Camino hacia la Feria Monacal
Magdalenas, tortas de hojaldre y nevaditos, así se fragua la cocina de Las Jerónimas, el convento de Cáceres que fue hospital y colegio
Pese a llevar una vida conventual, las Jerónimas reza por todo el mundo mientras realiza deliciosos dulces tradicionales

Imagen de la entrada del convento. / Silvia Sánchez
La ciudad de Cáceres y, sobre todo, su parte antigua, están repletas de lugares fascinantes con un pasado digno de contar. Entre la puerta de Mérida y los adarves de la muralla cacereña, se encuentra uno de los conventos más queridos por los ciudadanos. Un lugar que durante siglos ha destacado por acoger a las personas, pues ha sido hospital y ha sido colegio también. Hablamos del convento de las Jerónimas.
Actualmente, el convento de clausura, que se encuentra junto al Monasterio de Santa María de Jesús, es famoso por su venta de dulces, siendo un emblema local de esta práctica junto con el convento de San Pablo, de la vecina plaza de San Mateo. Las monjas jerónimas basan su día a día en elaborar estos dulces para deleite de todos, pero también en mantener el edificio y, sobre todo lo demás, orar.
«La vida conventual es clausura contemplativa», comenta la Madre Superiora. «Nosotros dedicamos lo principal al avance divino, la liturgia. Luego, el resto del tiempo, trabajamos para mantenernos y mantener el convento. Pero no salimos, a no ser que sea necesario». De hecho, solo están al tanto de las noticias «relacionadas con la Iglesia o el papa. Lo necesario».
Dulces
En las Jerónimas hay una amplia gama de dulces para comprar. «Hacemos magdalenas, tortas de hojaldre, nevaditos, pastas de almendra, torta de almendra, tarta de almendras, perrunillas, eustoquitos de muchas variedades. Trufas, tocinillos, yemas, bocaditos, empanadillas, cabello de ángel», asegura, aunque todo está en un cartel junto al torno por el que atienden a todos los clientes.
Como pasa en San Pablo, en esta época navideña reinan los polvorones, aunque durante el resto del año la palma se la llevan los nevaditos. «Vendemos durante todo el año, nuestros productos son todos naturales, con ingredientes frescos y a la gente les gusta mucho». Los dulces, que están deliciosos, se diferencian de la bollería industrial en esto, que los ingredientes son todos naturales y, además, están hechos con mucho amor.

Imagen de monjas de clausura con dulces. / Jose M. Rubio
En este caso, asegura, sí acude gente de Cáceres, y también turistas. «Por esta zona pasea menos gente, pero sí viene porque mucha gente nos conoce. Pero los turistas también vienen, por ejemplo en grupos», comenta. Y no es cuestión de edad, pues «viene gente joven también, mayores, medianos… de todas las edades».
Vida orativa
La vida en un convento de clausura se basa en una oración dedicada a «todo el mundo». Pero también es posible llamar para pedir oraciones específicas. «Mucha gente se acerca y pide oraciones, o llaman por teléfono. Enfermos, estudiantes… Pedimos por ellos especialmente cuando nos llaman. Rezamos por todos, pero especialmente por la gente que nos llama», asegura.
Y, como es de bien nacido ser agradecido, asegura que «también lo hacen para darnos las gracias. Si se les concede lo que desean, llaman para dar gracias a Dios». «Dios escucha las súplicas, pero hay que tener mucha fe. Y cuanta más honda, mejor», finaliza.

Imagen de estampitas, rosarios y dulces. / Pablo Parra
Historia
Como se ha expuesto anteriormente, el lugar fue levantado principalmente como un hospital dirigido a los frailes del Real Monasterio de San Francisco, donde eran internados en caso de ser necesario por enfermedades provocadas por el sitio donde fue levantado, como el paludismo (malaria) o las tercianas. A este lugar se le conoce como la enfermería de San Antonio.
En cuanto al monasterio, de estilo barroco, fue fundado en el siglo XVII, y en su fachada principal destacan tres escudos de armas: el escudo de la ciudad, las armas de Felipe II y la Orden Franciscana. Existía la costumbre de que cada una de las celdas del hospital estuviera patrocinada por una familia noble, de manera que los gastos del que la habitaba corrían a su cargo hasta que el enfermo se recuperase. Y se sabía a quién pertenecía cada celda por el escudo de armas policromado sobre azulejos que figuraba sobre cada una de las puertas. Los Becerra, Solís, Golfines, Carvajales o Monroy, apellidos señoriales que todos los cacereños han escuchado alguna vez.

Imagen de los escudos heráldicos de la fachada. / E.P
En el siglo XIX llegó un nuevo capítulo para el edificio, pues con la desamortización de Mendizábal pasó a ser casa rectoral de la parroquia de San Mateo y, a finales de siglo, un colegio. Concretamente, el Colegio de Santa Cecilia, de las Carmelitas de Vedruna. De instrucción femenina. De ahí partieron al lugar donde se encuentra actualmente, en la avenida Virgen de Guadalupe.
En el año 1969, con las alumnas ya fuera, se instalaron de forma definitiva las monjas de la Orden de San Jerónimo, que son las actuales inquilinas. No se formó comunidad hasta el 1977, poniéndose la clausura una vez se restauró el sitio, y gracias a la Federación Jerónima de Santa Paula, animada por la madre Cristina de Arteaga, que era la presidenta federal de la Federación de Santa Paula. Procedían de su anterior convento, en el edificio de Santa María de Jesús, sobre el que se levanta actualmente el edificio de la Diputación de Cáceres en la plaza de Santa María.
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