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De barrio a barrio

De la tienda de Quini al auge de los apartamentos: el cambio de la calle Gallegos en Cáceres

La calle Gallegos, en el casco histórico de Cáceres, muestra la evolución de un barrio que fue un hervidero de vecinos y comercios, pero que hoy enfrenta el cambio de uso residencial con la llegada del boom turístico

Video | De la tienda de Quini al auge de los apartamentos: el cambio de la calle Gallegos en Cáceres

M. A. M.

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

El viaje de hoy por los barrios de Cáceres se desarrolla en el entorno de la calle Gallegos, área cacereña donde las haya y que hace, obligatoriamente, rescatar la memoria de un tiempo en el que esta vía del casco histórico de la ciudad fue un hervidero de vecinos, oficios y comercio cotidiano. Hoy, entre rehabilitaciones, apartamentos turísticos y fachadas abandonadas, sigue volviendo el recuerdo de quienes le dieron vida.

El recorrido comienza desde la plaza de Santa Clara, donde Gallegos conecta con las calles Hornos y Cornudilla. Allí se encuentra Artsolutely, galería de autor y estudio de fotografía para inconformistas visuales, y, a su lado, El Quejío, un espacio donde “la tradición se canta, se come y se vive”, con tapas desde 9,90 euros y postres tan reconocibles como el crepe de nata con nueces y chocolate, la tarta de queso o los bombones de higo.

Desde este punto, el paseo permite al visitante contemplar el convento de Santa Clara, el bar de Las Claras (que ahora ha comenzado a gestionar Álvaro Holgado, propietario de Chef Alia Pastry Shop y del restaurante Maná) y escenas cotidianas como la de un cartero dejando una carta en el número 23A, junto a un apartamento turístico en el número 23. Más adelante, la imagen de una casa completamente derruida contrasta con los Cáceres Central Suites del número 19, reflejo del cambio de uso residencial que vive la zona, foco de los apartamentos turísticos.

En el número 17, una casa palaciega abandonada, con pintadas, recuerda la fragilidad del patrimonio no rehabilitado, mientras que enfrente, a la altura del número 14, aparecer un cartel de “no a la mina”, uno de los signos de expresión social que todavía salpican el casco histórico. En la calle Hornos, a la altura del número 10 Multigestión Extremeña vende casa y en el 6 se anuncia también la venta de otra vivienda, un inmueble de tres plantas que destaca por su cerrajería. La esquina con Cornudilla conduce a una zona donde, en el número 3, se localizan apartamentos turísticos Maima, confirmando la presencia creciente de este tipo de alojamientos en el entorno.

De regreso a Gallegos, ya junto a Hornos, la calle recupera su carácter más castizo, con casas tradicionales que han comenzado a ser rehabilitadas y una población que, aunque lentamente, ha ido en aumento. En los números 15 y 15A se aprecia una reforma absolutamente impecable, mientras que en el 16 se han instalado nuevos apartamentos turísticos aprovechando una casa solariega de tres plantas. El número 7 destaca por una rehabilitación integral que ha dotado a la antigua vivienda de garaje y nueva vida. Sin embargo, un dato ha resumido el cambio profundo de la calle: no queda ni un solo comercio abierto.

La tienda de Quini

Ese vacío comercial contrasta con la memoria de Quini Jiménez, uno de los hijos de Antonio y Josefa, cuya madre regentó en la calle Caleros el conocido comercio de Josefita la de la Calzada antes de que él, años después, fuera el alma del comercio de Gallegos. Quini estudió en la escuela de don Vicente Marrón, una escuela pública con patio y acacias, pasó por el colegio San Antonio de la calle Margallo, por la escuela de don Juan Muriel y realizó el grado preparatorio con don Emilio Gutiérrez.

Más tarde acudió al Instituto de la Preciosa Sangre, donde recibió clase de profesores como don Justo Corchón, don Agustín, don Fernando Marcos o don Gonzalo Tristancho. Tras el fallecimiento de su padre en 1945, se incorporó al negocio familiar en la calle Gallegos, primero en la tienda del número 19 y después en el número 20, cuando pudo comprar la casa donde había estado la frutería La Maravilla, regentada por Luisa Molinero y su marido, Pedro Ciborro, que marcharon a Cataluña.

En aquella tienda, Quini construyó un mostrador de mampostería y estanterías detrás, desde donde vendía de todo: patatas, judías, arroz, atendía las cartillas de racionamiento y, con el tiempo, incorporó carnes, pescado y fiambres. Gallegos era entonces un continuo ir y venir de vecinos.

Entrando desde San Juan vivían los Donaire, él empleado de prisiones; estaba la carbonería de Andrés Plata Agúndez y el taller de zapatería de los Salgado, llegados desde San Vicente de Alcántara. En la calle residía don Cecilio, organista de San Juan, cuya hija tocaba el violín en una fiesta inolvidable organizada por el padre de Quini, con baile incluido y música interpretada sentada sobre una caja de leche condensada El Niño.

En el barrio también vivían Pablo Lorenzana, Lucio Cancho y doña Luz Doral, profesora de Literatura en la Normal, cuyo marido, Alberto Bazaga, tenía en los bajos de su casa el depósito de Cerveza El Águila, que se repartía en cajas de madera con casilleros de esparto. En Hornos estaban el taller de Castañera, que reparaba radios, y el de José María Rincón, Jomarín, dedicado a fabricar bolsas de papel, más tarde convertido en salón de celebraciones por los hermanos Blanco, del Figón de Eustaquio. Cuatro puertas más allá del comercio estaba una zapatería, aparte de la casa de la famosa floristera Avelina, cuyo tienda se construyó en el paseo de Cánovas.

De vuelta a Gallegos vivieron Joaquín de la Cruz Suárez y Bienvenida Encarnación Café, venidos de Portugal, ella sastra, además de la familia Castaño, él acomodador del Sage y barrendero que fabricaba escobas de retama, y la carpintería del maestro Méndez, reconocible por su puerta redondeada. También estuvieron la escuela de doña Eduarda, conocida como la de los cagones, la pensión Fernández y la pensión de Moisés Vegas, entre muchos otros.

Muy cerca, en la calle Fuente Nueva, vivía Paquita Díaz Machacón, hija de Manola y de José, maestro de la Escuela Elemental de Trabajo. Paquita acudía con frecuencia a la tienda de Quini, donde una chiquita cogía puntos de media, y no tardó en surgir el flechazo. Llegaron los paseos por Cánovas, la boda en el Álvarez, el viaje a Palma de Mallorca y una vida compartida junto a sus cuatro hijos: Joaquín, José Manuel, Miguel Ángel y Ana.

Tiempos que quedan en la retina de una zona donde, hoy por hoy, ya no queda un solo comercio en pie. Y así, paso a paso, terminamos en la calle del Postigo, donde aún perviven negocios como el restaurante de José Márquez y la asesoría jurídica a particulares y empresas. Se trata del despacho de María Teresa Perales Bravo, que ofrece servicios de igualas jurídicas y mediación. La asesoría opera bajo el nombre de Perales Abogados y presta atención tanto a personas físicas como a empresas, convirtiéndose en uno de los negocios que mantienen actividad profesional en este entorno del casco histórico. El despacho dispone de página web, peralesabogados.es, y atiende en el teléfono 927 62 72 63. Su presencia en la calle del Postigo marca este trayecto breve en metros, pero largo en memoria, que enlaza la vida cotidiana de hoy con la historia de un barrio que fue comercio, vecinos, risas, llantos y encuentros, y que todavía conserva, entre fachadas, apartamentos turísticos y silencios, las huellas de quienes noblemente lo habitaron.

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