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Radiografía vecinal

Así amanece Llopis Ivorra: los del bazar se jubilan y La García sigue vendiendo la libra de pan de Casar de Cáceres

El barrio cacereño de Llopis Ivorra, fundado en los años 50, se enfrenta al cierre de comercios emblemáticos como el Bazar Llopis, mientras Ferretería Cancho resiste, adaptándose a los tiempos

Radiografía matutina de Llopis Ivorra: así amanece uno de los barrios más castizos de Cáceres

El Periódico Extremadura

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

A primera hora de la mañana, Llopis Ivorra se despierta. En uno de los barrios más castizos y populares de la ciudad de Cáceres no hay prisas ni escaparates de diseño, pero sí una sucesión de negocios que reflejan, de alguna manera la historia reciente del pequeño comercio en Cáceres. Un barrio de casas bajas, que auspició Manuel Llopìs Ivorra, quien fuera el primer obispo de la diócesis de Coria-Cáceres, el prelado que propició esta designación y que en 1955 hizo las casas del Carneril, un barrio al que luego pondrían su nombre.

Desde lo años 50 el barrio de Llopis es un referente de la historia urbana de la capital. Ayer por la mañana, la churrería Barrantes amanecía cerrada, aunque en este caso no por despedida, sino por descanso del personal. No ocurre lo mismo unos metros más allá, donde el bar La Bodega ha bajado la persiana de forma definitiva. A su lado, la antigua tienda de animales Amaranta también ha cesado su actividad. En su interior se han iniciado obras y todo apunta a un destino cada vez más habitual en Cáceres: la conversión del local en vivienda. Es una imagen que se repite en distintos barrios de la ciudad y que en Llopis también empieza a dejar huella: menos comercio de proximidad y más uso residencial en bajos que durante décadas fueron punto de encuentro.

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Jorge Valiente

Uno de los escaparates que más llama la atención en este viaje matutino por el corazón de la barriada es el del Bazar Llopis. Ramos de flores a 2,75 euros y enseguida este cartel: 'Liquidación por jubilación'. Todo al 20% de descuento, excepto el papel. El bazar, que ha vendido durante años plásticos, papelería, juguetes, droguería, textil y artículos de hogar, ha entrado en su recta final. No es solo un cierre: es la despedida de un comercio que ha sido parte del paisaje cotidiano del barrio.

Pero el barrio sigue teniendo su identidad en negocios de toda la vida como la churrería Choquín, una de las más tradicionales de la zona. Igual que la librería-papelería Juanita, en activo desde 1964, un ejemplo de longevidad comercial en tiempos complejos. El supermercado La García, otro clásico del barrio, ha seguido ofreciendo congelados, embutidos de la tierra, fruta, helados, huevos y productos básicos a precios populares. La libra de pan a 0,85 euros, pan de pueblo, baguettes, dulces, bebidas frías y productos de limpieza forman parte de un modelo que aún conecta con buena parte de la clientela local.

A ello se suman la panadería Sabor a Gloria Pan y Tentaciones, con croissants, napolitanas, dulces sin azúcar, pan de pueblo con masa madre y tartas por encargo, y el pan de Los Pollos (que no puede faltar en una buena mesa y que lo traen del Casar, con más de 65 años de experiencia en horno de leña). “Lo bueno no engorda”, proclaman.

La estatua

Llopis Ivorra conserva su estatua tradicional, sus paradas de autobús y una estructura urbana de edificios y casas bajas que le da personalidad propia. Está bien comunicado y se encuentra muy próximo a la zona de la Cueva de Maltravieso, uno de los enclaves patrimoniales más singulares de la ciudad.

Frente a esa estatuta, la ferretería Cancho, emblema del barrio que ha seguido en marcha, resistiendo con la fórmula clásica: cercanía, confianza y especialización. En estos días ha ofrecido descuentos de hasta el 60% en colchones Flex, una muestra de adaptación sin perder identidad.La historia de Ferretería Cancho es, en realidad, la historia de muchas familias que levantaron Cáceres desde abajo. Todo comienza cuando Lucio Cancho Quiñones, hijo de agricultores de Brozas, acaba recalando en la ciudad junto a su familia. Los Cancho se instalan en la calle Hornos, en una casa de varias plantas y muchas alcobas, en un barrio donde los vecinos se conocían por el nombre, el oficio y hasta el turno de trabajo.

Llopis nos hizo un barrio y un cine

Fue el primer obispo de la diócesis de Coria-Cáceres, el prelado que auspició esta designación. Manuel Llopis Ivorra consiguió que en junio de 1957 la demarcación territorial religiosa católica, sufragánea de la archidiócesis de Mérida-Badajoz, tuviera su sede compartida entre la catedral de Coria y la concatedral de Cáceres porque hasta entonces, y desde su fundación por San Silvestre en el año 338 en tiempos del emperador Constantino fue diócesis de Coria.

Con la ejecución de una bula pontificia Cáceres compartiría desde entonces la titularidad de la diócesis con Coria y la iglesia arciprestal de Santa María elevaba su rango a concatedral. Llopis fue quien hizo la solicitud al Vaticano y el papa Pio XII quien firmó la bula.

El mitrado lo logró solo siete años después de que su nombre empezara a sonar en el imaginario cacereño un 4 de febrero de 1950 cuando se conoce la noticia de que el párroco de Santo Ángel, en Valencia, era el nuevo obispo. La Santa Sede y el gobierno español adoptan esta decisión porque querían enviar a Cáceres a un hombre «joven, virtuoso y bien curtido en las tareas sacerdotales de la cura de almas», eso dijeron.

Manuel Llopis Ivorra, nacido en Alcoy (Alicante), llegó una tarde de 18 de junio y lo hizo bajo arcos de triunfo y en medio de delirantes ovaciones a lo largo de un trayecto que inició en la Cruz y acabó en Santa María. Tenía entonces 48 años. Desde el primer día vino pisando fuerte y su presencia (eso es incontestable) se dejo notar.

Fundamentalmente porque Llopìs era un economista sensacional, tanto que promovió la Asociación Benéfica Constructora Virgen de Guadalupe y que en 1955 hizo las casas del Carneril, un barrio al que luego pondrían su nombre. El día de la inauguración fue un acontecimiento tan grande que hasta la Sociedad Mirat desplazó autobuses para que los cacereños se sumaran a la celebración. Pero, además, el prelado hizo el Seminario y la Casa de Ejercicios de la Montaña, obra del arquitecto municipal Ángel Pérez, el mismo que diseñó el Cine Norba, la Escuela de Maestría Industrial, la Casa de los Picos y la de La Chicuela. 

Llopis fue, de alguna manera, un revolucionario pese a los tiempos encorsetados. Quienes lo conocieron lo definen como moderno e inteligente, un hombre conservador por lo que respecta a la doctrina de la Iglesia pero socialmente progresista. Monseñor dio un giro a la ciudad hasta el punto de que impulsó el edificio Coliseum, un coloso con viviendas, párking y cine, en pleno Cánovas. En ese cine vendían riquísimos chupa chups de fresa, con azúcar picapica que rodeaba el caramelo y un envoltorio transparente en el que aparecía dibujada la cara de un conejo.

Cuando se estrenaba una peli, Iglesia y Estado sacaban unas cartulinas con su título, sus protagonistas, la sinopsis y la clasificación. Las clasificaciones de la Iglesia se hacían por colores: por ejemplo, las películas de cartulina Blanca (B) eran aptas para todos los públicos, la Azul (A) para los jóvenes, la Roja (R) estaba prohibida, la Rosa con Reparos (RR) podía verla gente de 20 años en adelante... Las clasificaciones del Estado se hacían por números: el 1 para el público infantil, el 2 para el juvenil, el 3R para mayores con reparos y el 4R era lo peor: películas altamente peligrosas y con muchísimos reparos.

Las cartulinas se colocaban en el Obispado, en la taquilla del cine y en las iglesias. El Coliseum lo llevaba don Félix, al que en Cáceres todos llamaban Fray Taquilla. Después estaban los acomodadores, el más conocido era Francisco Caso, nacido en el 36 en Caleros. Caso estudió en El Madruelo, con don Florencio. Hizo el servicio militar en el Argel 27 y estuvo en Sidi Ifni. Luego entró en el Coliseum, fue acomodador, portero, abrió el cine y en él estuvo hasta que cerró en 1996. Ahora es la sede de un gimnasio.

El mayestático Llopis iba siempre de púrpura, con sotana, gorro con borlas, fajín, cruz, mitra, báculo y un anillo muy grande en un dedo que daba a besar. Vivía en el Palacio Episcopal y de Valencia se trajo a varios asesores y a Estellés, un constructor que creó su propia empresa y que se hizo tan famoso que comprar en Cáceres una casa de Estellés era toda una garantía. El prelado se convirtió en una persona muy influyente que supo llegar a la alta sociedad cacereña y a las clases más necesitadas, logró para Cáceres Radio Popular y todos pasaban por su despacho: el alcalde, el gobernador, los militares... De modo que Llopis supo moverse para sacar el dinero con el que financiar los proyectos que ideaba: en Madrid y a través de las campañas populares que promovía.

Cuentan que una vez un chiquillo se había tragado una moneda de diez céntimos por lo que sus padres le llevaron de prisa y corriendo a la casa del Socorro, que estaba en la calle Andrada, esquina a Ríos Verdes. Tras un exhaustivo reconocimiento y vanos intentos de solucionar el atasco de la garganta, el galeno decidió la prescripción: lo envió al obispo. Llegado a su presencia, monseñor Llopis le sacó la moneda sin ningún problema.

Cáceres le nombró hijo adoptivo en 1961 y colocó un busto en la barriada que lleva su nombre. Llopis fue el prelado que vio construir La Madrila (entonces icono de la modernidad) y la apertura de la discoteca Bol's, que bendijo el Príncipe Felipe y fue testigo del destape en la Transición. En 1977, por motivos de edad, presentó su renuncia como obispo. Tenía 75 años, cuatro después murió. 

Lucio creció entre aquellas calles, pasó por las escuelas de doña Eduarda, de don Vicente Marrón y por el Paideuterion, y como tantos chavales de su generación dejó pronto la escuela para trabajar. Fue chico de los recados en Hacienda, aprendió mecanografía a cambio de jornadas interminables y comenzó a conocer el funcionamiento real de la ciudad. Después llegó la ferretería Jabato, en Pintores, la mili en Madrid y, de vuelta a Cáceres, los Sobrinos de Gabino Díez, en el corazón del emporio comercial que fue durante décadas la calle Pintores.

Ese aprendizaje paciente, entre mostradores, cajas de cartón y trato directo con el cliente, desembocó en 1968 en una decisión clave: Lucio abrió su propio negocio en Llopis Iborra, un barrio entonces en plena expansión promovido por el obispo Manuel Llopis Ivorra. La ferretería Cancho nació en la calle Colombia, en un local de apenas 54 metros cuadrados, mitad tienda y mitad trastienda, con un gran mostrador frontal, menaje a un lado, estafeta de Correos al otro y un trasiego constante de vecinos, paquetes, giros y bombonas de butano.

Los vecinos de Llopis piden más iluminación

M. S. B.

Aquella tienda fue mucho más que un comercio. Fue punto de encuentro, oficina improvisada, almacén de soluciones domésticas y escuela familiar. Lucio, su mujer María Dolores Plata y sus hijos Paco y Antonio levantaron el negocio día a día, compaginando estudios, recados y atención al público. “Defender el pan”, como se decía entonces, era una tarea colectiva.

Con el tiempo llegaron nuevas etapas, nuevas ubicaciones y nuevas generaciones. Tras la muerte de María Dolores en 1991, la empresa siguió creciendo: una tienda en la avenida de Alemania, otra en Mejostilla, hasta convertirse en una referencia ferretera en la ciudad, con una docena de trabajadores y un nombre que sigue ligado a Llopis Iborra.

Hoy, mientras muchos locales del barrio bajan la persiana o se transforman en vivienda, Ferretería Cancho sigue abierta. No solo como negocio, sino como memoria viva de un Cáceres que aprendió a levantarse entre barrios, oficios y comercios de cercanía. Y quizá por eso, cada mañana en Llopis Ivorra, este tipo de comercio tiene un valor distinto.

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