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Una historia de Cáceres a través de sus objetos

El Sagrado Corazón de Jesús: 100 años dominando Cáceres desde la Montaña

Un siglo después de su inauguración en 1926, el monumento resume una etapa clave de la historia religiosa, social y política de la ciudad

Estatua del Sagrado Corazón de Jesús.

Estatua del Sagrado Corazón de Jesús. / Cofradía de la Virgen de la Montaña

Jorge Rodríguez Velasco

Jorge Rodríguez Velasco

Cáceres

Este año se cumple el centenario del monumento al Sagrado Corazón de Jesús que, desde lo alto de la Montaña, domina el perfil de Cáceres. Cien años desde que aquella escultura, hoy plenamente integrada en el paisaje urbano y sentimental de la ciudad, fue inaugurada en un contexto muy concreto, cargado de significado religioso, social y político. Volver la vista a aquel noviembre de 1926 permite comprender no solo el origen del monumento, sino también una etapa clave de la historia contemporánea local.

Devoción internacional

La devoción internacional al Sagrado Corazón se había ido consolidando desde finales del siglo XIX y alcanzó su máxima difusión en las primeras décadas del XX. En un tiempo marcado por los conflictos sociales, el avance del secularismo y el progresivo cuestionamiento del papel público de la Iglesia, esta devoción fue impulsada como una respuesta espiritual, simbólica y también social. No se trataba únicamente de una práctica piadosa de carácter individual, sino de una estrategia pastoral orientada a reafirmar el papel de la Iglesia y del cristianismo en la vida pública de una sociedad en profunda transformación.

Un hito decisivo en ese proceso fue la encíclica Annum Sacrum (1899), mediante la cual León XIII consagró al género humano al Sagrado Corazón de Jesús. A partir de entonces se desencadenó una auténtica oleada de consagraciones territoriales. En España, el gesto alcanzó su máxima expresión con la consagración nacional realizada por Alfonso XIII en el Cerro de los Ángeles en 1919, convertido desde entonces en referente simbólico del catolicismo nacional. En Cáceres, aquella corriente encontró pronto eco, con la voluntad de erigir en la Sierra de la Mosca un monumento visible, duradero y cargado de significado, llamado a convertirse en un ‘Cerro de los Ángeles’ particular.

Vinculación

Vinculada a la devoción al Sagrado Corazón, la institución en 1925 de la fiesta de Cristo Rey por el papa Pío XI supuso otro momento clave de este movimiento. Su objetivo primordial era subrayar la soberanía de Jesucristo en un tiempo en que muchas naciones avanzaban hacia una concepción del poder desligada de la moral cristiana. Con esta festividad se afirmaba que las creencias católicas no debían limitarse al ámbito íntimo de la fe, sino proyectarse también sobre la vida pública. En una sociedad que comenzaba a asomarse al laicismo y a la secularización, la Iglesia defendió la idea del llamado Reinado Social de Cristo: la convicción de que el Hijo de Dios debía ser reconocido como rey no solo de las conciencias, sino también del orden social y legal. Desde esta perspectiva, la entronización del Sagrado Corazón en edificios públicos o la erección de grandes monumentos adquirían un profundo significado simbólico. No eran simples gestos devocionales, sino proclamaciones visibles de una fe que aspiraba a seguir ocupando un lugar central en la vida colectiva.

En la diócesis de Coria esta corriente fue impulsada con especial intensidad por el obispo Pedro Segura Sáez. La erección del monumento vino a culminar simbólicamente su episcopado en la diócesis cauriense, cuando ya había sido nombrado arzobispo de Burgos. Bajo su impulso se promovieron algunas de las iniciativas religiosas más relevantes de aquellos años, entre ellas la coronación canónica de la Virgen de la Montaña en 1924. La consagración de la provincia y la inauguración del monumento al Sagrado Corazón pueden entenderse, así, como el cierre solemne de una etapa especialmente intensa y significativa en la vida religiosa de Cáceres.

Un sábado

El sábado 13 de noviembre de 1926, Cáceres vivió una jornada de extraordinaria expectación. Todo anunciaba la inminente llegada del Nuncio de Su Santidad, monseñor Federico Tedeschini, encargado de presidir los actos de consagración de la provincia y de inauguración del monumento. Desde primeras horas, la ciudad ofrecía un aspecto inusual: calles engalanadas, balcones cubiertos con colgaduras, arcos triunfales levantados por el Ayuntamiento, la Diputación y las asociaciones religiosas, y una multitud expectante que desbordaba las vías habituales.

Procedente de Navalmoral de la Mata, el Nuncio fue recibido en Sierra de Fuentes por las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, así como por numerosos vecinos que le tributaron una calurosa y emotiva acogida. Desde allí partió hacia Cáceres acompañado de una larga caravana de automóviles. A su entrada en la avenida de Luis de Armiñán —hoy Paseo de Cánovas—, al son de la Marcha Real y entre vivas entusiastas, la emoción alcanzó su punto culminante. El recorrido hasta el Palacio Episcopal, bajo arcos triunfales y entre una muchedumbre compacta, se convirtió en un auténtico desfile triunfal.

Santa María

Ya en la iglesia de Santa María, el Nuncio presidió una solemne eucaristía, abarrotada de fieles, y posteriormente una recepción oficial en el salón del Trono del Palacio Episcopal, por el que desfilaron autoridades, corporaciones y el pueblo entero.

El domingo 14 se abrió con una misa pontifical que reunió a varios prelados y autoridades provinciales. Tras ella tuvo lugar uno de los momentos más significativos de las celebraciones: la bendición pública de la imagen que sería entronizada en el edificio de la Diputación. En la plaza de Santa María, el obispo Segura, dirigiéndose al pueblo, pronunció estas palabras que recoge literalmente el diario Extremadura: «Pueblo de Cáceres: alcaldes de la provincia de Cáceres: ¿Queréis por Rey a Cristo?». «Un sí, salido de todos los corazones, se escuchó en la plazuela, estallando a continuación una estruendosa ovación». Tras ello, la imagen fue llevada en procesión hasta la Diputación, donde quedó solemnemente entronizada y se leyó el acto de consagración de la provincia.

Actitud

Por la tarde, ante una multitud inmensa, el Nuncio bendijo el monumento al Sagrado Corazón en la Montaña. Desde aquel promontorio, elegido no al azar, sino por su dominio visual sobre la ciudad, la imagen quedaba simbólicamente proyectada sobre Cáceres y su territorio, en un gesto que pretendía expresar la consagración de la diócesis y de la provincia entera. La Montaña se convertía así en un gran altar desde el que Cristo era proclamado Rey y la Virgen de la Montaña reafirmada como Reina y protectora de la ciudad.

La escultura fue concebida por el insigne artista Félix Granda Buylla, una de las grandes figuras del arte sacro español del primer tercio del siglo XX, responsable también de la ‘corona buena’ de la Virgen de la Montaña. Se trata de una talla sobria y monumental, realizada en granito, pensada para resistir el paso del tiempo y que mide más de cinco metros y medio. Por la peculiar disposición de sus brazos, no han faltado lecturas populares que, con un toque de humor, han bautizado a la colosal estatua como «el banderillero de la Montaña».

Velada literaria

La jornada se cerró con una velada literaria y musical en el Palacio Episcopal, culminada por el memorable discurso de Diego María Crehuet y por las palabras de despedida del Nuncio, profundamente emocionado. Tedeschini alabó a Cáceres y subrayó con orgullo que esta provincia había sido la primera de España en consagrarse al Sagrado Corazón. Dejó constancia de ello con estas palabras, que sirven para cerrar este recuerdo centenario, en un año que, a buen seguro, merecerá la celebración de algún acto conmemorativo de la efeméride:

«Al entrar en Cáceres he mirado a vuestras piedras milenarias recordando en ellas a la Roma cristiana. Yo prometo besarlas antes de salir de vuestra ciudad.

Mis queridos cacereños: yo llegaré hasta el Santo Padre, henchido de la emoción que en estos momentos embarga mi alma, y le diré: he visto una provincia que tiene un elevado concepto del Papado; por Rey aclama a Cristo; por trono de este Rey tiene a la Iglesia; por Código al Evangelio y por nación la Hispana.

Esta provincia, que es la primera de nuestra inolvidable España en amar al Sagrado Corazón de Jesús, se llama Cáceres».

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