Tradición en peligro
Ser pescadero en Cáceres: un oficio al borde del naufragio
Mientras la labor de los pescaderos de barrio se desvanece lentamente, unos pocos resisten para dar a continuidad a la tradición. Entre madrugones, esfuerzo físico y destreza detrás del mostrador, José Manuel Garzo lucha cada día para que su negocio familiar siga siendo un referente en la capital cacereña

José Manuel Garzo, a cargo de la pescadería Felipe Salgado ubicada en el mercado de abastos de la Ronda del Carmen. / Carlos Gil

Sobre las cuatro de la mañana suena el despertador. Mientras la ciudad todavía duerme, José Manuel Garzo se dispone a empezar una nueva jornada, organizando la mercancía y dejando todo listo para que el mostrador luzca impecable. Lleva media vida detrás del mostrador, y en los últimos diez años ha hecho del mercado municipal de la Ronda del Carmen su lugar de batalla diaria.
«Es un trabajo duro, tiene que gustarte», afirma este cacereño de 37 años y padre de familia. «Hay que madrugar mucho y cada día toca montar y desmontar el mostrador, despachar al público, fregar…». Una rutina intensa que exige paciencia, dedicación y cuidado por los detalles.

Carlos Gil
Legado familiar
La suya es una historia ligada a un negocio familiar. La pescadería Felipe Salgado, fundada en 1968, tiene dos tiendas en Cáceres y una larga trayectoria que la ha convertido en un referente local. Su padre le inculcó no solo el oficio, sino la disciplina y el respeto por un trabajo que requiere constancia y precisión.
Empezó desde abajo, aunque sus primeros pasos fueron en una carnicería, donde aprendió a manejar los cuchillos con verdadera destreza. Hasta que un día su padre le sugirió probar en la pescadería. «Fui a probar, me gustó y me quedé», recuerda.
En su local, José Manuel ofrece una gran variedad de pescado y marisco fresco, procurando que la calidad sea siempre su sello distintivo de la empresa. Desde lubina, bacalao y dorada, hasta gambas, langostinos y mejillones, su catálogo se adapta a todos los gustos.

Variedad de productos frescos a la venta en el mostrador del establecimiento. / Carlos Gil
La oferta, explica, se va ajustando a las tendencias del mercado: «Lo que más se vende es el pescado de temporada. Y ahora que se acercan las navidades, la gente ya empieza a comprar marisco y se pone un poco nerviosa por la subida de precios, como pasa todos los años», comenta con una sonrisa.
La relación con los clientes es otro de los pilares de su trabajo. Muchos son fieles que acuden al puesto a diario, confiando en su experiencia y en el trato cercano que le caracteriza. «También tenemos una parte del público que compra mensualmente o cada quincena a través de la página web de la empresa», explica, lo que permite a quienes prefieren no desplazarse recibir su pedido directamente en casa.
Un sector que se apaga
Pero ese espíritu comunitario convive con una realidad que preocupa: la sensación de que el oficio de los pescaderos de barrio se apaga poco a poco, lo que afecta principalmente a los mercados locales. Una profesión marcada por madrugones, sueldos bajos y una disciplina que no todos están dispuestos a asumir y que parece haber perdido atractivo entre las nuevas generaciones.
"Si no te apasiona este trabajo y no lo has vivido desde pequeño, resulta complicado"
Quienes lo viven día a día, como José Manuel, perciben un futuro a medio y largo plazo muy oscuro. Según cuenta, en la capital cacereña apenas sobreviven dos pescaderos de su edad o más jóvenes, y no se aprecia que vaya a haber relevo. «Esto es muy vocacional. Si no te apasiona y no lo has vivido desde pequeño, es complicado», subraya.
Vocación y tradición
A pesar de las dificultades, continúa cada jornada con la misma dedicación que le inculcó su familia, porque para él este trabajo no es solo una forma de ganarse la vida, sino también una tradición que merece mantenerse viva.
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