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La historia de Cáceres a través de sus objetos

El guardián de mármol de la parte antigua de Cáceres: el león que custodió el nacimiento de la justicia extremeña

La figura que corona la antigua Real Audiencia recuerda el momento en que la ciudad se convirtió en capital judicial a finales del siglo XVIII, un hito que marcó el origen de su actual poder institucional

Entrada del TSJEx. Justo encima de la puerta, el león.

Entrada del TSJEx. Justo encima de la puerta, el león. / E. P.

Jorge Rodríguez Velasco

Jorge Rodríguez Velasco

Cáceres

Para los niños de mi generación, los leones tenían su hábitat natural más en las pantallas del cine que en la sabana africana.En 1994 se estrenó la película animada El Rey León y, desde entonces, aquella cinta de Disney se coló en nuestra infancia y las peripecias de Simba convirtieron al «rey de la selva» en un personaje cercano, casi un compañero de juegos. Quizá por eso, cuando mis ojos de niño empezaron a fijarse en las plazas y portadas de la ciudad, me sorprendía descubrir cómo algunos de estos felinos se escondían en diversos rincones de Cáceres. A todos os serán familiares los leones de Correos y sus fauces devora cartas, o habréis observado muchas veces al león heráldico que, junto a la torre de Castilla, conforma el escudo de la ciudad. Más difíciles de ver son otros ejemplos, como los leoncillos de pie de sepulcro que flanquean las tumbas de la capilla del Cristo Negro en la concatedral. Pero ninguno me llamaba tanto la atención como el rostro marmóreo que asoma tras el imponente escudo que preside la portada del palacio de la Real Audiencia de Extremadura, un león silencioso que parece vigilar quién entra y quién sale de aquel templo de la justicia.

Escudo de armas

Bajo ese león se despliega un solemne escudo de armas borbónico. No es una mera concesión decorativa. La Real Audiencia, creada a finales del siglo XVIII, fue el máximo órgano de justicia de la región, el tribunal colegiado donde se revisaban los pleitos civiles y criminales de la provincia y desde el que se hacía presente la autoridad del rey en estas tierras. Nacía en un tiempo de reformas ilustradas, cuando la monarquía absolutista quería ordenar mejor sus territorios y acercar la Administración de Justicia a unos súbditos cansados de tener que viajar hasta las lejanas Chancillerías de Valladolid o Granada para ver resueltos sus litigios. La idea de contar con un alto tribunal propio llevaba tiempo rondando.

Cortes

Ya en la década de 1770 varias ciudades extremeñas con voto en Cortes –entre las que no se encontraba Cáceres– elevaron al Consejo de Castilla sus quejas por el coste, la lentitud y las incomodidades de aquellos pleitos interminables, a lo que se sumaban problemas muy concretos de la realidad extremeña. Todo ello desembocó, años después, en la Real Pragmática de 30 de mayo de 1790, por la que Carlos IV creaba la Real Audiencia de Extremadura con sede en Cáceres, un auténtico premio gordo para una villa que, de la noche a la mañana, se convertía en capital judicial de la provincia.

Llamativo

Lo llamativo es que la elegida fuera precisamente Cáceres, que ni siquiera figuraba entre esas ciudades con voz en Cortes. La Pragmática Sanción intentaba justificar la decisión presentándola como una población sana, relativamente bien abastecida, más poblada y oportuna que otras de la provincia, pero la propia documentación de la época deja entrever que esos argumentos eran, cuando menos, discutibles. Los historiadores han señalado otros motivos de más calado para el establecimiento de la Audiencia en Cáceres: alejar el nuevo tribunal de las fuertes inercias de poder concentradas en Badajoz, donde residían ya la Capitanía General y la Intendencia de la provincia; situarlo en un punto intermedio dentro del mapa de caminos extremeño y reequilibrar, en definitiva, el peso administrativo del territorio.

Festivo

El 27 de abril de 1791, día lluvioso pero festivo, la ciudad se engalanó para la apertura solemne de la Real Audiencia, instalada en el antiguo Hospital de la Piedad, convenientemente transformado en palacio de justicia bajo la dirección del primer regente, Arias Antonio Mon y Velarde. Desde el convento de San Francisco partió una comitiva en la que desfilaban, con sus mejores galas, regente, oidores, alcaldes del crimen, fiscal, escribanos, procuradores y autoridades locales, al son de la música militar y con las campanas de parroquias y conventos volteando a fiesta. Al llegar al tribunal se celebró una solemne ceremonia en la que el regente pronunció un discurso redactado por el insigne poeta y jurista extremeño Juan Meléndez Valdés. Tras la sesión inaugural y, al caer la noche, el regente dio una fiesta particular en su casa. Al día siguiente se celebró en Santa María una misa solemne con Te Deum y, por la noche, bailes e iluminarias en los balcones de la Audiencia y de muchas casas cacereñas. La justicia ilustrada hacía así su entrada oficial en Cáceres y sus primeros ministros tomaban posesión de una institución llamada a cambiar la historia de la ciudad.

Real Audiencia

Y es que, para Cáceres, la instalación de la Real Audiencia supuso mucho más que la llegada de un nuevo organismo judicial. La ciudad creció en población y se llenó de escribanos, abogados y funcionarios venidos de fuera, que trajeron consigo nuevas lecturas, preocupaciones reformistas y un cierto aire ilustrado. En torno a ese mundo de la toga y de los papeles fue cuajando una pequeña burguesía urbana ligada a los oficios jurídicos, al comercio y a los servicios que generaba el tribunal.

TSJEx

Hoy la antigua Real Audiencia alberga el Tribunal Superior de Justicia de Extremadura, distinguido hace unos días con la Medalla de la Ciudad de Cáceres. Bajo la presidencia de María Félix Tena, y con motivo del 235 aniversario de la creación del alto tribunal, el palacio se ha abierto a la ciudadanía con visitas, exposiciones y actos que ayudan a comprender la trayectoria de la institución. Mientras tanto, el león sigue dando la bienvenida a cuantos acuden al tribunal y, en su mirada, se adivina una fiereza que, hoy más que nunca, me gustaría ver también en el poder judicial. Un poder que puede y debe saber rugir y amedrentar a quienes amenazan constantemente su independencia, poniendo en peligro el Estado de derecho y nuestra frágil democracia.

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