Una historia de Cáceres a través de sus objetos
Del campanario al pesebre: las cigüeñas del Belén de Cáceres
Símbolo vivo de la ciudad, han pasado de coronar torres e iglesias a integrarse con naturalidad en los belenes navideños, reflejo de una tradición cultural y religiosa que sigue muy presente en la capital

Belén de las hermanitas de las Pobres, con sus cigüeñas. / Jorge Rodríguez Velasco

Durante el pregón de la Navidad, pronunciado hace unos días por Francisco Rivero, el obispo de Coria-Cáceres, don Jesús Pulido, se mostraba sorprendido de que aparecieran tantas cigüeñas en los belenes cacereños. No era una observación menor. La cigüeña es uno de los grandes símbolos de nuestra región y en Cáceres no solo anidan en lo alto de nuestras torres e iglesias: también forman parte del imaginario navideño y, con toda naturalidad, aparecen en los distintos nacimientos instalados por nuestras calles. Un buen ejemplo lo encontramos en pleno corazón de Cánovas, en el belén de lo que siempre será el hogar de las ‘Hermanitas de los Pobres’. Allí, las cigüeñas se convierten en protagonistas visibles de un belén que puede considerarse uno de los más tradicionales de la ciudad, tanto por su monumentalidad como por la cuidada recreación de la parte antigua de Cáceres.
Tradición
Y es que Cáceres ha estado siempre profundamente ligada a la tradición belenista, convertida en una de las expresiones más populares y reconocibles de la Navidad. Hoy podemos contemplar en la ciudad belenes que se han convertido en visita obligada cada diciembre, como el de la Diputación Provincial, instalado en el Palacio de Carvajal, o el de San Mateo, realizado por miembros de las cofradías de la parroquia, reconocible por sus característicos juegos de espejos.
A ello se suma la fortuna de contar con fundaciones que apuestan decididamente por el belenismo, como la Fundación Mercedes Calles, que este año sorprendía con un simpático belén de plastilina en su sede de la Plaza de San Jorge; o la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, cuyas exposiciones en el Palacio de los Golfines de Abajo merecen mención aparte. Gracias a ella, en los últimos años hemos podido admirar parte del legado del mayor coleccionista de belenes del mundo, don Antonio Basanta, y, en esta Navidad, un extraordinario belén barroco veneciano, una auténtica joya artística que ningún amante del arte debería perderse.
Concurso
Muchos de estos belenes concurren al certamen local, que se viene celebrando desde hace décadas y que ha alcanzado ya su 33ª edición, organizado por la Asociación Belenista junto al Ayuntamiento. El concurso actual tiene su origen en 1992, cuando la Unión de Cofradías convocó la primera edición del certamen de belenes familiares, ampliándola al año siguiente a asociaciones y colectivos. Precisamente la Unión de Cofradías fue clave para que en 2008 naciera la Asociación Belenista, a iniciativa del obispo Cerro Chaves, con el objetivo de fomentar y proteger esta tradición.
Pero el belenismo era ya una costumbre profundamente arraigada en Cáceres mucho antes de estas iniciativas. El concurso de belenes tiene sus antecedentes en las convocatorias que, desde los años cuarenta, organizaba el Frente de Juventudes, que justificaba su acción «en su afán de realzar y conservar las más sanas tradiciones entre los muchachos de España». Con la llegada de la Transición, el concurso languideció, pero a comienzos de los años ochenta el Ayuntamiento le dio un nuevo impulso, facilitando con suculentos premios el montaje de belenes por parte de las asociaciones de vecinos.
Belenismo
Uno de los momentos de mayor auge del belenismo en Cáceres llegó en los años sesenta, en el contexto de la campaña nacional ‘Paz en la Tierra’, promovida por el Ministerio de Información y Turismo a través de sus delegaciones provinciales y que pretendía reforzar las tradiciones navideñas como elemento de identidad cultural nacional.
En ese marco se produjo uno de los episodios más singulares de la historia navideña de la ciudad: la adaptación en Cáceres, en la Navidad de 1963, de las célebres Jornadas de Torrejoncillo, una representación popular del Nacimiento que en aquella localidad se desarrollaba y que, de manera excepcional, fue trasladada a nuestro recinto monumental. No se trató de un simple belén viviente, sino de una compleja recreación escénica que convirtió el casco histórico en un gran escenario bíblico al aire libre.
Ciudad antigua
En el marco incomparable de la ciudad antigua se fundieron hasta nueve escenas en un recorrido continuo por algunos de sus rincones más emblemáticos. El itinerario se iniciaba en la plaza de Santa María, junto a la calle de la Amargura, donde se escenificaba la salida de José y María del monte Tabor. Desde allí, la representación avanzaba por las calles del barrio monumental dando forma a las sucesivas escenas: la búsqueda de posada, el paso por los campos de Samaría o el descanso junto al pozo de Siquem, recreado en las inmediaciones del palacio de la Generala, con lavanderas y escenas de vida cotidiana cuidadosamente ambientadas.
Adarve arriba, a la altura del arco de Santa Ana, entraban ya en escena los pastores, reunidos junto al fuego y atentos al ganado, en una estampa que daba paso al encuentro con la Sagrada Familia. El recorrido finalizaba en la plaza de San Mateo, en la rinconada de la calle Ancha, donde se levantó el pesebre y tuvo lugar la adoración de los pastores. Miles de cacereños —entre ocho y diez mil, según las crónicas— siguieron emocionados aquel itinerario, desplazándose de escena en escena por las estrechas calles del casco histórico para ser partícipes del relato evangélico del nacimiento de Jesús.
Navidad
La experiencia se repetiría de nuevo en la Navidad de 1966 y, pocos días después de clausurarse las celebraciones, el 17 de enero de 1967, el entonces delegado provincial de Información y Turismo, Mariñas Otero, llegó incluso a convocar una reunión con la intención de fundar una asociación belenista en Cáceres. Aquella iniciativa no llegó a consolidarse ni sobrevivió al final de la década, pero resulta muy reveladora del clima de entusiasmo y efervescencia que rodeaba entonces a la Navidad y al belenismo en la ciudad.
En nuestros días, la ciudad monumental vuelve cada año a convertirse en la tierra de Jesús, aunque lo hace para escenificar la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en la Pasión Viviente. Recuperar aquella experiencia del belén viviente sería una tarea compleja, siendo conscientes del enorme esfuerzo humano y organizativo que requiere. Quizá una vía más realista sería convertir algunas de las principales calles y plazas del recinto histórico en un gran belén con imágenes a tamaño real, como hacen otras ciudades españolas – Zaragoza podría ser un ejemplo- o localidades de nuestra propia región, como es el caso de Villar de Rena. Imaginemos, por ejemplo, la plaza de San Jorge transformada en un inmenso pesebre, mientras desde Santa María avanza una gran comitiva real con los tres Reyes Magos.
Oferta cultural
Un proyecto así no solo ampliaría la oferta cultural y turística de la ciudad, sino que serviría para seguir poniendo en valor en Cáceres una práctica, la del belenismo, que ha sido declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de España y cuya candidatura aspira a ser reconocida también por la Unesco en 2026.
Pero más allá de los reconocimientos, el belenismo será siempre la manifestación sencilla de una fe que se hace cultura; una tradición que nos remite inevitablemente al sentido profundo de la auténtica Navidad: la que no pasa de moda, la que celebra el nacimiento de Jesucristo. En estos tiempos en los que no pocos intentan desvincularla de su significado religioso, ya sea por intereses espurios o por ese «buenismo» que busca no ofender a nadie, permítanme despedirme evitando fórmulas genéricas: no les desearé unas «felices fiestas» —para eso ya habrá ocasión en mayo—, sino que, con pleno sentido, les deseo una feliz y santa Navidad.
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