Una jornada histórica
Los privilegiados en jurar bandera ante el Rey en Cáceres: "Es un día que no vamos a olvidar"
La presencia de Felipe VI convierte la jura de bandera en un evento histórico, donde protagonistas y familias comparten un momento único que quedará grabado en la memoria colectiva

El Periódico Extremadura

Hay días que quedan marcados en el recuerdo para siempre. La mañana de este sábado lo ha sido para los soldados del Centro de Formación de Tropa de Cáceres, que amanecían hoy siendo conscientes de que la jura de bandera que llevaban semanas preparando quedaría grabada en la historia de la ciudad, de la región y en sus corazones.
Horas antes del inicio del acto, el recinto comenzaba a llenarse con una afluencia poco habitual, incluso para un centro acostumbrado a grandes ceremonias. A las puertas del cuartel, filas de coches accedían de forma continua mientras colas de familias enteras avanzaban despacio, bien abrigadas, acreditación en mano, buscando su lugar entre un despliegue de seguridad y organización mayor de lo habitual. El ambiente de expectación y de profundo respeto inundaba la explanada del acuartelamiento Santa Ana.
Se escuchaban comentarios sueltos, casi al paso. "Menos mal que he llegado con tiempo", decía alguien mientras el flujo no se detenía. Dentro del acuartelamiento, miles de soldados esperaban formados. El silencio duraba apenas unos segundos: de pronto, un grito rompía el aire y se replicaba al unísono en la explanada un "viva España".
Hoy han jurado bandera 1.378 alumnos (1.186 hombres y 192 mujeres), ante una explanada en la que se reunían entre 8.000 y 10.000 personas, apostadas tras una reja cubierta con una imponente bandera de España. Una cifra queha convertido a la ceremonia en la más multitudinaria y relevante que se recuerda en Cáceres en las últimas tres décadas. El murmullo era constante y se mezclaban nervios y alegría. "Espero que no me hagan levantarme". "Mira, ahí detrás ya se les ve". Las familias sonreían mientras los soldados permanecían formados. "Ya estoy viendo a mi hijo", decía una mujer. Otra mandaba callar.

Una mujer desde la grada, emocionada en el transcurso del acto. / Rocío Muñoz
En ese momento, los prismáticos y las cámaras de fotos empezaban a salir de las mochilas, conscientes de que el orgullo no cabe en una imagen, pero el recuerdo se intenta guardar como oro en paño. Las órdenes comenzaban y el público guardaba silencio de nuevo.
La formación de los alumnos ocupaba el patio con precisión milimétrica. Filas perfectamente alineadas, uniformidad absoluta. Todo respondía a un protocolo ensayado durante semanas. El murmullo y alguna risa en la grada contrastaban con el silencio del patio. El himno de España comenzaba a sonar y las familias se ponían en pie. Los soldados mantenían la posición y sostenían la mirada al frente. La entrada de la Enseña Nacional imponía el silencio definitivo.
Uno a uno, mil historias
Desde fuera, la escena se vivía con intensidad. Las miradas buscaban, comparaban alturas; los móviles se alzaban y los rostros mostraban admiración y orgullo absoluto hacia los soldados. Cada familia veía solo a uno, aunque hubiera más de mil formando al unísono. El frío apretaba, pero nadie se movía. Nadie quería perderse el instante en el que todo comenzaba. Y retumbaban los aplausos: "Viva el Rey, viva España", gritaban a coro los asistentes.
Se procedía a la toma de juramento. La atención era absoluta. No había aplausos, solo algún murmullo contenido. La música acompañaba el acto y, ajenas al protocolo, las familias lanzaban espontáneos "guapo", "olé, qué arte", "te como la cara", "qué porte tienes, tesoro", "hermoso".
Entre los asistentes, Juan Carlos Gómez había llegado desde Zaragoza para ver jurar bandera a su hijo Josué. Para él, la jornada era uno de los días más importantes de su vida y, sobre todo, de la de su hijo. Los nervios se mezclaban con la emoción, aunque aseguraba estar tranquilo: "Él quería ser militar, defender a su país. Yo siempre le he apoyado desde el primer momento". Que Su Majestad Felipe VI presidiera la ceremonia hacía que el día adquiriera un valor aún más especial: "Yo contento y él más… es una ceremonia histórica", comentaba, recordando también lo diferente que era todo respecto a cuando él mismo hizo el servicio militar.

Juan Carlos Gómez acude desde Zaragoza para ver jurar bandera a su hijo. / Carlos Gil
A pesar de haber madrugado, la explanada ya estaba llena cuando llegó, algo que no restaba entusiasmo. "Hoy es maravilloso, para mí como padre y para él, que siempre ha soñado con ser militar. Lo llevaba en la sangre y siempre lo ha querido. Ojalá llegue muy alto".
"¡Olé, mi Juanqui!"
Desde las gradas se seguía cada paso con una concentración total. Algunos aplaudían, otros lloraban y muchos aprovechaban para mostrar su orgullo sin disimulo. "¡Olé, mi Juanqui!". "¡Olé, mi Antonio!", bromeaba otra. El discurso del coronel que dirigía la base militar cacereña devolvía el silencio a la explanada. La jura continuaba sin artificios y, por momentos, el sol hacía frente al frío. La corneta sonaba de nuevo y entre los asistentes se escuchaba: "Qué bonito y qué emocionante". Los soldados comenzaban a cantar el himno 'La muerte no es el final'.
María del Mar, natural de Colombia, vivía la jornada con emoción. Ha venido para ver jurar bandera al hijo de su marido y no ocultaba la ilusión de estar allí. "Espectacular, es una emoción indescriptible. La verdad es que es un honor para nosotros como familia poder tener a nuestro chico hoy en esta experiencia". Sobre los nervios del día, explicaba que quienes más lo sentían eran los propios jóvenes que esperaban el momento de jurar. "Estamos muy orgullosos de él. Está haciendo cosas muy bonitas y estamos felices de poder compartirlo", añadía Julián, su marido. Para él, la ceremonia era inolvidable: "Es un día que no vamos a olvidar". Sobre la visita del rey Felipe VI, resumía el sentir general: "Me parece algo muy especial, algo que hacía muchos años que no se hacía. Que esté aquí es un orgullo y una suerte, para que ellos lo vean y para que lo vivamos todos".

María del Mar, Julián, y el resto de la familia. / Carlos Gil
Desfile ante la tribuna, presidida por Felipe VI
La ceremonia avanzaba con precisión militar hasta el final del acto. Sagrario Encinas, natural de Toledo, seguía la jornada con entusiasmo. Ese día juraba bandera su sobrina Lucía Encinas y no quería perderse ni un momento. "Nosotros ya tenemos otro militar en la familia y estos actos nos gustan mucho. Para ella ha sido muy emocionante, y nosotros queremos acompañarla". Sobre la creciente presencia femenina en las filas, lo tiene claro: "Me parece que son muy valientes. Es duro, pero luego están muy contentas y felices; lo vemos por ellas, por cómo lo cuentan, por cómo se comportan". Respecto a los nervios de Lucía, admitía: "Hombre, supongo que estaría nerviosa. Aún no he hablado con ella, pero nerviosa, emocionada… seguro que sí". Y sobre la presencia del monarca, lo resumía sin dudar: "Menos mal que ha podido venir Su Majestad. Estoy encantada de que venga". Definía la ceremonia en una palabra: "Emocionante".
Tras recitar el decálogo del soldado, los 1.378 alumnos lo pronunciaban al unísono y el acto de jura de bandera concluía de forma oficial. Las compañías comenzaban la retirada de la explanada y todos los alumnos desfilaban ante la tribuna de autoridades, presidida por Felipe VI. Una jura especialmente simbólica, al ser la primera en la que estaba presente un monarca desde 1996, cuando entonces asistía Juan Carlos I.

Fotogalería | La visita del Rey Felipe VI, una jornada histórica en Cáceres / Carlos Gil
Cuando se rompía la formación, el ambiente cambiaba de golpe. El rigor daba paso al movimiento, a los reencuentros, a los abrazos largos. La explanada se llenaba de teléfonos en alto, de gestos de alivio y de sonrisas que por fin se permitían aparecer. El protocolo quedaba atrás y emergía el orgullo, ese que no necesita discursos.
En el acuartelamiento Santa Ana se ha escrito hoy otra página para la historia. No solo por las cifras ni por la relevancia institucional de la jornada, sino por lo vivido a ras de suelo: una jura de bandera multitudinaria, marcada por el frío, el silencio, el respeto y una emoción mantenida durante todo el acto. Una ceremonia que Cáceres ha seguido muy de cerca, consciente de que lo que ha ocurrido en este patio no se repite todos los días.
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