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La memoria del barrio

Los últimos de San Ignacio y la calle Carrera: resistir entre cierres y grafitis en un barrio de Cáceres del que muchos empresarios emigran

Kike's, comercio de disfraces, es una excepción en San Ignacio, donde uno puede transformarse en Elvis o en La Faraona, en un contexto de cierres constantes

Vídeo | Los últimos de la calle Carrera y San Ignacio

El Periódico Extremadura

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Comenzamos el paseo matutino por la calle San Ignacio, una de las vías más tradicionales del barrio de San Francisco, un territorio que durante décadas fue sinónimo de vida, trabajo y convivencia, y que hoy camina entre la resistencia de unos pocos y la desaparición silenciosa de muchos otros. Nada más arrancar, en los primeros metros, desde el Parque del Rodeo aparece Mogollón, un negocio de los de antes, especializado en reparación de electrodomésticos, lavandería industrial y aire acondicionado. Atienden marcas como Miele, Nodor o Cata, y mantienen un contacto directo con el cliente a través de su teléfono, el 927 22 54 05, un detalle que hoy ya casi suena a otra época. Es uno de esos servicios esenciales que sostuvieron durante años la vida doméstica de una de las zonas más castizas de la capital, al pie del puente que conectó la ciudad monumental con el monasterio franciscano a través de barcazas allá por el siglo XV.

Un poco más adelante se encuentran los Talleres Miguel, todo un emblema del barrio. Electricidad, diagnosis, inyección, climatización, neumáticos, suspensión, pre-ITV y servicio rápido. Un taller completo, de los que conocen el coche y al cliente por su nombre, y que todavía mantiene las persianas levantadas en una calle donde las cierran con mayor fecuencia.

En el número 7 se localiza la sede de la Asociación de Vecinos Puente de San Francisco, al lado del bar de toda la vida de la calle que terminó también bajando la persiana. Muy cerca aparece la tienda de Orona, dedicada a ascensores, escaleras mecánicas y servicios integrales. Pero enseguia la decepción porque se han trasladado a la avenida de la Trashumancia.

Y es que la mayoría de los locales de San Ignacio están hoy en alquiler. Entre tantos cierres, Kike's sigue siendo una excepción luminosa. Es uno de los comercios más singulares y conocidos de Cáceres, especialmente ahora que se acerca el carnaval. Venta online, escaparates llamativos y una capacidad infinita para la transformación: aquí uno puede entrar siendo uno mismo y salir convertido en Elvis, Napoleón, Al Capone, una faraona, un pirata, Maradona o incluso el mismísimo demonio. “Suelte la rienda de su imaginación”, porque en Kike's la fantasía no tiene límites como reza en el soneto de su fachada: “Si tiene a bien entrar en esta tienda convertido, saldrá en otra persona más humana, más guapa y resultona, ya dejada del roce y la contienda Suelte de su imaginación la rienda y será un indio, un pez, una faraona, o alguien como Maradona o cualquier personaje de la tienda.Así puede ser Elvis, un pirata, Napoleón, Capone o Escarlata, Charlotte o hasta el mismísimo demonio.Que entre dentro el señor, no se complique, y podrá comprobar que incluso Quique da la felicidad al matrimonio".

Nuestro camino

El recorrido continúa con la farmacia del licenciado Diego Lanchares González, un servicio esencial que abre los 365 días del año, desde las 9.30 hasta las 22.00 horas, algo cada vez menos habitual y muy valorado en un barrio envejecido. A su lado, el bar Anca Rrosi, otro de los grandes emblemas que aún aguantan. Menú del día y una carta reconocible: bacalao dorado, croquetas, huevos fritos con jamón, prueba de cerdo, magro con tomate, solomillo, pluma ibérica, patatas bravas, además de raciones que mantienen clientela fiel. Junto a él, la tapería Nilo, centrada en carnes, pescados y raciones ("ahora llevan unos días cerrados porque están pìntando", comenta una vecina), y el café bar La Pepa. Los bares se mantienen, sí, pero rodeados de locales cerrados y carteles de alquiler.

Desde San Ignacio el paseo se desplaza a la calle Carrera, una vía que formó parte del mismo pulso vital del barrio. Aquí hoy predominan los bloques de pisos, los grafitis y los bajos sin actividad, pero aún resisten algunos nombres propios.Uno de ellos es una imprenta histórica, Morgado, una de las más tradicionales de Cáceres, especializada en diseño gráfico, publicaciones, encuadernaciones, calendarios, agendas, vinilos y tarjetas de boda, conocida por ofrecer “el mejor precio y la mayor calidad”. Un oficio clásico que sobrevive donde antes hubo mucho más.

En esta calle también se ubican oficinas de Cocemfe Cáceres, la Asociación Extremeña de Fibrosis Quística o la Asociación Regional de Parkinson. El recorrido concluye en las traseras de varias asociaciones y comercios que ya miran hacia Hernández Pacheco, donde se encuentra Carpinsa, una exposición de carpintería de calidad y diseño, aunque ya fuera del eje principal de Carrera y la entrada del Bar La Chimena.

Su historia

Y es que durante décadas, el barrio de San Francisco fue uno de los grandes pulmones populares de Cáceres. No era solo un lugar de paso hacia el puente, sino un ecosistema completo, con fábricas, huertas, talleres y viviendas donde convivían varias generaciones bajo un mismo techo. La calle Carrera y el entorno de San Ignacio estaban entonces ligados al trabajo diario: la fábrica de harina de don Antolín, la de Casillas, la de aceite del Rodeo o las huertas próximas a la Ribera marcaban los ritmos de una población obrera que vivía del esfuerzo y de la cercanía. Aquellas industrias no solo daban empleo, también articulaban la vida social: en torno a ellas se hablaba, se negociaba y se sobrevivía.

La vida doméstica del barrio se tejía con historias de puertas abiertas y solidaridad espontánea. En la calle Carrera eran habituales las casas grandes, con cuadras, dos cocinas y animales, como la del señor Francisco Rodríguez Barriga, cuya vivienda se convirtió en refugio improvisado para feriantes, turroneros y artistas de circo durante la Feria de Mayo. En las noches de primavera, las mujeres bajaban con burros a Fuente Fría a por agua y regresaban despacio, sentándose en el puente de San Francisco a contarse chascarrillos mientras los niños corrían sin descanso por Fuente Nueva, Damas o Margallo. El barrio era conversación, calor humano y una red invisible de apoyo mutuo.

También fue un territorio marcado por instituciones que dejaron huella. El Hospicio de San Francisco, situado en el entorno, condicionó la vida de muchas familias, tanto por el trabajo que generaba como por las tragedias personales que allí se fraguaron. Porteros, monjas, médicos y trabajadores convivían con el drama del abandono infantil, en un tiempo en el que la pobreza obligaba a decisiones extremas. A su alrededor crecieron historias de injusticia, silencios forzados y vidas truncadas, pero también de dignidad y resistencia, como la de quienes, expulsados sin explicación, reconstruyeron su hogar precisamente en la calle Carrera.

San Francisco fue además semillero cultural y social. En sus calles vivieron fotógrafos como Andrés Burgos, que inmortalizó durante décadas la vida de Cáceres; familias vinculadas al teatro, la música y el periodismo; y vecinos que hicieron del barrio un cruce constante de gente y acentos. Los bailes en corralones como el del Herradero, las procesiones improvisadas, los comercios de comestibles, las imprentas, los bares y los talleres configuraron un paisaje urbano hoy casi irreconocible. Aquella intensidad explica, en parte, la sensación de vacío actual: no es solo que falten negocios, es que falta la vida que los sostenía.

San Ignacio y Carrera ya no son lo que fueron. Pero mientras sigan abiertos algunos bares y laa vieja imprenta; mientras haya asociaciones que atiendan a quien lo necesita; mientras alguien recuerde cómo era el barrio cuando estaba lleno de vida, estas calles seguirán teniendo algo que contar. Y eso, en tiempos de cierres y olvido, no es poco.

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