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El Cáceres de la nostalgia

Así era la Navidad en Cáceres: el pan de la Romualda y la huella de Manolo Galán, el panadero

Antes de la llegada de los supermercados, la Navidad en Cáceres se vivía en los hornos de barrio, como el de la Romualda, donde el pan y la pringue eran protagonistas

Aqui estaba La Romualda, que fue el Teatro Principal, el primero que tuvo Cáceres.

Aqui estaba La Romualda, que fue el Teatro Principal, el primero que tuvo Cáceres. / El Periódico Extremadura

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Hubo un tiempo en el que la Navidad en Cáceres no se medía por luces ni por anuncios, sino por olores. El del pan recién hecho, el de la pringue caliente, el de las magdalenas esperando turno en un horno que era casi una extensión de cada casa. En esas fechas, en muchas mesas no faltó el pan de la Romualda, salido de aquel horno mítico de la plaza de las Canterías que aún hoy sobrevive en la memoria colectiva como un refugio cálido frente al invierno y el paso del tiempo. Ni tampoco el de Manolo Galán, hijo de la Ribera del Marco.

La Ribera fue durante décadas la despensa de Cáceres. Acelgas, peras, repollos, tomates, coliflores y calabacines llegaban cada amanecer al Foro de los Balbos. Entre 40 y 50 hortelanos descargaban la mercancía al alba; luego llegaban las mujeres y los hijos para venderla en los puestos. Allí estaban los Galán, los Acedo, los Rebollo, los Dicanes, los Poleo, los Pelayo, los Brillo o Antonio Borrella, llegado del Casar para comprar una huerta y echar raíces.

La ciudad se alimentó de esos nombres y de esas manos. Como María Rojo y Alonso Sánchez, con huerta y lavadero, donde las sábanas se tendían al sol de las mañanas duras de verano. María fue tía de Alonso Rojo, trabajador desde niño en El Periódico Extremadura, hijo y sobrino de panaderos. Todo estaba conectado: la tierra, el pan, la palabra escrita.

La universidad de la calle

Manolo Galán comenzó a trabajar en la panadería de la calle Hornillo, la que llevaba Rosa Montes Pintado. En los años 60 se marchó a la Unión Panadera Cacereña, en la calle Margallo, nacida de la fusión de seis panaderías históricas de la ciudad. Con el tiempo, casi todas acabarían unidas: Zapatería, Fuente Rocha, Profesor Hernández Pacheco, La Madrileña, Peña Aguda, San Francisco, Aldea Moret, la plaza de las Canterías, Margallo… un mapa sentimental trazado a base de harina.

También fundó Alonso y Galán Panaderos SL, de la que aún resisten carteles que se niegan a desaparecer, como si supieran que borrar esos nombres sería amputar una parte de la ciudad. Manolo dio los buenos días a Cáceres durante décadas repartiendo la ofrenda más preciada del amanecer. Y aprendió, mejor que nadie, que no hubo universidad que curtiéra más que la calle.

Navidad de horno y memoria

En Navidad, la pringue se convertía en chicharrones, empanadas de Pascua y mantecados. La leche de vaca se transformaba en magdalenas que se llevaban en grandes barreños al horno de la Romualda. Aquel edificio de Las Canterías, que fue Teatro Principal en el siglo XIX, acogió durante décadas una liturgia doméstica que hoy parece irrepetible.

Romualda fue una mujer bajita y amable. Además del horno, tuvo ultramarinos. En los años 40 vendían una peseta de café y hacían churros cada mañana. Luego el negocio lo llevaron su nieto Andrés y Martina. La víspera de San Blas pasaban la noche entera haciendo roscas, por miles, para una ciudad que aún celebraba compartiendo.

Ángel García Felipe en una imagen captada en 2020.

Ángel García Felipe en una imagen captada en 2020. / El Periódico Extremadura

Otro de los míticos

Ángel García Felipe (Trujillo, 1920) fue vecino de Las 300 y conocido en el barrio por haber sido encargado de repartir el pan de la Romualda, un horno mítico en el imaginario de los cacereños. Ángel fue joven en el Cáceres de los 20, se casó con Andrea Calero y aparte de ser panadero, también ejerció de guarda de seguridad mientras las casas bajas encaladas de Las 300, en las que vive desde hace más de cincuenta años, se construían.

Más arriba, en Caleros, en Fuente Rocha, en la Ribera, cada horno fue un punto de encuentro. El pan se guardaba en tinajas y duraba tierno días enteros. El pescado llegaba en cajas de madera, las sardinas saladas parecían una noria de ojos blancos. Y para los cumpleaños, la madre enfilaba hacia Lyria, en Donoso Cortés, donde Pastor horneaba bambas, trabucos, raspaduras y polos de mantecado con un encanto que no cabía en los escaparates.

Hoy la Navidad es otra cosa, pero en Cáceres aún hay quien recuerda cuando no faltaba en la mesa el pan de la Romualda. Y mientras alguien lo recuerde, mientras Manolo Galán siga poniendo palabras a la harina, ese Cáceres seguirá vivo, intacto, recién salido del horno.

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