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Barrio a barrio

El orgullo de haber crecido feliz en Cabezarrubia (Cáceres): "Salir más allá de las pistas del Licen o del Hotel Extremadura ya era un nuevo mundo"

La apisonadora o el edificio París, con su Torre Eiffel, se convirtieron en el punto de encuentro para jugar a la pelota vasca, hacer las hogueras de San Jorge o intercambiar chapas y tazos en la era de Pokemon

Vídeo | Radiografía urbana: el orgullo de haber crecido feliz en el barrio de Cabezarrubia de Cáceres

El Periódico Extremadura

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

El barrio cacereño de Cabezarrubia no se entiende sin quienes crecieron en sus patios y calles: Londres, Amberes, La París... Lo conforman los nacidos en los años 90, pertenecientes a la generación de los hijos de aquellos matrimonios jóvenes que llegaron a esta zona de Cáceres en plena expansión urbana de la ciudad, coincidiendo con la apertura del Centro Comercial Ruta de la Plata y el desarrollo del Cáceres Noroeste, hoy con más de 20.000 habitantes repartidos en urbanizaciones como Castellanos, El Vivero o La Sierrilla.

“Recuerdo que en el Edificio París vivían Martuska Pituska, Santi, Dani, gente del Licen... Y es verdad que cuando nosotros terminábamos las clases, sobre todo cuando estábamos en Primaria, nuestros padres no nos dejaban salir del barrio. Ir más allá de las pistas del Licen o incluso del Hotel Extremadura ya era, ¡uf!, como un nuevo mundo", cuenta Alberto Manzano, uno de esos hijos de Cabezarrubia. Ese límite invisible marcaba la infancia en un barrio que era hogar y refugio. Dentro del barrio, todo. Fuera, lo desconocido.

“Jugábamos mucho en ese patio del Edificio París al escondite y nos llamaba la atención la réplica de la Torre Eiffel que había dentro. Antes de que por seguridad llegaran las verjas, en nuestra infancia bastaba con abrir un pequeño cerrojo y aquello era campo libre para todos nosotros. Jugábamos a la pelota vasca, a las cartas Magic. Nos juntábamos muchísima gente", dice Manzano mientras los recuerdos se amontonan con nombres propios: "Luisma, Barra, Camacho, José Mari, Luis, Jorge Vega, su hermano Carlos Vega, Angelito Guisado, Pirri, su hermano Javier Guisado, Cuqui, Mohamed… muchísima gente.”

El edificio Gante Uno (80 viviendas) era otro de los núcleos habituales de reunión de los niños, situado entre la avenida de París y la calle Londres, con Antonio Benítez, uno de esos conserjes a la vieja usanza, perteneciente a ese oficio hoyt en vías de extinción. Un hombre de saber estar, de escuchar que ha sido un referente para los pequeños del barrio.

A comer pipas

La apisonadora, una pequeña escultura que está en el Parque de Conservación y Explotación de Carreteras, era punto fijo de encuentro. “Siempre quedábamos allí, nos íbamos a comer pipas, chuches… nos llamaba muchísimo la atención. Y al lado, en el descampado, siempre hacíamos la hoguera de San Jorge”. Años en los que lo niños no tenían móviles y había juegos que hoy ya casi no existen. “Jugábamos a las chapas, íbamos por los bares del barrio a pedirlas y siempre intentábamos conseguir las más raras. Nada se nos resistía: los gogos, los tazos de Pokémon…”.

Y su sensación final lo resume todo: “Éramos felices. Nos lo pasábamos superbien. Era un sitio en el que nuestros padres estaban tranquilos porque sabían que estábamos en el barrio". Y allí, la vida transcurría también entre la multitienda París, donde estaba Moisés, y donde se compraban gominolas y chucherías. "También íbamos a Águeda, que estaba más abajo". Con los años llegaron otros espacios. “Ya más mayores abrió Felipe Ke, y había también cibercafés: uno por la zona del Puerta Real y otro en la calle Amberes, en el local que hace esquina frente al Charlotte, donde hoy hay una peluquería. Ahí jugábamos mucho de pequeños, tenían Warhammer y también las cartas Magic”.

Los nuevos niños

El barrio se ha expandido y han llegado nuevos niños, esos que siguen llenando la guardería Huellas y el Licen, con profesores que marcaron a toda una generación como Mariliuz, Lourdes, Aurora, el profe David.. Y ahora, bares como el Santiesteban, el Charlotte (antigua La Colmena), La Reina, Origen, Ávalon y tantos otros. La clínica Norba, vinculada al mundo de la ginecología y la reproducción, donde se han desarrollado importantes avances y que es, desde hace décadas, un punto de referencia sanitario en la ciudad, tiendas de decoración, de alimentación, la farmacia de Josefina Becerra Muñoz, abierta 12 horas al día durante todo el año, el estanco Cabezarrubia, la histórica Autoescuela Europa, tiendas de muebles, Extraperlo (un ultramarinos de estética clásica modernizada), Flores Becedas, y así suma y sigue.

Pero si hay un espacio que marcó a generaciones enteras de niños del barrio es la parte trasera del Parque de Conservación y Explotación de Cáceres, dependiente de la Consejería de Fomento de la Junta de Extremadura. Allí se levanta una escultura muy especial: la réplica de la apisonadora, inaugurada el 12 de mayo de 2020, con esta inscripción: "A quienes a lo largo de la historia han construido los caminos de Extremadura". Para muchos vecinos fue, sencillamente, la escultura más escalada, fotografiada y recordada por los niños del barrio.

Y es que la huella no se borra, se queda con la honestidad que implica ser de calle: la humildad, el compañerismo... Los valores se quedan en todos los que crecieron aquí. “Son tantos recuerdos y tantas anécdotas… pero Cabezarrubia fue eso: nuestro mundo", sintetiza alguien que como Alberto y sus amigos construyeron los caminos del barrio en su memoria y no olvidan aquellos maravillosos años donde crecer fue, simplemente, ser feliz.

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