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Religión

El Lignum Vera Crucis: la reliquia de la Cruz de Jesús que cautivó a Cáceres durante siglos

La tradición cristiana venera los fragmentos del Lignum Crucis desde el siglo IV, cuando se atribuyeron a la cruz de Jesús y se extendieron por iglesias y reinos

Concatedral de Santa María en Cáceres.

Concatedral de Santa María en Cáceres. / Cedida

Cáceres

El Lignum Vera Crucis, nombre con el que la tradición cristiana designa los fragmentos atribuidos a la Cruz en la que murió Jesús, es una de las reliquias más veneradas de la cristiandad desde los primeros siglos. Su devoción se remonta al siglo IV, cuando, según la tradición, la emperatriz Santa Elena identificó el Calvario en Jerusalén y recuperó restos de la Cruz, que pronto se difundieron entre iglesias y reinos como símbolos de protección, legitimidad espiritual y prestigio religioso. A lo largo del tiempo, estos fragmentos generaron una extensa tradición que mezcla historia, liturgia y cultura popular, y que ha dejado miles de relicarios repartidos por todo el mundo.

En Cáceres, la historia del Lignum Crucis alcanza una relevancia singular. La ciudad custodia, al menos desde el siglo XVI, uno de los fragmentos documentados de mayor tamaño en España, traído por el cardenal Bernardino de Carvajal. Su sobrino, el arcediano Francisco de Carvajal, mandó levantar la capilla del palacio de los Duques de Abrantes para albergar la reliquia, cuya fama se extendió rápidamente por toda la península. Entre los siglos XVIII y XX, miles de peregrinos —procedentes incluso de Portugal e Italia— formaban colas interminables para venerarla, hasta el punto de que el Ejército debía organizar el acceso. Algunas crónicas relatan que varios devotos fallecieron durante el viaje y fueron enterrados en conventos y oratorios de la ciudad.

La importancia de la reliquia llegó a tal extremo que Felipe II intentó llevarla al Escorial, y la Santa Sede presionó para que fuese devuelta a Roma. La familia Carvajal logró retenerla con la condición de construir siete templos en Cáceres y de garantizar su exposición pública en fechas señaladas. En 1863, el papa Inocencio XI concedió indulgencias plenarias a quienes visitaran la capilla confesados y comulgados. Además, según el investigador Miguel Orti Belmonte, en el recinto se veneraron no uno, sino dos Lignum Crucis: el principal y otro donado por el Maestre de Malta a don Álvaro de Sande, tras su victoria militar frente a los turcos.

Pese a los esfuerzos de protección, a comienzos del siglo XX uno de los fragmentos desapareció cuando la Marquesa de Portago trasladó a Madrid todos los bienes de la capilla, incluidos exvotos, objetos litúrgicos y la mayor parte del patrimonio devocional reunido durante siglos. Sin embargo, otro fragmento sí permaneció en la ciudad, custodiado de forma privada por un descendiente de la familia Carvajal. Su existencia fue constatada por el historiador Alonso Corrales y, en 2006, la reliquia fue exhibida públicamente por primera vez desde el siglo XIX.

Aunque parte de su patrimonio material se perdió, la memoria del Lignum Crucis continúa profundamente arraigada en la vida religiosa cacereña. Es la Cofradía del Cristo Negro —una de las más emblemáticas de España— mantiene cada año una misa en honor a la reliquia, preservando un legado que va más allá del objeto físico. En Cáceres, el Lignum Crucis sigue siendo no solo un vestigio de la Pasión, sino también un hilo que conecta la identidad espiritual de la ciudad con siglos de historia, devoción y tradición viva.

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