Educación
El recreo como reflejo de la sociedad en Cáceres: ¿Dónde quedó el bocata de pan con chocolate?
En algunos centros educativos se intenta recuperar juegos tradicionales como las peonzas, pero la falta de imaginación marca los recreos actuales. «Los niños de ahora recurren al 'me aburro' con mucha facilidad», asegura el docente Emilio Arroyo

El pan con chocolate se presenta como una merienda típica de veteranas generaciones. / E.P
No es ningún misterio que los tiempos cambian. Aquellos que tienen ya una edad pueden dar fe de ello. Y es que son muchos los aspectos cotidianos que si se comparan con cómo eran hace unos años es evidente que han cambiado radicalmente, unos para bien y otros para mal.
Los colegios no se libran de ese cambio. Algunos docentes ya han comentado cómo los padres ahora son más sobreprotectores u otros cambios que ha habido en la docencia. Pero hay un tema del que no muchos han hablado: cómo han cambiado los recreos.
Si hay una persona que puede relatar cómo el tiempo ha impactado en los colegios, ese es Emilio Arroyo. Emilio se ha jubilado recientemente tras 37 años en la docencia para centrarse en su siguiente capítulo: ser cronista de su localidad, Zarza la Mayor, y de Valdastillas. Tras casi cuatro décadas como maestro, más unos años como alumno, puede explicar bien los cambios que ha podido ver.

Carlos Gil
«Antes había muchas más iniciativas por parte de los niños», comienza. «Nosotros nos dedicábamos a revitalizar un juego tradicional. La época de las canicas, la época de las peonzas, la época de las cuerdas, la época del clavo y todo eso. Ahora ocurre que estamos en la época totalmente contraria». Los niños han cambiado y lo siguen haciendo cada vez más. Estas generaciones están creciendo con la cultura de la inmediatez, la dopamina constante que ofrecen las redes sociales como Instagram o, sobre todo, Tik Tok. Y eso se nota hasta en los recreos.
«Ahora estamos en la época del aburrimiento y donde los niños se limitan a querer jugar a fútbol y a dos o tres cosas», explica. Es completamente trágico que un niño se aburra en un recreo. «Yo sobre todo lo que hecho falta en el alumnado es esa falta de iniciativa, la falta de tener ideas para pasar el tiempo. Es decir, hoy es muy recurrente el tema de decir "me aburro". Pero vamos a ver, ¿cómo te vas a aburrir? Si hay 50.000 cosas para hacer: júntate, habla con ese, comenta un libro, comenta una película, inventaos un juego, yo qué sé, cualquier cosa».
En este caso, aunque reconoce que no son la mayoría de las situaciones que ve, el aburrimiento llega cuando un niño «no encuentra su espacio». «A lo mejor a ese niño en concreto no le gusta el fútbol, porque hay muchos niños que no les gusta el fútbol. Y si los demás compañeros quieren estar jugando a fútbol, pues ese niño posiblemente se aburra. Entonces tiene que buscar o se le tiene que ofrecer otras alternativas, lógicamente. Pero también tiene que tener la iniciativa», señala.
Las niñas también juegan al fútbol
Otro de los cambios que se puede nombrar, en este caso positivo, es la inclusión. «Las niñas en la actualidad hacen lo mismo que hacen los niños, sin ningún problema. Hay niñas que les encanta jugar a fútbol», comenta. Ese es el valor del papel que realizan jugadoras de fútbol como Aitana Bonmatí o Alexia Putellas, cambiando en parte las generaciones venideras.

Las jugadores corren tras el balón durante el Valencia-Cacereño Femenino de este domingo. / Valencia CF
«Ya el deporte es totalmente inclusivo. Los profesores de Educación Física no dicen "los niños a un lado para jugar a fútbol y las niñas a otro para jugar a voleibol"». Y también se puede llegar a ver, incluso, el caso contrario. «Te puedes encontrar a lo mejor, si se estuviera jugando a la comba, perfectamente, niños saltando la comba y niñas saltando la comba».
El retorno de los juegos tradicionales
Los juegos tradicionales, que recordarán las personas veteranas, como las peonzas, los cromos o las canicas, ya no se ven en los colegios, pero en algunos centros se está intentando recuperar. «Esta mañana mismo he estado escuchando un programa que se ha llevado a cabo en el colegio de mi pueblo, casualmente en Zarza la Mayor, donde han estado dedicados durante unos 15 o 20 días a poner en valor estos juguetes tradicionales: las combas, las peonzas, el yo-yo y todas esas cosas que se utilizaban y que luego nosotros nos imaginábamos. Porque la imaginación que teníamos era notable», cuenta.
«Hoy estamos un poco alejados de lo que es la imaginación y las propuestas alternativas para disfrutar los tiempos». Esto tiene importancia o, más bien, el recreo tiene más importancia de la que parece. «El recreo también es un momento educativo, también se aprende, es convivencia y saber estar».
Cierto es que las modas van y vienen. Hay una generación de jóvenes, aquellos de los principios de los 2000, que sí han vivido un pequeño boom de las peonzas en el colegio. Sin embargo, parece, actualmente no existe. «Yo en el colegio no veo niños que jueguen con las peonzas ni veo niños que vayan con las canicas y los bolindres. Puede haber alguno que los lleve, pero no es una cosa habitual como ocurría antes», comenta.
La figura del mediador
Otra novedad que destaca Emilio es la figura del alumno mediador. «Estamos en una época en la que surgen muchos conflictos derivados de la sociedad», destaca. Un momento de conflictos del cual las escuelas no escapan. Y, aunque los recreos siguen estando vigilados por profesores, en algunos centros sí se ha creado los alumnos mediadores.
«Los mediadores son alumnos que se brindan ellos por propia iniciativa a estar en los patios o mediar en esos pequeños conflictos que pueden surgir entre iguales, entre compañeros y amigos. Dan la razón a quien ellos creen que la tienen en función de lo que observan y ven, pero eso no va a misa, por encima está la autoridad, lógicamente, del profesor», explica. «Todas estas cosas son fruto de lo que ocurre en la sociedad».
El segundo recreo
En el caso de Emilio, no solo puede comparar los recreos de forma temporal, sino también geográfica. El profesor, aunque sus últimos 8 años los ha pasado en Pedagogía Terapéutica del colegio cacereño de Isabel de Moctezuma, sus otros 29 años de docencia los ha pasado de pueblo en pueblo: Moraleja, Jaraíz de la Vera, Carbajo, Logrosán, Navalmoral de la Mata, Cañaveral, Ceclavín y Alcuéscar.
Es decir, sabe decir cómo es (o era) un recreo en el campo y cómo es en la ciudad. Los niños rurales tienen el afán de su «segundo recreo». «Para ellos, el segundo recreo más largo era cuando ya se marchaban a casa y sabían que luego volvían a tener otro recreo. ¿Dónde tenían el recreo? En su calle, o en el campo de su pueblo», añade.
«Era lo típico, yo lo hice de niño. Salir de la escuela, coger el balón, coger la merienda, un trozo de pan con un trozo de chocolate o con un poco de nocilla, que es lo que nos daban en aquellas épocas, y con el balón bajo el brazo, al campo, a una finca comunal, y allí a jugar a fútbol o a caminar por los huertos o a subir paredes a lo que surgía. Cosas típicas de niño». Un relato con el que seguro que más de un lector se siente identificado.
En la ciudad el panorama cambia, ya no porque los niños no quieran, sino porque, en ocasiones, simplemente no pueden. Sí es cierto que el concepto de 'ir al parque después del cole' sí se mantiene, pero hay algunos casos de niños que «no tienen la posibilidad de juntarse con sus iguales». Sin embargo, aclara: «que una cosa no está mejor que otra, simplemente son distintas».
Sí, los tiempos cambian, y eso que no se ha mencionado las nuevas tecnologías que se encuentran presentes en los recreos de aquellos que son más mayores. Los colegios siempre prohíben la entrada de este tipo de dispositivos, pero eso no quiere decir que no se sigan llevando. Así son los tiempos que corren, aunque eso da para otra conversación muy larga.
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