Memoria urbana
Cuando Llopis Ivorra lo tenía todo: del barrio vivo al declive comercial tras el cierre de La Maruchi
La desaparición del histórico supermercado ha puesto el foco en una barriada que durante décadas concentró comercios, oficios y familias que marcaron la vida cotidiana de Cáceres

Carlos Gil

El barrio de Llopis Ivorra ha empezado 2026 con una ausencia que pesa más que ninguna otra. El cierre definitivo del supermercado La Maruchi, fundado en 1954, ha sido el último golpe visible a una barriada que durante décadas fue uno de los espacios más vivos, autosuficientes y humanos de Cáceres.
No se ha tratado solo de la desaparición de un negocio emblemático, sino del síntoma más claro de un proceso largo: el paso de barrio lleno de comercio, oficios y gente joven a un entorno envejecido, con locales cerrados y sin relevo generacional.
Durante los años cincuenta, sesenta y setenta, Llopis Ivorra fue un barrio donde apenas hacía falta salir para nada. En sus calles convivían negocios que hoy forman parte de la memoria colectiva: Maruchi, la ferretería Cancho, los Palacios, la salchichería del barrio, el bar Las Vegas, la pastelería de Pérez, Pepe Rojo...
Se compraba fiado, se conocía a los dueños por su nombre y el comercio era también punto de encuentro. Los niños entraban a por recados, los vecinos se detenían a charlar y los comerciantes sabían quién podía pagar más tarde y quién necesitaba una ayuda.
El barrio estaba hecho de personas concretas. Vivían allí Emilia Galán, Luisa Galapero, Felipe García Monge, Catalina Femia, el señor Eliseo, Manuel Novillo Bravo, empleado del Banco Hispanoamericano, o el señor Borrega. Familias enteras crecieron en pisos modestos pero llenos de vida.
En la calle Ecuador residieron los Solís o los Labrador, que se trasladaron a unos pisos promovidos por el obispo Llopis Ivorra. Allí creció Mari Carmen, que tuvo una infancia marcada por la amistad con Mari Luz Nieto, Pepi, Sofi y otras niñas del barrio, en una época en la que las calles eran una extensión de la casa.
Llopis fue también un barrio de trabajo. Mari Carmen Labrador encontró su vocación en la costura siendo apenas una niña. Aprendió el oficio en talleres de la carretera de Llopis y en la calle Peñas, en el palacete de Isabelita, junto a Pepi, Julia, Dioni, Mari Ollero y Feli.
Desde su casa, convertida en taller, llegó a vestir a generaciones enteras: trajes de novia, comuniones y vestidos confeccionados con telas compradas en Retales Amado, Retales Manolo, El Requeté, Gozalo o Mendieta. Siempre con facilidades de pago, porque los tiempos eran duros y las familias numerosas.

María del Carmen Ibáñez, clienta habitual de La Maruchi. / Carlos Gil
También estaba la Librería Cabrera, en los portales de la plaza Mayor, donde Mari Carmen trabajó siendo casi una adolescente, atendiendo a niños que iban camino de las Damas Apostólicas a comprar lápices, gomas o revistas traídas por los chicos de los recados desde la estación de autobuses.
En Llopis Ivorra, los negocios eran casi extensiones de la familia. En la ferretería Cancho, abierta en 1968 por Lucio Cancho en la calle Colombia, trabajaban el matrimonio y sus hijos. Se vendía desde menaje hasta bombonas de butano y palos de la luz. A los seis meses, el local incorporó una estafeta de Correos, convertida en un hervidero de paquetes y giros.
Lucio llamaba a Paco o a Antonio para que dejaran los bolindres y echaran una mano. Así se levantaron muchos negocios: con esfuerzo diario, trabajo familiar y sentido de pertenencia.
La huella de Llopis Ivorra
Todo este entramado social y comercial estuvo estrechamente ligado a la figura de Manuel Llopis Ivorra, el obispo que llegó a Cáceres en 1950 y promovió barrios, viviendas y equipamientos que marcaron una época. Impulsó la Asociación Benéfica Constructora Virgen de Guadalupe, el Carneril, el Seminario, la Casa de Ejercicios de la Montaña y proyectos que dieron trabajo y oportunidades.
Fue un personaje influyente, cercano a las élites y a las clases populares, capaz de atraer recursos y de transformar la ciudad en tiempos difíciles. Su nombre quedó unido para siempre al barrio que ayudó a levantar.

Clientes en el supermercado Maruchi de Cáceres. / EL PERIÓDICO
Con los años, el modelo comenzó a fallar. El cierre paulatino de comercios, la llegada de grandes superficies, la burocracia y la falta de jóvenes dispuestos a continuar los negocios fueron vaciando las calles. Muchos locales bajaron la persiana sin titulares ni despedidas.
La Maruchi resistió hasta el final. Su cierre ha dejado al barrio prácticamente sin comercio alimentario (aunque mantienen la tienda de La Roche Sur Yon en El Espiri) y ha afectado de lleno a una población mayor, como Francisca Alonso, de 92 años, o tantos vecinos sin coche que ahora deben desplazarse lejos para hacer la compra.
El adiós a La Maruchi ha condensado en una sola persiana bajada la historia reciente de Llopis Ivorra. Un barrio que lo tuvo todo, que fue autosuficiente, solidario y lleno de vida, y que hoy necesita atención, políticas de revitalización y nuevas oportunidades para no quedar reducido solo al recuerdo.
Con el cierre del supermercado más antiguo de Cáceres, Llopis Ivorra no solo ha perdido un negocio: ha visto desaparecer otro trozo de su memoria compartida.
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