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Cáceres del tiempo pasado

Un pasado oscuro en Cáceres: así eran los sótanos donde los reos esperaban la horca en la antigua Real Audiencia

Los sótanos del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura guardan uno de los capítulos más duros de la justicia extremeña: prisiones insalubres, reos «puestos en capilla» y ochenta sentencias de muerte ejecutadas entre los siglos XVIII y XIX

Ejecución pública. Oleo de Ramón Casas, 1894. Museo Reina Sofia.

Ejecución pública. Oleo de Ramón Casas, 1894. Museo Reina Sofia. / CEDIDA

Jorge Rodríguez Velasco

Jorge Rodríguez Velasco

Cáceres

Si hace una semana conocíamos los pormenores de la fundación de la Real Audiencia y los grandes fastos de su inauguración a finales del siglo XVIII, hoy seguimos entre los muros del edificio donde se impartía la justicia extremeña en el Antiguo Régimen, pero esta vez para asomarnos a su rostro más sombrío. Tras el imponente escudo borbónico coronado por el león, y bajo los salones ornados donde se dictaban sentencias en nombre del rey, aguardaban los sótanos convertidos en prisión, donde no pocos ciudadanos esperaban un destino que los llevaría a la horca.

La documentación de la época describe con fría minuciosidad aquel laberinto subterráneo, donde la humedad, la falta de luz, el frío y la suciedad convertían la vida carcelaria en un castigo añadido. Los informes de algunas autoridades de la Audiencia dibujan un cuadro elocuente: a comienzos del siglo XIX, apenas unos años después de la fundación del tribunal, se advertía del peligro de inundaciones en ciertas galerías, de la oscuridad absoluta que hacía imposible sofocar el más mínimo motín y de cómo la humedad hinchaba puertas y maderos hasta inutilizarlos. En 1816, una visita oficial dejaba constancia del estado de los reclusos: «bástale saber que la humanidad se resiente al ver el modo y la manera como se hallan aquellos infelices delincuentes: desnudos, durmiendo en el duro suelo y sin más alimento que el de un pan que por favor le compran».

Uno de los problemas más graves a los que se enfrentaban los reclusos era la pésima ventilación. El hedor putrefacto de las letrinas impregnaba pasillos y galerías hasta convertir aquel espacio en un ambiente casi irrespirable. Para intentar paliar esa situación se encalaban una y otra vez las paredes, se regaba el suelo con vinagre y se quemaban pólvora, azufre y espliego con la esperanza de «purificar los aires». Pese a esos remedios, la insalubridad seguía siendo la norma y la cárcel se había convertido en un foco permanente de enfermedad.

La alimentación ordinaria tampoco contribuía a mejorar las cosas. Existían dos tipos de rancho: el llamado «puchero de enfermos», algo más rico en carne y calorías, y el rancho común, un potaje de garbanzos con algún añadido de tocino o de carne de vaca o carnero. A los presos se les debía entregar además un pan de trigo con un peso fijado; aunque sabemos por las visitas que, en la práctica, pesaba menos de lo acordado y que la harina se mezclaba con centeno, cebada y tierra. El agua, lejos de ser un derecho mínimo, se cobraba aparte: el alcaide exigía dinero por subirla hasta los calabozos, y quienes se negaban al pago podían pasar días sin beber.

Tampoco el equipamiento hacía más llevadera la vida entre rejas. Los jergones de paja se renovaban, con suerte, una vez al año y la ropa de cama se lavaba muy de tarde en tarde. Para decenas de presos apenas había unas pocas tinajas, algún banco, escasos muebles y una colección de cántaros, orinales y pucheros, usados indistintamente para la comida y para las medicinas. A la precariedad material se añadían otras humillaciones: la prohibición de asomarse a las ventanas, las dificultades para recibir visitas y la imagen de los presidarios conducidos a trabajos públicos, con grilletes y cadenas, exhibidos por las calles de la villa.

Y, sin embargo, lo más duro para algunos reclusos aún no había llegado. Aquellos sótanos de la Audiencia fueron, en efecto, la antesala del cadalso. A lo largo de los siglos XVIII y XIX, la Real Audiencia de Extremadura dictó ochenta y dos sentencias capitales. Ochenta reos vieron confirmada allí su última pena, y solo en dos ocasiones la Corona conmutó la ejecución. La inmensa mayoría fueron hombres de entre treinta y cuarenta años, si bien entre ellos figuran también cuatro mujeres.

El camino del condenado hacia la muerte estaba sujeto a un minucioso ceremonial. Una vez firme la sentencia, el reo era «puesto en capilla» durante cuarenta y ocho o setenta y dos horas. La Cofradía de Nuestra Señora de la Caridad, con sede en la parroquia de Santa María, se encargaba de la asistencia material y espiritual. Sus cofrades pedían limosna por las calles y desarrollaban toda una maquinaria piadosa que permitía al condenado pasar sus últimas horas en un entorno sorprendentemente distinto al de la cárcel habitual. Durante este tiempo final disfrutaba de una cama decente, ropa limpia, potajes reforzados, caldos, bizcochos, vino, tabaco y otros pequeños caprichos que expresaban su última voluntad. Al mismo tiempo, sacerdotes y hermanos de la cofradía se turnaban para acompañarlo, rezar con él y preparar su tránsito.

El día señalado, tras la recepción de los sacramentos, el reo, revestido con la túnica negra o roja de la cofradía, era conducido al patíbulo, erigido en el patio de la Audiencia u otro lugar de la villa. Durante décadas el instrumento predilecto fue la horca, si bien a partir de 1832 se impuso el garrote, catalogado entonces como una forma «más humana» de ejecución. En casos excepcionales se añadían penas suplementarias cuyo único fin era el escarmiento público: cuerpos descuartizados y exhibidos en distintos puntos, cadáveres arrastrados en serones por las calles o reos encerrados tras la muerte en un tonel (encubamiento). En cualquier caso, el cuerpo del ajusticiado solía permanecer expuesto durante horas a la mirada del público antes de ser trasladado por la cofradía al cementerio, generalmente el parroquial de Santiago.

Hoy, en el corazón del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura, el antiguo patio de la Real Audiencia se alza como una de sus estancias más bellas. Donde antaño se erigía el patíbulo y la muerte era espectáculo público, hoy se extiende una zona ajardinada y tranquila. Este espacio es el reflejo de cómo ha cambiado nuestra manera de entender la justicia, reflejo de una sociedad que ha desterrado la muerte pública como castigo y que no acepta que nadie (ni siquiera el Estado) decida sobre el bien más preciado del ser humano: la vida.

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