Nuestro pasado
Angelita Capdevielle rescató canciones y romances de Cáceres, creando un archivo de tradición oral
Se dedicó a recorrer pueblos, escuchando, anotando melodías y letras que se transmitían oralmente, preservando así un valioso patrimonio cultural

Angelita Capdevielle tocando el piano. / MUSEO CASA PEDRILLA

En septiembre de 1935, Angelita Capdevielle se ofrece para formar a la niña más pobre de la ciudad, que tenga aptitudes musicales e integrarla en los coros infantiles que bajo su dirección funcionaban en el Ateneo. Días después se rinde homenaje póstumo de los veteranos del Deportivo Cacereño a los jugadores Recio y Martínez.
¿Quién fue Angelita Capdevielle?
Capdevielle recorrió los pueblos de Cáceres en busca de un patrimonio que solo vivía en la memoria de la gente: canciones, romances, coplas y cuentos que abuelas, pastores, artesanos y niños guardaban en la voz y en el corazón. Su labor se convirtió en un puente entre la tierra y las voces que la habitaron décadas atrás, rescatando un repertorio que abarcaba desde canciones de trabajo y nanas hasta romances antiguos y coplas amorosas, satíricas o burlescas. Era la música que se oía en las plazas y en los corrales, en los fogones o a la orilla del río, mientras las mujeres lavaban la ropa.
Doña Angelita tenía un oído propio, una sensibilidad que le permitía captar no solo las letras, sino también los silencios. Se sentaba con la gente y escuchaba con una atención que desarmaba. Tomaba nota de cada palabra, de cada giro del habla, de cada matiz. Pasaba horas en pueblos pequeños como Hervás, Trujillo, Valencia de Alcántara o Guijo de Granadilla, esperando a que la melodía o la copla saliera completa, tal como había sido cantada durante generaciones.
Archivo de tradición oral
Aquel trabajo paciente terminó formando un archivo de tradición oral en Cáceres que hoy sigue siendo una referencia. Parte de ese tesoro quedó plasmado en publicaciones, otro, más extenso, permanece en los cuadernos y hojas amarillentas donde anotó sus hallazgos. También clasificó variantes de un mismo tema para mostrar cómo las canciones cambiaban según la familia o la localidad, revelando la riqueza y diversidad de la cultura popular.
En ese legado conviven historias de bodas y labores agrícolas, días de fiesta, amores imposibles, milagros, devociones y humor disfrazado de crítica. Cada canto era, para ella, un espejo del alma colectiva. Su espíritu incansable la llevaba a levantarse antes del amanecer, tomar un tren, una carreta o caminar kilómetros por caminos polvorientos con tal de llegar a un lugar donde alguien aún recordaba una melodía antigua.
Su método era tan sencillo como efectivo: observar, escuchar rumores y preguntar. Se dirigía a niños, pastores, abuelas y artesanos, y todos confiaban en ella. A menudo la invitaban a la cocina mientras se preparaba la comida o se sentaba junto a ellos en los bancos de la plaza. En Madroñera, por ejemplo, rescató una copla que evocaba la vendimia, una de tantas piezas que, gracias a su empeño, siguen vivas en la memoria colectiva.
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