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Grosso Modo

Juan Ramón Corvillo, abogado de Cáceres: "Oriente ya no orienta"

Entre el Oriente que llega caminando cada enero y el que se anuncia desde un PowerPoint, Cáceres sigue entendiendo mejor las tradiciones que no necesitan pedestal

'Oriente ya no orienta'.

'Oriente ya no orienta'. / CEDIDA

Juan Ramón Corvillo

Juan Ramón Corvillo

Cáceres

En Cáceres, Oriente siempre tuvo un trabajo razonable. Una vez al año, en enero, entraba por la Plaza Mayor, doblaba por donde le dejaban, repartía caramelos con puntería variable y se marchaba dejando a los niños encantados. Oriente, el de los Reyes Magos, se orientaba con señales antiguas: una calle con gente, el Arco de la Estrella haciendo de embudo…

Luego apareció el nuevo Oriente, el de los planos y las promesas. Se nos habló de un Buda descomunal, como si la espiritualidad necesitara aparcamiento dominguero. Un Oriente inmóvil, muy adecuado para esa clase de proyecto que empieza con fanfarria y termina en chascarrillo.

Y en esas, cuando el Oriente verdadero se prepara para venir de nuevo —porque enero siempre acaba por llegar— alguien trae el bisturí al calendario escolar con borradores que convierten el 6 de enero en una jornada cualquiera: que si el Día de Reyes, que si hay que «ajustar» la tradición para que encaje en el manual de urbanidad del mes. Hay un tipo de personaje público que evita tocar lo que falla. En cambio, mete mano en lo poco que aún funciona.

'Oriente ya no orienta'.

'Oriente ya no orienta'. / CEDIDA

El mecanismo moral tiene su gracia. La hipocresía política es un animal delicado: vive de proclamarse virtuoso mientras hace lo contrario con gesto de estampita. Se hincha de principios para justificar el capricho, la pose y el cálculo.

Cáceres no necesita que le expliquen Oriente. Oriente ya viene. Viene con sus Reyes, con su azúcar en el roscón y con ese momento en que el niño cree que el mundo es bueno porque le escucha y le premia. Ese Oriente orienta a la ciudad: la devuelve a una escala humana, a la escala de la carta y del zapato en la ventana.

El otro Oriente, el de los discursos, sirve para inaugurar intenciones y exige realidad. Y la realidad, ya se sabe, es una señora áspera que no se deja impresionar por el diseño.

Al final, la cuestión no estriba en Oriente. Estriba en quién pretende orientarnos a todos. Cáceres, por fortuna, sigue siendo una ciudad donde las cosas importantes ocurren a ras de suelo. Oriente, el de los Reyes, entra por la calle. Oriente, el de los pedestales, entra por un PowerPoint. Y la ciudad, cuando tiene que elegir, suele elegir lo que llega. Porque el milagro requiere costumbre. Y también un poco de verdad, que es lo único que la hipocresía no soporta.

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