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Aventuras y desventuras

Los libros que escaparon de la guerra y del tiempo en Cáceres

Hallazgos fortuitos, conventos desaparecidos y fortalezas en ruinas de Cáceres revelan cómo algunos libros antiguos lograron sobrevivir a guerras, abandonos y siglos de silencio para llegar hasta nuestros días

Cruce de la calle Parras y San Antón. Al fondo, San Pedro, donde estuvo el convento.

Cruce de la calle Parras y San Antón. Al fondo, San Pedro, donde estuvo el convento. / Cáceres en el pasado

Alonso Corrales Gaitán

Alonso Corrales Gaitán

Cáceres

A lo largo de la Historia hemos aprendido que cada vez que hay una guerra, además de los seres humanos, los libros y los lugares culturales (museos, edificios religiosos o estratégicos, etc.), sufren todo tipo de daños y desapariciones. Y creemos que esto lo conoce todo el mundo.

Pero no es menos cierto, y así me lo ha ido demostrando la vida y la propia experiencia personal como investigador, que afortunadamente hay notables excepciones. De esta manera a lo largo de los últimos años se han encontrado diferentes libros de notable antigüedad o importante contenido, en muy distintos lugares de Europa, España e incluso en nuestra tierra extremeña. Sin duda el más conocido sea el descubrimiento en el año 1992 de la denominada Biblioteca de Barcarrota (Badajoz), referida a diez libros manuscritos del siglo XVI, que se supone fueron propiedad de un médico judío converso llamado Francisco de Peñaranda. Sin ser este único caso ocurrido en nuestras fronteras autonómicas.

Está suficientemente demostrado que cuando un libro tiene al menos un siglo de antigüedad es considerado como muy interesante. Así en este apartado con cierta facilidad podemos encontrarnos con no pocas publicaciones de D. Antonio Hurtado Valhondo, D. Vicente Barrantes Moreno, D. Publio Hurtado Pérez, D. Juan Sanguino Michel, D. Mario Roso de Luna, D. Antonio C. Floriano Cumbreño, D. Miguel A. Orti Belmonte, etc.

Pero si supera ese tiempo, muchas de las publicaciones se consideran por los bibliófilos como especiales.

Y es metidos en este ámbito donde vamos a recordar dos situaciones realmente curiosas si no consideradas interesantes. Consultamos así el archivo creado hace mucho tiempo. Para ello nos situamos en la década de los años noventa, cuando después de varias horas de viaje se llega a las ruinas de la considerada en su tiempo magnifica fortaleza, levantada para contener a los invasores lusitanos.

Se puede apreciar que se han producido algunos derrumbes mas que los observado la ultima visita, una vegetación salvaje abraza a las piedras medievales que resistían el paso inexorable del tiempo como si se tratase de su última batalla.

Los pájaros parecían sus únicos guardianes inocentes, el frío era latente, se había acomodado allí desde hacia semanas, meses, años, sin duda centurias. Nosotros los invasores en curioso silencio, una vez más, nos adentramos en el corazón dañado de la fortaleza, en su torre del homenaje, buscando un poco de descanso y porqué no, algún secreto. Allí al traspasar el tiempo nos sentimos protagonistas de su historia.

Y de repente el sonido brusco de unas alas golpeando a la dañada piedra nos hicieron fijarnos en la parte alta derecha de la torre, e inesperadamente una paloma blanca sale asustada y algo aturdida de uno de los huecos que se abren por debajo de un magnífico escudo heráldico que evidencia las cada vez mas duras cicatrices de tiempo que golpean a tan magnifico baluarte.

Esa curiosidad innata que muchos tenemos prácticamente desde el momento que venimos a este mundo, nos lleva a intentar cogerla, pero ella intenta entrar en otro de los muchos huecos que adornan tan principal muro. Y en su desesperado esfuerzo pone a nuestra vista lo que parece ser un libro. Es de pequeño tamaño, lleno de humedad y de tierra, parece como si llevase allí toda la vida, algo deformado lo cogemos entusiasmado por su inesperado hallazgo. El olor a antiguo es lo primero que nos llama la atención Lo abrimos y vemos su título: «Introducción Metódica de la Medicina. Por el doctor David Macbride. Traducido del inglés al latín por Juan Federico Closio, y del latín al español por J. D. R. Y. C. Año de 1799».

Desde ese preciso instante toda una serie de preguntas se precipitan en nuestra mente. ¿Quién fue su propietario originario? ¿Quién lo escondió allí? ¿Por qué motivo? Al tiempo que desconocíamos si llevaba allí mucho tiempo o si existían más objetos. Toda una serie de circunstancias de todo tipo nos han impedido volver a aquel histórico lugar, aunque por diferentes medios conocemos como continua su progresivo e imparable deterioro.

Es nuestra opinión que cuando alguien esconde o pone a salvo un libro, independientemente de su contenido, debe de ser una persona de notable sensibilidad y con un nivel cultural bastante importante.

Evidentemente este no es un caso único, en los últimos años se han dado mas casos de libros olvidados, o escondidos para salvar su existencia. Así hemos podido anotar otros casos curiosos, que nos han animado a escribir estas líneas para general conocimiento al mismo tiempo que pudiésemos facilitar la aparición de historias similares.

Hace mas de veinte años que conocimos la existencia del libro titulado: «Introducciones de San Carlos Borromeo. Año 1782». De la librería de D. Miguel Escribano. Del Ilmo. Sr. D. Antonio de Godeau, Obispo de Vencer. Tan curioso ejemplar debió de pasar por no pocas manos, primero cuando se encontraba en su histórico lugar, es decir en el hoy desaparecido Convento de San Pedro, situado en la calle de su mismo nombre de esta ciudad nuestra, levantado en pleno siglo XVII por la decisión testamentaria de 1 de julio del año 1583 por el noble cacerense D. Francisco de Ávila y Figueroa, el espacio era donde se encontraba su casa familiar. Y su sueño levantar un edificio amplio donde acoger a un grupo importante de monjas de esta orden, que compartían huerto, templo, un pequeño almacén y un sinfín de experiencias asistiendo a cuantos menesterosos hasta allí llegaban.

Se firmó un detallado contrato con el cantero Nufrio Martín, muy conocido en nuestra ciudad, el 22 de agosto de 1587, iniciándose por fin la construcción de dicho Convento en el año 1609, cuando se contaba con una importante suma de dinero gracias a la generosidad de varias familias locales, así como la importante colaboración de la cercana Iglesia de San Juan de los Ovejeros (hoy San Juan Bautista).

Después de pasar por diferentes penurias detalladas por varias de sus abadesas, a principios del siglo XIX se ven obligadas a abandonar tan castigado edificio ante el general asombro de la población. Y es en el año 1838 cuando se venden todos los bienes que formaban dicho cenobio, incluido objetos pequeños como muebles, imágenes sagradas y libros. Siguiendo así cada uno caminos y destinos muy diferentes.

Aquel espacio es ocupado por variados negocios, aprovechando unos cimientos históricos donde en aquel entonces se conservan restos muy variados, objetos de diferentes épocas y restos de enterramientos de tiempos pasados.

Durante varias décadas los cacerenses allí observan un parador, fielato, almacén de madera, casa particular, un garaje, ultramarino, etc. Así nuestros abuelos se van acostumbrando a otra visión muy diferente de cuando se levantaba el olvidado Convento de San Pedro, y ambientaba dicha calle canticos monacales y olor a incienso. Hasta llegar a finales del siglo XX cuando toda aquella zona es profundamente transformada con un gran trabajo arquitectónico, quedando limitados elementos de aquella lejana época y como testigo silencioso una curiosa torre de esquina, que ocupa un conocido negocio familiar.

El regalo inesperado de mencionado libro nos llevó a estudiar en lo posible la vida de dicho convento además de poder interesarnos por aquellos otros edificios religiosos desaparecidos en los últimos siglos. Lo que también nos sirvió para conocer a diferentes personas también interesadas en este tema por muy variados motivos.

Y en definitiva todo ello nos sirvió para conocer algo mas de nuestra querida ciudad natal, al tiempo que disfrutamos en compartirlo con el entorno.Y nos demuestra que, a pesar de la fragilidad evidente de los libros, siempre hay algún sobreviviente que supera tiempos muy difíciles para trasmitirnos un magnífico conocimiento de otras épocas lejanas. Gracias.

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