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Memoria urbana

Los altos del antiguo Café Toledo de la plaza Mayor ahora serán apartamentos turísticos

El edificio que fue símbolo de la vida social y comercial de la plaza Mayor encara ahora un nuevo uso, culminando un largo proceso de desaparición de los cafés históricos del centro de Cáceres

Inmueble que la empresa Plano está rehabilitando para construir apartamentos turísticos.

Inmueble que la empresa Plano está rehabilitando para construir apartamentos turísticos. / E. P.

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Parte de Cáceres sigue recordando, aunque de manera cada vez menos nítida (malas jugadas del paso del tiempo) lo que fue el Café Toledo, del que ahora ha vuelto a hablarse entre los nostálgicos después de conocerse que los altos de ese edificio serán destinados a tres nuevos apartamentos turísticos. El Toledo fue uno de los establecimientos más emblemáticos de la plaza Mayor y ahora acogerá a nuevos visitantes, muchos años después de que el café bajara definitivamente la persiana y desapareciera de la vida cotidiana de la ciudad.

Fue durante décadas un punto de referencia cuando la plaza Mayor y su entorno concentraban comercio, hostelería y vida social. Vinculado a la figura de don Amadeo Rodríguez, propietario del negocio, el local ocupó un espacio estratégico en un edificio que también acogió otros negocios a lo largo del tiempo.

Rodríguez era un destacado empresario que también disponía en la avenida Virgen de la Montaña que funcionó como almacén hasta que José Saavedra se hizo con él y lo transformó en el mìtico café El Molino Rojo. En aquellos años, la avenida Virgen de la Montaña era considerada uno de los ejes del progreso urbano y comercial de la ciudad, con establecimientos que hoy forman parte de la memoria colectiva: la Pensión Gertrudis, el chalet de don Evaristo Málaga, la empresa de autobuses Magro, la librería Cerezo, la droguería de Apolinar o La Ganadería, dedicada a productos para animales.

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El Periódico Extremadura

Entretanto, el Café Toledo formó parte de una plaza Mayor floreciente, donde se concentraban ultramarinos, panaderías, churrerías y cafés. En sus soportales y calles adyacentes convivían negocios como los de Paco Durán, los Casares, el ultramarinos de Carlos Cordero junto a la farmacia de Castel, los Jabato, el de Aparicio en la calle Empedrada o los comercios de Regodón y los Siriri en las Cuatro Esquinas.

Junto al Toledo destacó también La Parada, el bar de Felipe Berjoyo situado en los Arcos, después El Miajón. Su nombre respondía a una realidad muy concreta: allí paraban los coches de línea de la provincia, las populares “rubias”, vehículos de madera que conectaban Cáceres con pueblos como La Cumbre o Sierra de Fuentes. Llegaban cargadas de paquetes que se almacenaban durante horas en la bodega del bar, mientras los viajeros aprovechaban para hacer compras o tomar algo en la capital. En ese mismo inmuble del Toledo estuvo la Autoescuela Gran Vía, o el negocio de Vicente, que vendía plumas estilográficas. Luego instalaron allí una sucursal de la Caja de Ahorros de Extremadura y en la actualidad es el restaurante La Tía Tula.

Comercios, tertulias y apellidos históricos

La vida económica del entorno se sostenía también en negocios con apellido propio. Entre ellos, la sombrerería de los Terio, fundada por Eleuterio Sánchez-Terio, empresario destacado de la ciudad, con suelos de madera, mostradores de cristal y una trastienda donde se celebraban tertulias habituales de intelectuales locales.

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El Periódico Extremadura

Igualmente relevante fue el comercio de los Jabato, especializado en coloniales y ferretería, donde era habitual comprar café a granel, aceite servido al momento o legumbres almacenadas en grandes cajones. Un establecimiento tan amplio que, durante el bombardeo del 23 de julio de 1937, llegó a servir de refugio improvisado para numerosos cacereños.

Décadas después del cierre del Café Toledo y tras un largo periodo de usos cambiantes y etapas de inactividad, el edificio afronta ahora una nueva etapa ligada al alojamiento turístico. La apertura de tres apartamentos no supone el fin de un café —que dejó de existir hace muchos años—, sino la culminación de un proceso de transformación del centro histórico, cada vez más orientado al turismo y cada vez más alejado del comercio tradicional y de los espacios de encuentro vecinal.

El Toledo, como tantos otros nombres propios de la plaza Mayor, permanece ya solo en la memoria de la ciudad.

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