Cáceres del tiempo pasado
Alfonso XIII en Cáceres: así fue la histórica visita real de hace 98 años
La visita del monarca en noviembre de 1928, de carácter militar y social, transformó la ciudad y dejó una crónica reveladora del clima político, institucional y asistencial de la dictadura de Primo de Rivera

Alfonso XIII visitando el cuartel Infanta Isabel (1928). / Archivo Municipal (Fondo Marchena)

Durante este fin de semana, Cáceres ha vuelto a recibir a un rey. La jura de bandera que presidió Felipe VI en el Centro de Formación de Tropa nº 1 invita a recordar otras visitas reales que ha recibido nuestra ciudad. Hoy destacamos la de Alfonso XIII, bisabuelo del actual monarca, que el 17 de noviembre de 1928 convirtió Cáceres durante unas horas en escenario de una auténtica jornada regia.
No era la primera vez que Alfonso XIII visitaba Cáceres. Ya lo había hecho en abril de 1905, cuando llegó a la ciudad en tren y, entre otros actos, acudió al santuario de la Virgen de la Montaña. Tampoco sería la visita más trascendental del monarca a tierras extremeñas: ese lugar lo ocupa, sin duda, el célebre viaje a las Hurdes en 1922, motivado por las denuncias de Gregorio Marañón y Miguel de Unamuno sobre las durísimas condiciones de vida de la comarca.
La visita de 1928, sin embargo, respondió a un propósito distinto. En plenadictadura de Primo de Rivera, tuvo un marcado carácter militar y social, cuidadosamente diseñado como una demostración de la cercanía del monarca con el Ejército, con las instituciones asistenciales y con la población civil.
El rey llegó a Cáceres procedente de la finca Guadalperal, donde había estado cazando, acompañado por el general Miguel Primo de Rivera, marqués de Estella. Desde primeras horas de la mañana, la ciudad ofrecía un aspecto inusual. Las crónicas hablan de calles engalanadas, balcones cubiertos con colgaduras y mantones y una afluencia masiva de vecinos y forasteros llegados de toda la provincia.
A la una y cuarto de la tarde, el automóvil Hispano que conducía al rey se detuvo en las inmediaciones de la Plaza de Toros. Allí lo aguardaban las autoridades civiles y militares, una compañía del Regimiento de Infantería Segovia, miembros del Somatén y los niños de las escuelas públicas. Tras los honores reglamentarios y la revista a la tropa, Alfonso XIII inició su entrada en la ciudad entre vítores y aplausos. El entusiasmo popular fue tal que, según relatan los periódicos, resultó imposible que el monarca realizara parte del recorrido a pie.

Alfonso XIII visitando el cuartel Infanta Isabel (1928). / Archivo Municipal (Fondo Marchena)
La comitiva atravesó Canalejas –la actual Barrio Nuevo-, General Ezponda y la Plaza Mayor hasta llegar a Santa María, donde se celebró un solemne Te Deum. El rey entró bajo palio, acompañado del obispo Moreno Barrio y del clero de la ciudad.
Desde allí, Alfonso XIII se dirigió al cuartel Infanta Isabel, construido a principios de la década y que el monarca aún no había tenido ocasión de conocer. En el patio central pasó revista a jefes, oficiales y tropa. Después presenció ejercicios militares y visitó con detenimiento las instalaciones: la Biblioteca del Soldado, el botiquín, los dormitorios y la sala de armamento. El rey se mostró especialmente interesado por los ensayos de lanzamiento de granadas realizados por el comandante Navarro y el teniente Adanero, a quienes felicitó por su destreza.
El almuerzo ofrecido por la oficialidad fue uno de los momentos más distendidos de la jornada. Durante el lunch, servido con refinamiento, la banda del Regimiento interpretó diversas piezas musicales. A la hora del champán, Primo de Rivera pronunció un discurso en nombre del rey, alabando el estado de las tropas, el cuartel y el papel del Ejército en la España del momento. El tono fue claramente triunfalista y patriótico, reflejo del clima político de la dictadura.
Por la tarde, el rey visitó el Hospicio Provincial de Niñas, en el Colegio de la Inmaculada de la parte antigua, donde fue recibido por la comunidad religiosa y las internas. Recorrió aulas, dormitorios y talleres, elogió las instalaciones y se interesó por los trabajos de bordado y confección. En nombre de todas las niñas, una de las pequeñas dirigió al monarca unas palabras que hoy, leídas con la perspectiva del tiempo, sorprenden por el lenguaje patriótico propio de la época. La parte final del texto decía así:
«No sabemos hablar, pero tenemos un corazón que, a manera de tierno capullito cerrado todavía, guarda en germen las esencias del amor, la gratitud, el verdadero patriotismo y, en fin, los encantos todos del alma de la mujer y de la mujer española.
Este capullito se entreabre hoy en honor de Vuestra Majestad y derrama alrededor vuestro todos sus perfumes, más suaves que el nardo y los jazmines, como único homenaje a Vuestra Majestad, como único tributo de respeto y amor que podemos ofrendarle.
Y cuando estos capullos, convertidos en rosas exuberantes y fecundas, formen un hogar y una familia, sabrán transmitir a sus hijos las bondades del rey demócrata por excelencia, que se preocupa y acaricia a los infortunados y pequeñuelos; sabrán inculcarles el amor a este rey; y cuando las circunstancias lo exijan, sabrán poner en sus manos la espada y, besando apasionadamente a los pedazos de su ser, sabrán decirles con voz entera: Muere, hijo mío, muere por tu patria y por tu rey».

Alfonso XIII visitando el cuartel Infanta Isabel (1928). / Archivo Municipal (Fondo Marchena)
Más allá de la anécdota, el discurso —que difícilmente pudo surgir de la pluma de una niña— resulta muy revelador de la mentalidad de la época. En él se refleja, por un lado, una concepción de la mujer ligada casi en exclusiva a la maternidad y a la transmisión de valores patrióticos; y, por otro, una idea del sacrificio por la patria llevada hasta sus últimas consecuencias, incluso la entrega de la propia vida.
La visita a los centros de beneficencia continuó en el Hospital Provincial, donde Alfonso XIII recorrió con detenimiento la Casa Cuna, las salas de Rayos X, esterilización y enfermería, interesándose por el funcionamiento del establecimiento y conversando con médicos, religiosas y enfermos. La prensa local dejó constancia de varios detalles que subrayaban el carácter cercano que se quiso proyectar del monarca. En uno de los patios, tras acariciar a uno de los niños acogidos, el rey comentó con espontaneidad: «qué gordo y qué gracioso está». Acto seguido, ya en el patio posterior del edificio, le fueron mostradas las vacas que el hospital mantenía para garantizar el suministro de leche a los enfermos. Según recogía el diario Extremadura, Alfonso XIII quedó especialmente admirado ante «un magnífico ejemplar de vaca suiza», haciéndolo notar al marqués de Estella. Pequeñas anécdotas que la crónica destacó como prueba de la atención del rey a los detalles más cotidianos de la beneficencia provincial.
Desde el hospital, el monarca se desplazó hasta el puente sobre el Tajo, en las inmediaciones de Garrovillas, recientemente construido. Allí fue recibido por autoridades y vecinos de numerosos pueblos, recorrió el puente a pie y elogió la solidez y elegancia de la obra.
De vuelta a la ciudad, el Ayuntamiento ofreció un vino de honor en el salón de sesiones. La Coral Cacereña puso la nota musical con piezas de marcado sabor regional que entusiasmaron al rey, quien elogió tanto la calidad artística como el carácter popular del grupo. Antes de partir, Alfonso XIII se despidió de autoridades y vecinos, regresando a Guadalperal entre nuevas ovaciones.
En la víspera de la visita, el editorial del ‘Extremadura’ expresaba la convicción de que bajo su reinado quedaban garantizados «la paz y el orden». La Historia, sin embargo, se encargó pronto de matizar aquel optimismo, y España se adentró en años de profunda turbulencia social y política. Apenas dos años después caería la Dictadura de Primo de Rivera; en 1931 el rey abandonaría el país tras la proclamación de la Segunda República; y, menos de una década más tarde, el golpe de Estado de 1936 y la tragedia de la Guerra Civil alterarían de forma decisiva el devenir histórico de España. Hubo que esperar casi medio siglo para que Cáceres volviera a recibir a un monarca reinante, con la visita de los reyes Juan Carlos I y Sofía en 1977, ya en una nueva etapa histórica que dejó atrás —para bien— la España en blanco y negro de tantas décadas anteriores.
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