Soliloquios
Domingo Barbolla, sociólogo de Cáceres: "¿Qué nos enseña el pueblo de Villamanín? Sí, ese en el que tocó el gordo de la lotería de Navidad"
La solución salomónica era "perder" cinco mil euros el propietario de cada papeleta premiada, o bien sentirse agraciado con setenta y cinco mil euros por cada una de las participaciones

EN IMÁGENES: Tenso silencio en Villamanín tras el premio envenenado del Gordo de Navidad y los cuatro millones que faltan

Una localidad de unos 900 habitantes en la provincia de León, ese lugar de la España vaciada, abandonada de la mano de Dios que antes se decía; a ese lugar un grupo de jóvenes que organizaban las fiestas del pueblo compraron el número 79432… y tocó. Abrazos, cava salpicando a todo el vecindario, felicidad y un sinfín de sensaciones como corresponde a la incredulidad de la suerte. Si esta es la primera parte, llega la segunda marcada por lo que nos interesa remarcar.
Los jóvenes –tal como informan los medios de comunicación– en un despiste contable reparten participaciones que exceden en 10 décimos los comprados en la administración dadora del citada premio. Error que equivale a repartir 4 millones de euros más de los que habían adquirido por lo que representan un déficit de tal cantidad. Esto implica que de cada participación de cinco euros corresponde no los ochenta mil euros, sino setenta y cinco mil. Esta era la primera propuesta con sentido, pues al final el reparto era algo más de treinta millones de euros a repartir entre todas las papeletas.
La solución salomónica era "perder" cinco mil euros el propietario de cada papeleta premiada, o bien sentirse agraciado con setenta y cinco mil euros por cada una de las participaciones. Salomón no entraba en el pensamiento de parte del vecindario, exigiendo algunos de ellos que los jóvenes organizadores de tal evento pagaran con sus décimos premiados para compensar los cuatro millones de déficit. Otros, incluso, pretenden que los jóvenes inexpertos en esto de sumar, paguen los otros dos millones que faltan una vez aportados sus premios de la lotería, de lo contrario amenazan con llevarlos a los tribunales por fraude o delito similar, es decir, que paguen con su patrimonio personal tal desaguisado.

Una papeleta de Villamanín premiada con el Gordo de Navidad. / J.Casares
En esta última tesitura, los jóvenes organizadores de las fiestas y agraciando al pueblo con más de treinta y cinco millones de euros, deben arruinarse de por vida en vista de un error "comprensible" y sin intención lucrativa alguna. Ante todo ello nos podemos preguntar quiénes son los que, habiéndose beneficiado de la acción de estos jóvenes que compraron los décimos premiados, quieren además arruinarlos.
¿Qué nivel de justicia tienen en sus conciencias para reivindicar tal tropelía? ¿En qué momento de la historia estamos para pensar de esa forma tan alejada de la justicia humana, incluso del propio sentido común? ¿Puede una sociedad funcionar de esta manera y seguir mirándonos al espejo? Sí, en nuestra exultante individualidad, esto aparece sin más en la conciencia de los hombres, olvidando que vivir en sociedad requiere de algo más que el yo, y yo, y yo en su eterna exaltación. Villamanín –mejor dicho, algunos de Villamanín– nos enseñan del insulto que la individualidad extrema se manifiesta en nuestra España necesitada de humanidad solidaria, por lo menos, con una mínima mirada solidaria al rostro del otro que es desde donde nace la justicia de verdad.
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