El Caldero: en la intimidad del escenario
'Toca rabelillo toca que te tengo de romper que a la puerta de mi novia no has querido tocar bien', sólo algunos conocen esa hondura del rabel elaborado en El Torno, e interpretado ante un silencio absoluto, tras la algarabía de la Ronda de matanza o la Charramangá.

El Caldero. / CEDIDA
Rafaela Díaz Villalobos
Del pueblo para el pueblo, “con fuerza, belleza y dignidad”, como muy bien recoge ese chiquillo, Alonso Redondo, en los amorosos y emotivos artículos que publicó en este diario los domingos 21 y 28 de septiembre. Para nosotros, de contenidos épicos porque reconocen un trabajo de tiempos pasados,y nuestra honestidad en el estudio y presentación de la tradición y saberes populares de la provincia de Cáceres.
'Toca rabelillo toca que te tengo de romper que a la puerta de mi novia no has querido tocar bien'. Sólo algunos conocen esa hondura del rabel elaborado en El Torno, e interpretado ante un silencio absoluto, tras la algarabía de la Ronda de matanza o la Charramangá. Este torniego que tocaba el rabel, tenía la costumbre de llevar un caldero familiar, viejo como pocos he visto yo, sobre la cabeza, cuando íbamos a ensayar en aquel faro de cultura que era la Escuela de Magisterio (ahora en la Avenida Virgen de la Montaña). Tiempos revueltos. El mismo auditorio que tenía el inefable Pablo Guerrero, fallecido hace unos días, lo teníamos nosotros. Variaba la situación de los personajes. Con nosotros, el grueso de estudiantes fieles que nos seguían allá donde fuéramos, en primera fila o por los suelos. Eran nuestros otros yos: Meri, Adela, Mamen, Mari Cristi, Belén, Fernando, Juan, Gonzalo, José…
En la retaguardia, como sin querer, pero protegiendo, los otros juanes, elías, fernandos o josés, que eran los últimos de las filas en clase y organizadores de los conciertos de Pablo Guerrero, Luis Pastor, Luis Regidor, Pepe Extremadura. Para los cantautores, doña María Antonia, la directora, se situaba en las escaleras por si acaso los grises. Para nosotros, se ponía un collar de perlas y nos representaba. Con la aquiescencia de los de delante, alumnos modélicos, y los de detrás, a veces detenidos y a los que ella iba a buscar a comisaría, la hicimos nuestra presidenta.
En esos años oscuros de huelgas y protestas en la calle, los del caldero ofrecían, ofrecíamos, una vuelta a los orígenes con orgullo. El auditorio, los alumnos de magisterio en cualquier especialidad, ofrecían su alma y nos recompensaban con críticas que nos permitieran mejorar. Un poco a lo burro, eso es verdad: que si no des la espalda al público; que si no tiréis los chinchines al suelo; que saludéis con agradecimiento; que si fulanito no puede cortarse el pelo, que si el otro no tiene otra camisa, que como llevas esas botas… Solamente Henry “sugería” educadamente pasados unos días y los nervios de las actuaciones. Decíamos que porque era inglés.

El Caldero. / CEDIDA
Actuábamos en el salón de actos del Centro, en el Polivalente, en la desaparecida Cafetería OK, en el San Francisco o en Centros de Mayores por Navidad, presentes o no, los alumnos de Magisterio estaban con nosotros. Por eso ahora cuando han leído las palabras de Alonso, se han releído ellos, han evocado los espacios, las letras, los amores. Las esencias de la juventud. A los que ya no están.
El Verdeguea, primer disco grabado en directo en los salones de la Caja de Ahorros en la calle Clavellinas, fue un espaldarazo capitalino. Desaparecieron los temores hacía ese grupo tan distinto que ni refajos ni bailes presentaba en el escenario. Solo cantaban y tocaban cacharros viejos. Pero que poderío, hay que reconocer, porque lo que había en la escena emanaba responsabilidad y estudio. No había flecos sueltos. La investigadora y secretaria de la asociación, además de profesora de dibujo, Maruxa, estudiaba a Angelita Capdevielle y a García Matos, qué duda cabe, pero los otros veníamos de la Heráldica de D. Antonio Rubio Rojas, los nuevos movimientos educativos que nos presentaba doña Emilia Dominguez, la Historia Social de la de la Literatura y el Arte, de A. Hausser, con Carmen González de profesora, de S. Freudcon, Antonio Luceño, o de E. Ciorán, ya de cosecha propia. Es decir, lo que había en el escenario tenía mucho peso. Se traslucía que había poco fatuo.

El Caldero. / CEDIDA
Por eso ahora, nos gusta, me gusta, que ese chiquillo, Alonso, nos sitúe en lo simbólico. Símbolos de aquella época en la cual en el pasillo de la segunda planta de Magisterio convivían las Flores a María en el mes de mayo; las asambleas para votar la huelga por los últimos fusilados en el franquismo; las idas y venidas del caldero o de los tunos; los posicionamientos críticos y a veces violentos con algunos profesores. Los debates en fin, conscientes de que solo el grupo conseguiría los cambios.
El rabel está enojado y el que lo toca también porque no le dan de aquello que rechina en la sartén…
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