una recogida de dulces durante la pandemia.

Imagen de una recogida de dulces durante la pandemia. / Francis Villegas

Cáceres

Quien haya paseado por la parte antigua de Cáceres habrá visto alguna vez un cartel en la plaza de San Mateo que menciona una venta de dulces. Y quien entre por la puerta que se encuentra a su lado podrá observar un torno y un timbre. Junto a esto, un cartel que reza 'Convento de San Pablo. Venta de dulces de artesanía'. Es la cultura de la gastronomía conventual, la venta de pastas hechas por las monjas de clausura. Y San Pablo, la cuna de la tradición en Cáceres.

Esta práctica nace en la Edad Media para sustentar la economía de los conventos, pero también como forma de agradecer las donaciones o mantener relaciones con familias nobles. Además, con la llegada de azúcar desde América se terminó de consolidar como una práctica común en muchos conventos, sea de clarisas, franciscanas, dominicas o carmelitas.

En zonas de Castilla como Ávila o Salamanca, o en Sevilla por parte de Andalucía, comenzó a ser habitual en el siglo XVI. Sin embargo, en Extremadura uno de los conventos que comenzó a realizar esta práctica es el mencionado convento cacereño.

Historia del convento

El convento de San Pablo nace a finales del siglo XV, concretamente en 1492, en el lugar donde había en pie una pequeña ermita. En aquella época, aunque el templo estaba en el casco urbano, no era tan céntrico como lo es actualmente. Es decir, entre San Mateo y San Pablo había casas, huertos, corrales y, sobre todo, recogimiento. Un lugar perfecto para levantar un convento de clausura. Hacia el año 1500 la comunidad estuvo regida por monjas de la Orden Terciaria de San Francisco. No es hasta mitad del siglo pasado que no pasaron a residir monjas clarisas en el convento.

Durante los siglos XVI y XVII el convento fue ampliándose con discreción. En este periodo se levantó la iglesia actual, un templo sobrio que combina elementos del gótico tardío y del primer Renacimiento, y se configuraron el claustro, las dependencias destinadas a la vida diaria y una huerta interior que garantizaba la autosuficiencia de la comunidad. Aunque alejado de los grandes centros de poder de la villa, San Pablo contó con el apoyo de varias familias cacereñas, cuyas donaciones permitieron mantener la estabilidad de la vida conventual.

La clausura ha sido siempre la esencia del convento, y las clarisas viven a base de pobreza franciscana, la austeridad y el silencio. El sitio solo puede verse desde el exterior, pues ha estado cerrado durante siglos. En ocasiones puntuales sí se ha abierto la pequeña iglesia, pero para ver el claustro y el huerto solo se puede recurrir a Google Maps. La mencionada iglesia destaca por su austeridad exterior, siendo referencias la espadaña y la pequeña campana visibles, así como un Cristo de piedra en la plaza de San Pablo.

En los siglos XVIII y XIX, San Pablo resistió las dificultades que afectaron a muchas instituciones religiosas. La comunidad, de escaso tamaño y sin grandes rentas, sobrevivió incluso a la desamortización del XIX, precisamente porque su patrimonio reducido tenía poca relevancia económica. Curiosamente, ese aislamiento, que en ocasiones jugó en su contra, fue también su principal defensa.

En la actualidad es uno de los atractivos que presenta el lugar más alto de la ciudad y ve pasar el tiempo junto al Palacio de las Cigüeñas y su gran vecina, la iglesia de San Mateo.

A la derecha, la puerta donde comprar dulces.

A la derecha, la puerta donde comprar dulces. / E.P

Dulces

Volviendo a los manjares que se elaboran dentro del lugar, es una propia clarisa la que relata todas las opciones a comprar: «hacemos yemas, perrunillas, pastas con almendra, pastas de té, mantecados, nevaditos, almendrados, bocaditos de almendra, corazones de almendra, polvorones de almendra, figuritas de mazapán de Navidad, palmeras y magdalenas». De todos estos, el título de ser lo más vendido se lo llevan las perrunillas, «aunque ahora en Navidad vendemos muchos polvorones».

Imagen de los dulces a la venta en el convento.

Imagen de los dulces a la venta en el convento. / Pablo Parra

En la sociedad actual parece que esta práctica, más bien la compra de los dulces, está en declive. Por ello se realizan iniciativas como Monacal, dirigidas a fomentar la venta de estos dulces. Pero desde el propio convento no ven que esté cayendo la venta, aunque quienes la sustentan no son los cacereños ya, sino los turistas. «Todos los turistas que pasan por aquí, vienen».

¿Por qué creen que los cacereños ya no acuden tanto como antes? «Ahora les cuesta más porque ya no pueden subir los coches y tienen que venir andando». Lo cierto es que para llegar a ese punto de la ciudad hay que subir bastantes cuestas y no todos los cuerpos están capacitados. Sin embargo, si me permiten decirlo, el ejercicio merece la pena si es para tomar una de sus ricas perrunillas o cualquiera de sus dulces. Son este tipo de tradiciones las que hacen rica también a una ciudad, y aunque Cáceres tiene las Jerónimas o Santa Clara, San Pablo es, sin duda, la que hace que la ciudad siga sabiendo a historia.

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