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Gastronomía

Bar Lisboa, en el corazón de Alcántara (Cáceres): desayunos, tapas y familia desde hace casi medio siglo

El bar de Alcántara, fundado hace casi medio siglo por Jerónimo Magro y sus hermanos, es un punto de encuentro diario que mantiene su esencia familiar y su compromiso con la cocina tradicional.

Bar Lisboa, en el corazón de Alcántara (Cáceres): desayunos, tapas y familia desde hace casi medio siglo

El Periódico Extremadura

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Hay bares que dan cafés. Y hay bares que dan vida. En Alcántara, ese papel lo desempeña desde hace 49 años un establecimiento que abre cuando el pueblo aún bosteza, que sirve desayunos cuando el sol empieza a asomarse y que guarda entre sus paredes casi medio siglo de historias compartidas. Un bar de los de siempre, de los que no necesitan artificios para ser imprescindibles.

Ubicado en pleno centro de Alcántara (Cáceres), a un paso del imponente Puente Romano y de rincones tan singulares como San Benito, la sinagoga, la hospedería o una biblioteca que sorprende por su bóveda y su lámpara (no es una cualquiera, y quien la conoce lo sabe), este local es mucho más que un punto donde parar a comer o beber. Es un lugar de encuentro diario.

Aquí no se espera a que el día empiece: se le da el pistoletazo de salida. A las seis de la mañana ya está la persiana levantada y el café humeante. Son siempre los primeros en abrir y la barra se llena pronto de desayunos variados: tostadas, croissants, bollería… pero hay una que se ha ganado fama propia. La parisina, y en especial la parisina de bacon y queso, se ha convertido en un pequeño ritual para muchos vecinos. Y si alguien quiere inventar su propia combinación, no hay problema: aquí se adapta la tostada al gusto del cliente, como se ha hecho toda la vida.

49 años y una misma familia

El bar abrió sus puertas hace casi medio siglo de la mano de Jerónimo Magro y sus hermanos, Manuel y Juan Magro. La segunda generación sigue al frente, con Jerónimo padre ya más en la sombra, pero con Manolo todavía “a tope del cañón”, como quien dice. Junto a ellos, los hijos de Jerónimo: Jermínimo, Tere y Rafa Magro Claver, y sus primos José, Pepa y Paco. Todos conforman una empresa 100% familiar, en la que cada uno arrima el hombro cuando hace falta, especialmente los fines de semana. A esa base se suman trabajadoras en cocina y refuerzos en los turnos de mañana y fines de semana. Pero el alma sigue siendo la misma: familia, constancia y cercanía.

Si algo define a este bar es que no ha renunciado a lo que lo hizo grande. Los callos y la oreja siguen saliendo igual que el primer día. Son platos que se han mantenido en carta desde la apertura y que siguen teniendo fieles incondicionales.

A ellos se suman calamares, pluma ibérica, lágrimas ibéricas, croquetas y una especialidad que no se encuentra en cualquier sitio: la patatera, preparada con mimo y con ese punto que hace que siempre apetezca repetir.

Mucho más que un bar

El local no se queda solo en la barra. Cuenta con bodeguilla, un espacio que funciona como pub, sala y punto de encuentro nocturno. Allí también se vive el fútbol, con pantallas preparadas para seguir cada partido como se merece.

Y cuando el tiempo acompaña, las terrazas hacen el resto. Dos espacios al aire libre —una central y otra lateral— que convierten el bar en un pequeño emporio social donde siempre pasa algo: charlas, risas, cañas, cafés largos y sobremesas que se alargan sin mirar el reloj.

De cara a la Navidad y a las fechas señaladas, las perspectivas son buenas. Hay optimismo, y no solo por tradición: porque el bar sigue siendo necesario. Porque hay sitios que, pase lo que pase, siempre encuentran su lugar.

Este es uno de ellos. Un bar que abre temprano, que cocina como antes, que sigue siendo familiar y que lleva 49 años demostrando que la verdadera modernidad está en no olvidar quién eres.

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