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Romería urbana

De la Plaza de Toros al Paseo de las ejecuciones de Cáceres: la historia (y el regreso) de la ermita de los Santos Mártires

La antigua ermita caminera, documentada desde el siglo XV, fue derribada en 1852 y reconstruida en el siglo XIX en la parte alta del primer parque público de Cáceres, donde hoy la romería vuelve a reunir a vecinos y cofradías en enero

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Cáceres tuvo durante siglos una geografía espiritual hecha de pequeñas ermitas que marcaban los caminos de entrada y salida de la ciudad. Algunas han llegado hasta hoy y otras sobreviven apenas como un nombre en un barrio, una calle o un resto de piedra. En esa red de “ermitas camineras”, situadas en los accesos a las villas y al casco urbano, se inscribía también la de los Santos Mártires, una construcción histórica cuyo primer rastro documental se remonta al siglo XV.

Según el cronista cacereño Fernando Jiménez Berrocal, la ermita originaria estuvo ubicada “justo delante de lo que actualmente es la Plaza de Toros”. Aquel enclave tenía sentido en un Cáceres de caminos, huertas y charcas, cuando el entorno no se parecía en nada a la imagen actual. El giro llegó con la modernidad del siglo XIX: la ciudad levantó su coso taurino, inaugurado en 1846, y la presencia de la ermita comenzó a verse como un obstáculo para el “lucimiento” del nuevo edificio, símbolo de progreso urbano en la época.

En el verano de 1852 se tomó la decisión: derruirla. No fue un trámite sencillo. La cofradía propietaria y el ayuntamiento mantuvieron un litigio que terminó con una indemnización de 41.000 reales y la concesión de un solar para levantar una nueva ermita. La solución no solo resolvía un conflicto; también dibujaba un nuevo mapa de la ciudad.

La ubicación elegida para la nueva ermita fue la parte alta del Paseo del Rollo, un lugar que por entonces empezaba a convertirse en el primer parque público de Cáceres. Era 1852, la misma etapa en la que se ejecutaba ese paseo que aspiraba a aportar “lustre urbano” a una ciudad ya capital de provincia y con voluntad de ofrecer espacios de ocio a una población que empezaba a vivir la calle de otra manera.

El Paseo del Rollo no era un sitio cualquiera. Tradicionalmente, en su parte más alta se encontraba el rollo o picota, un símbolo de jurisdicción que, como recuerda el cronista, llegó a ser escenario de ejecuciones. Con el tiempo, el lugar se transformó: donde hubo castigo y límite, se proyectó paseo y esparcimiento. Y allí, en ese punto elevado que hoy muchos identifican como “la bandeja”, se levantó la nueva ermita de los Santos Mártires, edificada ya en pleno siglo XIX.

Las fechas exactas de la inauguración quedan envueltas en el propio recuerdo del narrador —“en torno a 1865”, apunta—, con referencias a obras iniciadas en la década de 1860 y un posible acto de apertura “el 20 de mayo del 65”. Lo esencial, en cualquier caso, es el cambio: la devoción se desplazó desde el entorno de la Plaza de Toros a un espacio que representaba otra Cáceres, más urbana y más moderna.

Enero, pestiños y memoria

La historia no termina en la obra. La romería vinculada a la ermita, dedicada a San Fabián y San Sebastián, se celebra en enero, coincidiendo con las festividades del calendario religioso y en estrecha conexión con la romería urbana de San Blas. No es solo una cercanía de fechas. La dependencia parroquial también las enlaza: la ermita de los Santos Mártires depende de la parroquia de San Blas, como ocurre con otras ermitas de la ciudad.

El cronista sitúa el “regreso” de la romería —al menos tal como se vive hoy— hacia 1980. Desde entonces, y especialmente en los últimos años, ha ido ganando afluencia. El programa popular se repite con una naturalidad que parece antigua: productos típicos como pestiños, cogillos o roscas; cofradías que montan pinchitos; la música que acompaña el paseo y actuaciones de folclore si el tiempo lo permite.

El propio testimonio introduce un detalle doméstico que termina siendo periodístico: “Voy todos los años porque mi mujer toca en la banda municipal. Recuerdo el tiempo en que Pilar tenía abierto el chiringuito y allí pasábamos una muy agradable mañana de domingo, siempre que no lloviera". Esa frase explica, sin necesidad de teoría, por qué estas celebraciones sobreviven. No solo por la devoción; también por la costumbre, por el vínculo familiar, por el encuentro de barrio, por la excusa de caminar un domingo por la mañana.

Una celebración “casi inmemorial”

Cuando se pregunta por el origen, la respuesta remite a una idea que se repite en muchas tradiciones locales: la antigüedad difícil de fechar. El cronista habla de celebraciones “casi inmemoriales”, nacidas de la costumbre de conmemorar el día del santo y reunir a los vecinos, como ocurre en otras ermitas cacereñas (Santa Lucía, San Blas). En el fondo, esa continuidad es la que convierte el recorrido histórico en algo más que una anécdota arquitectónica: lo que se trasladó en 1852 no fue solo un edificio; fue un punto de encuentro.

Hoy, la romería de los Santos Mártires se vive en un escenario distinto al que la vio nacer: no a los pies del coso taurino, sino en un paseo que fue parque, que fue símbolo de una ciudad que se abría al ocio, y que conserva en su altura una ermita decimonónica levantada con el dinero de una indemnización y la obstinación de una cofradía. Un cambio de lugar que, al final, no rompió la tradición: la empujó a seguir caminando.

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