Cierra un comercio histórico de la ciudad
Isa, Noelia, Luis Vidal, los mojicones, los buñuelos y los polos naturales: cuánto vacío nos dejáis en Cáceres
Los ojos y el estómago no podían resistirse a la grandeza de unas vitrinas repletas de bollos suizos, magdalenas de aceite de oliva, pasteles o las famosas bambas que enamoraron al director de cine Pedro Almodóvar cuando cada mañana las saboreaba camino del colegio San Antonio desde la pensión donde vivía en la calle Postigo y que estaba junto a una taxidermia

Imagen para el recuerdo de Pastelería Isa / El Periódico Extremadura

El pasado 14 de junio Pastelería Isa colgó el cartel de 'Cerrado por vacaciones'. Nunca más volvió a abrir culminando así un capítulo que aviva nuestra nostalgia y todos esos momentos felices que hemos pasado los cacereños en ese establecimiento de castizo sabor, emblema de la capital. Floreciente de comercios y negocios de hostelería, la plaza Mayor y su entorno brillaron con luz proia gracias también a otros negocios como La Parada, el ultramarinos de Paco Durán, la papelería Hormigo, El Extremeño y tantos otros que marcaron a base de tesón y esfuerzo la historia comercial cacereña.
¿Pero cuál es el origen de la Pastelería Isa, cuyo edifcio entero se ha puesto ahora a la venta? Hay que buscarlos en Vidal Arias, quien con 9 años se vino de Talaván a trabajar a Cáceres. Lo hizo en La Salmantina, una pastelería que Juan García, procedente de Candelario, montó en un local que la familia Castellano tenía en la plaza Mayor. La pastelería era pequeñita, con un mostrador de frente y un escaparate con hornacina. Juan instaló en Santa Gertrudis su obrador, que disponía de batidora y una refinadora manual. En el patio se encontraba el horno de leña y al lado una habitación pequeña para la leñera.
Años estuvo Juan yendo y viniendo con sus pasteles del obrador de Santa Gertrudis a la tienda de la plaza hasta que en 1946 abandonó ese local, en el que Luis Hernández Gil abrió una tintorería, y adquirir metros más arriba, en lo que luego ocuparía la Cafetería Cáceres, su definitiva Salmantina, un recinto de 180 metros cuadrados que previamente fue la tienda de tejidos de los Pérez antes de que éstos se fueran a Pintores.

Noelia Minguez Arias. / El Periódico Extremadura
«Tienes que ganarte la vida», le dijeron a Vidal sus padres, y Vidal, inteligente y precoz, empezó puerta a puerta a buscar un empleo, que encontró en La Salmantina. Allí entró como aprendiz hasta que se convirtió en un maestro pastelero desde la base, seguramente por esa capacidad que tenía Vidal de conseguir hacer magia con la harina, el huevo, la leche y el azúcar. De manera que no tardó aquel muchacho en montar su propio negocio. Lo hizo igualmente en la plaza Mayor, metros más abajo de La Salmantina, en el año 1952, en un espacio propiedad de dos hermanas que antes había sido una carnicería. Fue además Vidal un adelantado a su tiempo porque vendía dulces para diabéticos haciendo gala de su compromiso con la asociación que los representaba y a la que pertenecía.
Vidal y Catalina
Cuando Vidal conoció a Catalina Rebollo se enamoró perdidamente de ella. Pertenecía Catalina a una de las familias de hortelanos más reconocidas de Cáceres. Los Rebollo vivían por Villalobos y eran vecinos de los Periquenes, los Pájaros, los Vela (esa señora tenía una fortuna enorme), de los Poleo, los Dicanes, los Viera, que tenían un taller de cerrajería, los Montero, que eran carniceros, los Cacharro, el Rosquilla, y los Domínguez Beltrán (Juan y Eulalia), que se dedicaban a cobrar las propiedades de los Iglesias.
Era Catalina la mayor de 10 hermanos. Una muchacha que aprendió a coser en la Singer, que estaba en la esquina de abajo de los portales de aquella bellísima plaza Mayor que un día tuvo Cáceres y que no era solo bella por su bella fisonomía, lo era porque era el centro neurálgico y comercial de la capital. Había en la plaza y su entorno montones de ultramarinos y en todos ellos largas colas compuestas por pequeños y mayores, que si cola para la comida, que si cola para el picón, que si cola para el carbón, que si cola para una bobina de hilo... Y muchas cartillas de racionamiento con las que tu madre te mandaba a comprar el azúcar moreno y cuando dejabas el azúcar encima de la mesa, el azúcar caminaba a solas de las hormigas que había dentro.
Las hijas
Vidal y Catalina tuvieron dos hijas, la primera, Isabel, la segunda, Jacinta, que reside en Madrid. El matrimonio vivía en la calle San Felipe, muy cerca de Obispo Galarza, donde montaron su obrador. Durante años estuvieron subiendo y bajando en cajas de madera la mercancía hasta que en 1982 Vidal compró el edificio de la plaza para poder dedicar una de sus estancias a la elaboración de pasteles. A su negocio lo bautizó con el nombre de su primera hija, Pastelería Isa.
De las dos hijas de Vidal, fue Isabel la que continuaría la estela de esa empresa familiar, aunque previamente montó una tienda de ropa infantil y lanas en la calle Gómez Becerra que se llamaba Crisnoel. Pero a Isabel le tiraba la pastelería y no tardó en convertirse en una digna heredera de su padre. Tanto es así que dejó el pabellón muy alto y se hizo mundialmente conocida. Isabel se casó con José Luis Minguez, que se dedicaba a los pulimentos. Resultó que un día Vidal encargó a José Luis que puliera el suelo del obrador. Allí se conoció la pareja, que se casó y tuvo dos hijos: Noelia y Luis Vidal.

Noelia, en la pastelería. / El Periódico Extremadura
Noelia, la hija del matrimonio y nieta del fundador, fue luego la que se dedicaría a este negocio, de los pocos de Cáceres que tienen a sus espaldas tres generaciones familiares llevando el timón de la pastelería más antigua de la ciudad. El secreto siempre lo explicaba Noelia: «Aquí todo es confitería tradicional y artesana porque preferimos dar calidad ante todo». Entonces los ojos y el estómago no podían resistirse a la grandeza de unas vitrinas repletas de bollos suizos, magdalenas de aceite de oliva, pasteles o las famosas bambas que enamoraron al director de cine Pedro Almodóvar cuando cada mañana las saboreaba camino del colegio San Antonio desde la pensión donde vivía en la calle Postigo y que estaba junto a una taxidermia. Eran los años 60 cuando las aulas de quinto y sexto de bachillerato acogieron al alumno Almodóvar, que superó la reválida y consiguió mejorar sus calificaciones durante su estancia en la ciudad cacereña. Aquí formó parte de grupos musicales, jugó al baloncesto y demostró unas grandes dotes escénicas, según recuerdan a menudo sus amigos de la infancia como el cantante Paco Martín, entre ellos.
Pero no solo Almodóvar pasó por este mítico obrador: Bertín Osborne, Chiquetete o el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, se suman a un larguísimo listado de forofos. Y es que Pastelería Isa fue toda una institución en Cáceres: sus exquisitos buñuelos de viento, chocolate, nata, crema y cabello de ángel. Sin olvidar el hueso de santo tradicional con baño de crema, cubierto con azúcar que, resumiendo, era una delicia.
Los polos
Qué decir de los polos naturales. Noelia recordaba cómo su abuelo mandó hacer unos moldes especiales para dar forma a aquellas complacencias de zumo de limón, tan naturales que no era raro toparse con un pipo del exquisito cítrico. También los había de fresa, vainilla y chocolate. Isa hacía igualmente helados artesanos de vainilla, turrón, café con piñón, chocolate y nata.
Era Cáceres, gracias a esta pastelería, una de las pocas ciudades españolas que mantenía viva la tradición de regalar mojicones a las madres que dan a luz, costumbre inmemorial según la cual las parturientas recobraban la fuerza y el vigor, y que aún hoy tiene tanta repercusión que es rara la semana que desde Isa no se envían lotes de mojicones a Madrid, Galicia o Melilla. No era de extrañar, porque eran una maravilla para el paladar este bizcocho fino sin relleno, y tan esponjoso que solía decirse que para un buen mojicón siempre necesitas dos cafés: uno para ti y otro para él porque ese dulce se lo chupa todo.
Noelia y su hermano atendían con mimo y devoción. «Queremos que con esta tercera generación todo siga igual y que nos salga todo estupendamente. Ahora hemos puesto café y chocolate para llevar», dice Noelia mientras sirve bandejas a una clientela siempre agradecida.
La bandeja
La vida en la plaza Mayor continúa y uno no puede por menos recordar con nostalgia lo que fue el espacio más señero de la ciudad, con La Parada, un bar que llevó Felipe Berjoyo y que antes fue propiedad de Juan José Redondo Pérez, que era tío de Bernardo Pozas. La Parada estaba en los arcos, en lo que posteriormente fue El Miajón. Se llamaba La Parada porque allí paraban muchos coches de línea de la provincia, que iban a La Cumbre, a Sierra de Fuentes... los del Casar no, porque los del Casar tenían un servicio en la calle José Antonio.
A aquellos coches los llamaban popularmente las rubias, eran coches de madera, unos descapotables, otros no, y algunos disponían atrás de una especie de ‘balconcinos’ semejantes a las carretas del Rocío. Las rubias llegaban de los pueblos cargadas de paquetes, que luego se guardaban durante unas horas en la bodega de La Parada. A veces los viajeros venían a Cáceres de compras y también utilizaban el bar a modo de consigna.
Allí hacían tencas fritas y en escabeche, callos, gambas a la plancha y rebozadas, y redondo si lo encargaban. Había vino de pitarra de Valdefuentes y buenos clientes. A veces iban los quintos y siempre llegaban cantando. «Muchachos, aquí no se canta», les decía Felipe con una sonrisa. Y los quintos preguntaban: «Felipe, pero recitar se podrá ¿no?». «Recitar, sí», respondía Felipe. Y lo quintos recitaban y recitaban las letrillas de las canciones antes de irse al servicio militar; y todos reían a carcajadas.
La Parada era otra reliquia de esa antigua plaza Mayor, con su bandeja cargada de romanticismo, sus palmeras grandes y sus baldosas portuguesas donde los muchachos jugaban al corro, con los patines, y donde Tomás, hijo de Felipe, cogía un tizón y, como dibujaba tan bien, cada tarde silueteaba junto a los urinarios (donde ahora está la Oficina de Turismo) la figura del Guerrero del Antifaz. «¡Que viene un coche por la Gran Vía!», le gritaban a Tomás, y Tomás se apartaba, pasaba el coche y Tomás volvía a su puesto, muy tranquilo, porque los coches pasaban entonces cada media hora, no como ahora que lo de los coches es de locura.
Las escaleras que suben a Santa María estaban como partidas en dos porque en medio había una fuentecita donde la gente acudía a beber, puesto que en aquella época no había agua corriente. Por la plaza pasaban mujeres cargadas con sus cántaros en dirección al Camino Llano y la Concepción, donde también había fuentes en las que desde muy temprano recogían el agua.
Eran los años en los que en casa del señor Lino, en General Ezponda, te daban unos cucuruchos con aceitunas, y en La Mallorquina, que era pequeñita y muy bonita, comprabas riquísimos pasteles. Luego estaban la zapatería de Victorino Martín (su hijo Miguel abrió después otra en los portales), la farmacia de los Jabato, la de Manuel Bravo, famosa por su maniquí del escaparate, al que todos llamaban El Quebrao, y la de Margarita Pereira, que puso allí su primera botica, los Terio, con sus lindos sombreros y sus deliciosas esencias, El Barato, el comercio de telas de Víctor García, el estanco de los Durán, el hotel Europa, y la librería de los Solano, que después se quedó Pedro Cabrera Florido y posteriormente los Hormigo. Con Pedro Cabrera, que también puso la zapatería Cabrera de Pintores, trabajó muchos años Chelo Sánchez Fondón, que era nieta de Reyes Lavela, una señora que vivía por la calle Trujillo. Chelo, ya fallecida, empezó desde muy pequeña a trabajar con Cabrera, hasta que se independizó para poner en Moret su famosa librería.
La churrería y el Café Toledo
En la plaza hubo hasta una churrería que regentó un señor de Aliseda, estaba el Café Toledo, el mercado del Foro de los Balbos, la panadería del señor Claudio y la señora María, que eran buenísimos... Y como no, Pastelería Isa, en esa plaza Mayor donde instalaban la feria, con sus cucañas, y donde se ponía el cine de verano, y donde estaba el quiosco del señor Cruz, que era más bueno que ‘ná’ porque te dejaba leer las aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín.
La Parada, un bar de Felipe Berjoyo, fue ejemplo de ello. El local fue antes propiedad de Juan José Redondo Pérez, que era tío de Bernardo Pozas. La Parada estaba en los Arcos, en lo que posteriormente fue El Miajón. Se llamaba La Parada porque allí paraban muchos coches de línea de la provincia, que iban a La Cumbre, a Sierra de Fuentes... los del Casar no, porque los del Casar tenían un servicio en la calle José Antonio.
A aquellos coches los llamaban popularmente las rubias, eran coches de madera, unos descapotables, otros no, y algunos disponían atrás de una especie de balconcinos semejantes a las carretas del Rocío. Las rubias llegaban de los pueblos cargadas de paquetes, que luego se guardaban durante unas horas en la bodega de La Parada. A veces los viajeros venían a Cáceres de compras y también utilizaban el bar a modo de consigna.
La Parada era otra reliquia de aquella bellísima plaza Mayor que un día tuvo Cáceres. Con su bandeja cargada de romanticismo, sus palmeras grandes y sus baldosas portuguesas donde los muchachos jugaban al corro. Las escaleras que suben a Santa María estaban como partidas en dos porque en medio había una fuentecita donde la gente acudía a beber, porque en aquella época no había agua corriente. Por la plaza pasaban mujeres cargadas con sus cántaros en dirección al Camino Llano y La Concepción, donde también había fuentes en las que desde muy temprano recogían el agua.
Pero la plaza no era solo bella por su bella fisonomía, lo era porque era el centro neurálgico y comercial de la capital. Estaba en la plaza el mercado del Foro de los Balbos y había en ella y su entorno montones de ultramarinos, el ultramarinos de Paco Durán, al lado los Casares. En el portal de la farmacia de Castel estaba el de Carlos Cordero, que después llevó su hijo Pedro. Luego estaban el de los Jabato, el de Aparicio en la calle General Ezponda. Y en las Cuatro Esquinas, Regodón y los Siriri.
En casa del señor Lino, en General Ezponda, te daban unos cucuruchos con aceitunas, y en La Mallorquina, que era pequeñita y muy bonita, comprabas riquísimos pasteles. Luego estaban la zapatería de Victorino Martín (su hijo Miguel abrió después otra en los portales), la farmacia de los Jabato, y la de Margarita Pereira, que puso allí su primera botica, los Terio, con sus lindos sombreros y sus deliciosas esencias, El Barato, el comercio de telas de Víctor García, el estanco de los Durán, el hotel Europa, y la librería de los Solano, que después se quedó Pedro Cabrera Florido y posteriormente fue de los Hormigo. Con Pedro Cabrera, que también puso la zapatería Cabrera de Pintores, trabajó muchos años Chelo Sánchez Fondón, que era nieta de Reyes Lavela, una señora que vivía por la calle Trujillo. Chelo empezó desde muy pequeñita a trabajar con Cabrera, hasta que se independizó para poner en la calle Moret su famosa librería. En la plaza hubo hasta una churrería que regentó un señor de Aliseda, estaba el Café Toledo, o la panadería del señor Claudio y la señora María.
La Concepción
Muy cerca de la plaza estaba la Concepción, con muchos negocios: la lanería Paín, el bar Rialto, Muebles La Concepción, Marmolería Nieto, la famosa charcutería El Aguila, Frasqueri, la pescadería Vivas , el árbitro Fidel Valle Rico tenía su barbería, el bar Los Marros y su inigualable prueba de cerdo, o Retales Manolo.
También estaban allí las Damas Apostólicas, edificio que además de colegio tuvo diversos usos. Albergó la cristalería La Veneciana, fue casa de vecinos, llegó a haber una imprenta, y al lado, en los bajos del Torreón, estuvo la frutería de Aquilino. Era entonces General Ezponda una calle llena de vida. Estaba el bar de Pedro Peloto o la sastrería de Pepe Santos, que en 1963 alquiló a la Fundación Valhondo un local en los bajos del edificio del SEU para abrir su negocio, que estaba muy cerca de la barbería de General Ezponda, donde luego se abrió El Roji.
En Ezponda estaba la Joyería Bomar, que era de Juanito, Emilio el del Cisne Negro, el joyero Rosendo Nevado o el hostelero Emilio El Pato , a quien Pepe Santos confeccionó su primer traje corto de torear y con quien compartía su afición a la lotería.

Una imagen deliciosa para el recuerdo. / El Periódico Extremadura
En General Ezponda también estaba Eleuterio Mendoza, quien en mayo de 1941 alquiló un local propiedad de Manuel Rodríguez, que antes había sido un banco y al que Eleuterio puso por nombre Almacenes Mendoza. La tienda era como El Corte Inglés en chico porque allí encontrabas de todo: ropa, juguetes, colonias, alpargatas, cintas de raso, cintas de seda... En aquellos años de la posguerra se hizo muy famoso en Arroyo Rogelio Grado, que hacía unas pastillas de chocolate que estaban de morirse. Así que Eleuterio decidió ponerlas a la venta a bajo coste en Cáceres y, claro, aquello fue un exitazo porque entonces el chocolate era un producto de lujo. Un día, Eleuterio se enteró de que la hermana de uno de sus dependientes hilaba chaquetas, también las puso a la venta, también fueron un exitazo.
Almacenes Mendoza era una tienda enorme, con sus suelos y mostradores de madera y un taburete altísimo al que algunos empleados tenían que subirse para poder llegar a la caja registradora. El local, en la esquina con Ríos Verdes, ocupaba un lugar privilegiado en aquel General Ezponda que rebosaba de vida y de pujantes negocios: la droguería de Macedo, la farmacia de Arjona, la barbería de Tato, la dulcería con sus bambas de crema, la librería Sanguino, El Rastro, que era una tienda de los Villegas, La Cueva, o el Hotel Castilla, que fue el segundo establecimiento hotelero de la capital cacereña que obtuvo licencia oficial después del Extremadura.
Aunque la vida transcurría feliz, a Eleuterio le quedaba un sueño por cumplir: entrar en Pintores, que entonces era el emporio de Cáceres. En 1958 se enteró de que el local que había sido la zapatería de Terrón y que en ese momento llevaba un yerno del propietario no iba bien. El negocio salió a subasta y en el mes de mayo de 1958 Eleuterio se marchó al paraíso que todo comerciante quería pisar. Mendoza estaba justo al lado de El Precio Fijo, donde ahora está Deportes Olimpiada. En la calle se repartían multitud de negocios: El Siglo, Perfumería Terio, Jamec, Correa, Siro Gay, Juan García, que vendía tejidos, La Muñeca, de Rosendo Caso , que llamaban así porque tenía un maniquí y entonces no era muy corriente tener maniquís en las tiendas de Cáceres; la sastrería Pérez, más conocida como La Petaca porque tenía dentro una réplica de los estuches que se utilizaban para llevar cigarros o tabaco picado, Almacenes Gozalo que era junto a Mendieta de las más importantes, las fotografías de Javier, la zapatería Martín, la camisería Picado, La Salmantina, el horno de San Fernando por atrás, la Bodega Catalana, donde se vendía el vino por pistola, el Bar Amador... y tantos otros que hicieron historia.
Ahora Pastelería Isa vuelve a formar parte de esa historia del pasado que tanto vacío nos deja: sin mojicones en invierno, sin polos en verano, sin tartas, sin buñuelos, pero sus sabores, para siempre, en la memoria.
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