Con otra mirada
Joaquín Floriano, columnista de Cáceres: "El voto que bota"
Hay palabras que, cuando se analizan de cerca, explican mejor una elección que cien tertulias

Las elecciones de Extremadura, en imágenes. / Eduardo Palomo / EFE

Hay palabras que, cuando se analizan de cerca, explican mejor una elección que cien tertulias. Votary Botar son ejemplos de ello. El Diccionario de la Lengua Española, ofrece varias acepciones que conviene releer después de pasar por la urna.
Según la edición de 2022, "votar" presenta cuatro acepciones principales. La primera es conocida:"Dar el voto o expresar un dictamen en una elección". La segunda remite a lo divino: "hacer voto a Dios o a los santos", o prometer algo a cambio de una gracia o milagro. La tercera, hoy en desuso, consiste en "echar juramentos", aquel sonoro "¡Voto a Dios!" que tanto aliviaba el enfado o la sorpresa. Y la cuarta, más burocrática, "aprobar algo por votación". En un mismo término, por tano, conviven: democracia, fe, enfado y trámite.
Más exuberante resulta el verbo "botar", y bastante menos complaciente. El mismo diccionario le concede quince acepciones, que bien podrían agruparse en cuatro. La primera, "arrojar, tirar, echar fuera a alguien o algo": Botaron al trabajador, al entrenador o al alcalde. La segunda, "echar un barco al agua, con ceremonia, padrinos y discursos que prometen travesías gloriosas". La tercera, "lanzar una pelota contra el suelo para que rebote". Y la cuarta, "orientar el timón, corregir la deriva y encaminar la proa hacia el rumbo deseado".
En las pasadas elecciones autonómicas, los extremeños hemos votado. Y también hemos botado. Votado con papeleta y urna. Botado con cansancio, hartazgo y con una paciencia que llevaba años pidiendo la baja laboral. Se ha botado a unos y se ha advertido a otros. Más por agotamiento que por entusiasmo, que es quizá la forma más amarga de botadura democrática.
Porque votar ya no es siempre elegir: a veces es desalojar. No se vota tanto a favor de algo como en contra de alguien. Se deposita el voto con la misma delicadeza con la que se deja una carta de despido sobre la mesa: sin aspavientos, pero con determinación. Y luego se espera, no un milagro -la segunda acepción- sino, al menos, que no empeore el panorama.
Algunos interpretan los resultados como simples rebotes de pelota, confiando en que el electorado vuelva dócilmente a la mano que lo lanzó contra el suelo. Otros creen que el barco botado navegará solo, ignorando que los barcos sin rumbo acaban chocando contra el primer escollo. Y no faltan quienes confunden la expulsión con una anécdota, como si botar fuera un error semántico y no un mensaje político bastante claro.
Conviene recordar que el diccionario no engaña. Las palabras avisan. Votar y botar no son errores ortográficos: son consecuencias. Y cuando la ciudadanía utiliza ambos verbos en la misma frase electoral, no lo hace por descuido lingüístico, sino por precisión cívica.
La pregunta final no es si los extremeños sabían lo que hacían. La incógnita es otra, más inquietante: los políticos, los votados y los botados, ¿han entendido algo?
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