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Grosso Modo

Juan Ramón Corvillo, abogado de Cáceres: "Geografía íntima del silencio cacereño"

Una ciudad que ha hecho del silencio una forma de memoria y resistencia

Geografía íntima del silencio cacereño.

Geografía íntima del silencio cacereño. / Juan Ramón Corvillo

Juan Ramón Corvillo

Juan Ramón Corvillo

Cáceres

El silencio nació antes que las piedras. Fue en la penumbra primera que envolvió el mundo, cuando todavía nadie tenía capacidad ni necesidad de hablar. Luego aparecimos nosotros y empezamos a rellenar aquel hueco con plegarias, pregones, motores y campanas. Pero en Cáceres, entre Santa María, San Mateo y Santiago, aún late un silencio antiguo que parece conservar la respiración de quienes caminaron estas calles cuando la noche era un reino y el día avanzaba con pasos lentos. Erling Kagge, caminante del hielo, habría reconocido en estos recodos la misma grieta interior que descubrió en su travesía hacia el Polo Sur.

Durante siglos, el silencio fue casi un oficio. Los monjes lo trabajaban como un cincel; los juristas lo exigían antes de la sentencia; los maestros lo reclamaban para que la palabra ganara peso. Los concejos medievales cacereños comprendieron su valor y lo protegieron mediante ordenanzas que intentaban encauzar el bullicio. Y haciendo honor a esa tradición se insertó a finales del siglo XX el Bando del Silencio, fijando franjas horarias y límites acústicos con una disciplina que hoy desconcierta, aunque entonces actuaba como muralla invisible frente al estrépito urbano.

El tiempo introdujo variaciones. En 2011, el ayuntamiento acotó su periodo estival entre el 15 de junio y el 15 de septiembre, cuando el calor ensancha la vida exterior y el descanso necesita un resguardo más firme. En 2023, otro ajuste ha venido a responder a los veranos intempestivos: en días con avisos meteorológicos adversos, las obras debían adelantar su silencio matinal para que la salud laboral y la respiración vecinal no chocaran entre sí en pleno bochorno.

Ya en los años sesenta, Simon&Garfunkel cantaron TheSoundofSilence con la advertencia expresa de que la multitud hablaba sin escucharse. Basta subir por la Cuesta de la Compañía con el móvil apagado para comprobar que esa profecía aún encuentra resistencia en estas calles, que conservan otra cadencia; el aire parece transmitir un secreto antiguo.

Quizá este silencio sea la última resistencia educada frente a la prisa global. Una resistencia tenue, instalada en la sombra de un arco o en el hueco de una plaza recién amanecida. Kagge sostiene que cada persona guarda un territorio interior donde la mente se reconoce. Cáceres, desde hace siglos, ha sabido extender ese territorio hacia afuera.

Porque existen geografías que no dependen de calles ni de murallas. El mapa más antiguo de nuestra ciudad tiene forma de silencio. Y continúa ampliándose como una bruma que conquista y delimita aquello que Cáceres todavía desea ser.

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