Hostelería local
El último cañeo en el Zani: se jubila Enrique Carrero y Cáceres dice adiós a su bar de toda la vida
El histórico establecimiento de la plaza de Bruselas cerrará este viernes tras más de medio siglo ligado al tapeo, al barrio y a varias generaciones de clientes

Carlos Gil

Cuando termina esta entrevista los clientes se ponen en pie y en bloque aplauden sin parar. Aplauden a Enrique, por las horas que ha echado detrás de la barra, por el curro que se ha pegado, por los madrugones, siempre al pie del cañón, por su saber estar, su sentido del humor. ¿Qué vamos a hacer ahora sin el Zani? Es la pregunta que sobrevuela en el ambiente a la hora del tardeo mientras los asiduos inmortalizan en sus móviles la charla de este diario con uno de los hosteleros más respetados, queridos y emblemáticos de la ciudad de Cáceres.
Y es que hay bares que sirven cervezas y hay bares que sirven vida: cuántas cañas de Nochebuena, de Nochevieja, cuántos encuentros con los amigos, cuántos pinchos, cuánta cerveza, sobre todo cuánta cerveza. El Zani, en la plaza de Bruselas, pertenece sin discusión a la primera división de esta liga nuestra de la vida. Este viernes bajará la persiana porque Enrique Carrero Mendo se jubila, y con él se va una forma de entender la hostelería: la del bar donde todo el mundo se siente como en su casa.
Salimos de la barra y nos sentamos en una mesa: "El bar lo cierro este viernes. Cuando acabe". Así, sin dramatismos, aunque los cacereños sepamos que no será un viernes cualquiera. El Zani atesora más de 50 años de historia. Primero con su fundador, Domingo García Acedo, y después con su yerno, Enrique, que lleva 41 años en el oficio. "Pues tú imagínate los años que llevamos aquí en el bar", dice, tirando de memoria y de ironía.
Los orígenes del Zani hay que situarlos en una pequeña taberna que regentaba un señor de un pueblo que luego se la traspasó a Domingo, quien junto a otro de sus yernos, Luciano, llevaron el bar hasta que, tiempo después, Domingo se encargó en solitario de la gestión. ¿El nombre del bar? Tiene fácil respuesta: "Como esta calle se llama Niza, lo pusimos al revés y de Niza salió Zani", corto, fácil y con carácter: como el sitio. Enrique llegó desde el Gran Café tras hacerse novio de Ángela, la hija de Domingo. "Dijimos de llevarlo a medias y desde entonces estoy aquí". Aquello era un negocio familiar en estado puro: suegros, mujer, cocina y barra compartidas.
El tapeo como religión
Si algo ha convertido al Zani en referencia han sido los pinchos. Huevos estrellados, callos, morros, oreja, mollejas, calamares… "Todo perfecto", sentencia Enrique con su humor habitual mientras saca oro del cañero. Aquí el protagonismo también ha sido siempre para la cocina. "La gente no viene por mí, viene por la cocina", insiste. La responsable tiene igualmente nombre propio: Pilar, su hermana. "Cocina muy bien y a la gente le encanta". Barra y fogones formando un tándem que explica décadas de fidelidad de la clientela.
En el capítulo de las anécdotas, más de cuatro décadas dan para mucho, tantas que hay historias para escribir otro reportaje entero. Enrique se ríe al recordar a quien intentó montarse en un coche blanco creyendo que era un taxi o situaciones surrealistas de esas que solo pasan en los bares de verdad. "He tenido muchas, muchas, muchas. Pero prácticamente todas buenas", y tira de la discreción, máxima de cualquier hostelero que se precie.
Y luego está la Super Bock, casi una marca de la casa. "Como vamos mucho a Portugal, yo la tomaba allí y cuando vi que la vendían aquí, la traje". Desde entonces, "Dame una de la tuya" se convirtió en frase habitual. Fue el primer bar de Cáceres donde muchos descubrimos una marca de cerveza que es tan religión para Enrique que la lleva tatuada en su brazo. Lo enseña con orgullo y todos ríen a carcajadas, porque si algo le sobra a Enrique es una gracia innata.
Ahora, el cierre del Zani coincide casi en el calendario con el de La Lambretta, otro histórico de La Madrila que regenta Jesús y que, también por jubilación, se despide este sábado (un día después) de Cáceres. "Dos históricos que se van", resume Enrique. "¿No vamos los viejos ya? Bueno, ahora vendrán los jóvenes".
El bar se traspasa, aunque todavía no hay relevo cerrado. "Tengo a un par de ellos que están para arriba y para abajo, pero no lo sé fijo". Mientras, Enrique repite: "La gente viene aquí y está en su casa totalmente. Entonces eso es lo bueno". No hay postureo ni miradas por encima del hombro. Solo barra, charla y confianza. "A veces se está perdiendo esto", reflexiona. Por eso el Zani duele al cerrarse: porque representa ese modelo de bar donde el camarero te conoce y tú conoces al camarero. Agradecimiento a sus clientes, y también a sus hijos Marta, Ángela y Zeus, el gerente de Extreibéricos, que ha cogido el testigo emprendedor de su padre y de su abuelo y que, como el Zani, se merece otro monumento. "Es otro figura. Se va a quedar con todo Cáceres", apunta con ese arte que también ha heredado su hijo.
Enrique lo tiene claro. Va a cumplir 64 años y quiere vivir. "La gente me dice: no te vayas. Digo: sois unos egoístas, no queréis que descanse", y suelta una carcajada. Se irá echando de menos a sus clientes, sí, "pero creo que menos que vosotros". Lo que no echará de menos es madrugar. "De madrugar estoy hasta aquí", apunta mientras se lleva la mano a la cabeza. Lo demás, dice, será "un espectáculo".
Este viernes, cuando caiga el último cañeo y se apague la barra, Cáceres perderá algo más que un bar. Perderá un trozo de su memoria cotidiana y recordará al bueno de Domingo y al bueno de Enrique, mano a mano, regalándonos tiempos felices que quedarán para siempre en la memoria colectiva. Al menos, y por si sirve de consuelo, todavía nos quedan Las Cancelas.
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