Universidad de Extremadura
Rafa Vizcaíno, el emblema de la cafetería universitaria: la vida detrás de la barra
Con 73 años y una vida dedicada a los demás, ha participado en iniciativas solidarias y ahora escribe sus memorias, recopilando anécdotas de su muy larga trayectoria

Rafa Vizcaíno. / Pablo Parra
Toda una vida sirviendo a los demás. Toda una vida detrás rodeado de café, viendo pasar el tiempo y crecer a las personas. La vida le ha golpeado, pero ahí se mantiene, como siempre, detrás de la barra. Rafael Vizcaíno es mucho más que el regente de la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras. Es todo un emblema de la Universidad de Extremadura.
«Los profesores que se están jubilando ahora eran alumnos cuando yo entré en la cafetería», comenta tranquilamente para que nos hagamos una idea del tiempo que lleva. Y alguien que lleva tanto tiempo tratando con gente, y con mucha además como se puede ver en las numerosas orlas colgadas en la cafetería, es una buena voz para plasmar los cambios que ha vivido la sociedad y las diferencias generacionales.
48 años
Natal de Úbeda (Jaén), a los cinco años partió a Ceuta, pues su padre era militar. Allí vivió y estudió, al igual que en Madrid, hasta que llegó a Cáceres en 1974. Aquí comenzó a trabajar en El Fisgón de Eustaquio, pero «en el 77 me salió la oportunidad de quedarme con la cafetería de la universidad», cuando todas las facultades estaban ubicadas en Pinilla, en el edificio Valhondo. Ahí fue donde empezó su periplo en la cafetería universitaria, una institución que siempre han utilizado los estudiantes, aunque cada generación de una forma distinta.
«Luego nos dispersamos, la facultad de Derecho se fue al antiguo Periódico Extremadura, allí en la parte antigua, en la Generala. Me quedé con ella, con enfermería, veterinaria, la laboral… todas prácticamente menos la politécnica». Y desde 1999 lleva asentado en su ubicación actual, el Campus Universitario.
Además, ha intercalado su trabajo en la ciudad con una colaboración con la cadena hotelera Patos, en Punta Umbría (Huelva). Así ha estado siempre hasta que la vida le da un vuelco cuando pierde a su mujer, con solo 62 años, en febrero de este año. Un hecho que le ha marcado mucho, metiéndole en «una depresión grande».

Rafael Vizcaíno, en la cafetería. / Pablo Parra
«Yo me saco mi titularidad de metre, más un máster hecho de viticultura, enología y marketing del vino, que fueron dos años. Lo finalicé y me dieron mi título», comenta sobre su formación. «Me han dado varios premios, tengo de Jerez el tercer premio en coctelería, y tengo también de hostelería en el 94 que fui reconocido por la Junta».
Y tras toda una vida, con los 73 años ya cumplidos, prefiere seguir al pie del cañón, aunque la jubilación ya ha rondado su cabeza. «He pedido la jubilación activa. Me dieron la opción de jubilarme activamente, puedo seguir con mi trabajo siempre que tenga personal contratado. Tenía idea de dejarlo ya hace poco tiempo, lo tenía en mente». Pero esa idea se truncó cuando pierde a su mujer. «Al fallecer mi esposa, me han recomendado que no deje la actividad si puedo porque me he venido abajo. Este es mi día a día, así tengo algo».
Nuevas y antiguas generaciones
Son 48 años detrás de una barra por la que han pasado miles y miles de personas. Un lugar desde donde la vida se ve de otra manera. «Es algo muy bonito», asegura. «Además me siento joven gracias a todo lo que pasa por aquí. Juventud, juventud y juventud». Sobre ellos precisamente habló. «La nueva generación es muy distinta a la amabilidad de antes. Los cascos, el móvil y poco más. Antes era más de llamarte “¡Rafa! Apúntame”, porque antes se pagaba de golpe cuando los padres daban los giros. Eso ya no pasa», lamenta.
Las juventudes también han cambiado su consumo, en línea con los cambios sociales. «No hay alegría de consumo. Hay mucha bolsa, mucha tontería. Antes eran de beber a mediodía su cervecita, por la tarde incluso se tomaban cubatas», comenta. «El tema del tabaco también ha cambiado. A mí me han operado de pólipo y no he fumado en la vida, del humo que se montaba en la cafetería».
Y no solo eso, si no también anímicamente se ha notado cambio. «Hoy no hay la alegría que había antes en cuanto a la convivencia universitaria. Antes estaban los grupos más unidos». ¿Quizás se convive con más estrés? «No diría que la gente está más estresada, más bien está más dispersa, más a su aire», afirma. «Era totalmente distinto. Teníamos un buen futbolín allí en la cafetería, aquello era muy familiar».

Imagen de la cafetería. / Pablo Parra
La economía también ha tenido su cambio. «Cuando yo lo cogí, la economía estudiantil era complicada. Hablamos del año 77. Pero siempre había alegría, era otra forma de estudiar y otra forma de convivir». Ahora, los precios han tenido que subir, «y aun así no me da para recuperar lo que me gasto en café».
Sin embargo, volviendo a los estudiantes actuales, sí asegura que los ve «más metidos en el estudio». «Son constantes. Que vengan menos a la cafetería o vengan con los cascos no quiere decir que no sean constantes. Cuando vienen es para estudiar. Antes éramos una generación más gamberra, se estudiaba y se sacaban las carreras igual, pero era muy distinto. Hoy el estudiante, en una mayoría, hinca codos», comenta.
No todos los estudiantes que pasan por la cafetería son jóvenes, pues los martes y los jueves son los mayores quienes acuden a la universidad. Y, asegura, se nota. «Los mayores son más cercanos. A parte son gente que el 60%-70% ha pasado ya por mi facultad, así que incluso me conocen ya. Nos llaman por nuestros nombres. Te da mucha alegría», afirma.
Solidaridad
Rafael ya ha sido noticia alguna vez gracias a sus iniciativas solidarias. «Hicimos lo de la Operación Café (evento para recaudar fondos para la lucha contra la desnutrición infantil), para ubicar casas y colegios en países pobres, hemos colaborado en todas las catástrofes, incluida la de Valencia», cuenta. Precisamente la de Valencia es la que más marcó, y por eso se destinó el 100% de lo recaudado. «Siempre he colaborado con todo, el volcán de La Palma, Haití… con todo. Siempre he querido hacer colaboración, porque yo también he partido de cero, sé lo que son pasar necesidades».

Rafael Vizcaíno, responsable de la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras, junto a su grupo de trabajo. / Carlos Gil
Unas iniciativas que no sería capaz de realizar si no es por sus compañeros, a los que tilda de «familia». «Tengo cinco empleados contratados a jornada completa, pero hoy en día cuesta mucho mantener a cinco. Cobro mi pensión, poco saco de aquí ya. Además con lo de mi mujer, quieras o no, también es un alivio estar aquí».
También ha realizado iniciativas para intentar atraer a más estudiantes, sin mucho éxito. «Una vez se hizo aquello de enseña tu DNI el día de tu cumpleaños y te invitamos a ti y a los acompañantes les hacemos un 20% de descuento. Cosas así. Pero no ha tenido éxito ninguno, porque la gente se corta mucho», añade.
Memorias
Un proyecto que tiene actualmente parado es el de sus memorias. En sus tiempos libres, hasta el fallecimiento de su mujer, escribía en unas hojas historias y anécdotas de todos estos años detrás de la barra. Unos relatos que, el día que salgan a la luz, seguro que valen oro.

Rafael Vizcaíno. / Pablo Parra
«Sacar anécdotas, que ha habido muy buenas, también malas. Estoy intentando hacerlo en folio y luego encontrar a una persona que diga que le da forma. Lo escribo a mano, como un diario», relata. «Lo bueno y lo malo que he pasado con los decanos, rectores, alumnado… Anécdotas graciosas. La idea me surgió aquí, porque cuando estábamos en el Valhondo nunca imaginé decir que me voy a poner a escribir. Cogí la idea aquí, la veo bonita. Con nombres, siglas, o sin nombre, poniendo sobre todo las cosas buenas, que se agradecen y se puede poner nombre. Las cosas menos buenas se dicen pero no se nombran». Ahora se avecina una Navidad que puede ser dura para él, por lo que prefiere pasarlo solo, «meditar y, si puedo, seguir escribiendo».
48 años dan para mucho, eso seguro, y en momentos como los de su esposa es cuando se ve lo que uno ha marcado. «El Ayuntamiento me mandó una carta de condolencias. Se lo agradecí al alcalde».
Universidad y Rafa van de la mano y, aunque acabe llegando el día de su jubilación, así seguirá siendo siempre gracias al cariño que ha transmitido a todos aquellos a los que ha atendido alguna vez. Su personal, mientras él no está, lo califica como «el mejor». Eso lo dice todo.
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