Barrio a barrio
La calle de Cáceres donde no falta el pan del Casar gracias a Pilar y que tiene en su recuerdo al Autoservicio Caballero
El Autoservicio Caballero, el bar El Béjar y la Joyería Saymon, negocios que marcaron la vida de Colón, han dejado paso a nuevos emprendimientos, manteniendo viva la esencia del barrio

M. A. M.

La calle Colón no ha necesitado grandes titulares para convertirse en uno de los grandes referente de la historia de Cáceres. Le ha bastado con lo de siempre: viviendas donde la gente se conoce por el nombre, comercios que siguen siendo punto de encuentro y un ir y venir de negocios, algunos que se aún permanecen desde hace décadas. En esa mezcla se ha ido formando su identidad: la de una vía cercana a la zona monumental, pero con alma de barrio, donde lo cotidiano tiene, sin duda, rango de patrimonio.
Muchos han seguido viendo el rastro del Autoservicio (o Supermercado) Caballero, ese lugar que fue compra y conversación, abastecimiento y costumbre que ahora es un gimnasio. El local ha cambiado, pero la referencia ha permanecido: Colón ha sido así, un sitio donde las cosas podían transformarse sin borrar del todo lo que fueron.

Colón, paso a paso en Cáceres / Miguel Ángel Muñoz
Y es que el repentino fallecimiento de Alfonso Caballero en 2012, que regentaba el Autoservicio Caballero en el número 7 de la calle Colón, dejó mudo al barrio. Con 58 años, sufrió un infarto que le mantuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos hasta su muerte, días después. Empresario apreciado por los cacereños, luchador y trabajador, se empleó con fuerza por sacar adelante el comercio que heredó de sus padres (era hijo de Alfonso y Aquilina, los de la frutería) junto a sus hermanos. Su mujer, Juani, es una mujer muy querida entre el vecindario porque siempre ha lucido la Camiseta de Colón y el orgullo de su barriada.
Si Colón se contara desde dentro, desde la intimidad de las casas, el barrio empezaría por escenas como la del número 21. Allí se instaló la familia Guardiola tras la posguerra. Eduardo Guardiola, comandante de Infantería natural de Villafranca de los Barros, se casó con Rosario Martín, también de Villafranca. Lo destinaron a varias ciudades de España, entre ellas Madrid, donde pasó la guerra y años duros. Al acabar la contienda lo mandaron a Cáceres, al cuartel Infanta Isabel, y se instaló con su mujer y sus cuatro hijos (Eduardo, Carmen, Charo y Blanca) en un bajo de la calle Colón, justo enfrente de Musical Barragán.
Aquel hogar muchos lo recuerdan todavía como una casa grande, con un patio enorme y muchísimas macetas. No es un detalle menor: en esa imagen cabía un modo de vida, una forma de barrio que hoy suena lejana, con vecindarios estables y relaciones que se tejían a diario.
En torno a los Guardiola vivieron vecinos que dieron cuerpo a la calle y la convirtieron en comunidad. Don Luis Valet y Estela, que era modista; Joaquín Fernández y Magdalena Bello; Manolo Leal y Pili Muro (padres del traumatólogo Alejo Leal); los López Duarte; el pediatra don Felipe Altozano y María; los Martín Santos; los Macías, familia del peluquero Luis Macías…
Esa lista no funcionaba como una enumeración, sino como un mapa emocional: en Colón, durante años, la gente se ha orientado por personas tanto como por portales.
El Béjar
La vida de Colón no puede entenderse sin un bar que fue el centro social de la pequeña comunidad. El Béja, más de medio siglo tuvo desde que lo fundaron los hermanos Béjar Batuecas. Fue pequeño, de vinos al mediodía y cafés por la tarde, de clientela fija y conversaciones repetidas. Allí se vendían los helados Frigo —los muchachos los cogían por la ventana— y fue de los primeros locales del entorno en tener máquinas de videojuegos, una rareza que lo convirtió en imán para varias generaciones.
En el Béjar también se ha vendía el fútbol: alli se despachaban entradas del Cacereño cuando ser socio costaba “ocho duros” y el club jugaba en la Ciudad Deportiva, en tiempos de Tate, Valero y Cano de portero.
Con el paso de los años, el bar cerró. Ha pasado cerrado mucho tiempo y, ya en otra etapa, el local se ha convertido en un estudio de tatuajes. El cambio ha sido rotundo, pero el recuerdo del Béjar se ha quedado como se quedan los lugares donde se ha hecho barrio.
Junto a ese bar, Colón ha tenido otros referentes que han servido de anclaje: la Armería Martos (ya desaparecida) y Musical Barragán (al pie del cañón) han figurado durante décadas como parte del paisaje estable, como esos negocios que parecen sostener una esquina solo por mantenerse.
Los adiós
Pero en los últimos tiempos, Colón también ha acumulado despedidas. Han cerrado comercios que formaban parte del día a día y que, por eso mismo, han dejado huecos más grandes que su escaparate. Se ha ido la tienda de las fotocopias, a la que han acudido estudiantes durante años como quien va a un servicio público no escrito. Ha cerrado la Mercería López, con todo lo que una mercería significaba en un barrio: arreglos, costura doméstica, conversación breve y repetida (ahora Soluprés, con Pablo Suárez Campón al frente) la está convirtiendo en un apartamento a pie de calle.
Colón también dijo adiós a la Joyería Saymon, un negocio que durante décadas ha estado asociado a regalos de comunión, pedidas, detalles familiares y al gesto mínimo de cambiarle la pila al reloj. Su dueño, Aurelio, cerró por jubilación. La calle ha seguido, pero con esa sensación de que algunas piezas no se sustituyen del todo.
A la vez, Colón no se ha quedado congelada en la nostalgia. La calle igualmente ha visto llegar a gente nueva y proyectos recientes. Miriam Isabel García ha llegado desde Nicaragua hace tres años y, tras formarse y trabajar en varios salones de Cáceres, ha abierto hace poco Divas Beauty Salon, un espacio moderno y luminoso que ha representado otra cara del barrio, la de quien se ha buscado sitio en una ciudad que ha terminado sintiendo como hogar.
A Colón la ha acompañado siempre su plaza. Oficialmente ha sido Plaza de Conquistadores, pero en el uso común casi nadie la ha llamado así: se le ha dicho plaza de Colón. Ese detalle, aparentemente menor, ha explicado una forma de habitar la ciudad: los nombres los ha puesto la gente.
La plaza, remodelada varias veces y concebida originalmente tras el incendio de 1841, ha funcionado como punto de paso entre la ciudad histórica y las zonas comerciales más recientes. En su memoria ha pesado el monumento vinculado a la Hispanidad: se ha terminado el 12 de octubre de 1958 y el 8 de septiembre de 1961 lo ha bendecido el obispo Manuel Llopis Ivorra, en un acto que se ha presentado como homenaje a la Virgen de Guadalupe y a los conquistadores extremeños. El conjunto se ha concebido con líneas austeras, obra del arquitecto municipal Ángel Pérez, e incorporó elementos simbólicos —lápidas, relieves, escudos, referencias a la Hispanidad— que han fijado en piedra una época y un discurso.
La calle Colón ha sido una suma de cosas que, juntas, han hecho barrio: viviendas con vida estable, negocios que han sostenido la rutina diaria, bares que han sido centros sociales, y una plaza que ha servido de bisagra urbana. Ha cambiado, sí: se han marchado comercios históricos, han llegado actividades nuevas, y algunos se mantienen: Academia Colón (preparación de oposiciones de policía), Viajes CC Travel, Computer Store, la Multitienda “El Gusanito”, El Espacio Dadá, que es una academia de pintura y dibujo, Laboral Risk, Norbatec (expertos en gas y calefacción), la peluquería De Javier, el centro de estética de Malu, Pollos Kikiriki, Perrunillas y gatunillas (para mascotas) o La Alacena de Pilar, donde “no falta el pan del Casar”.
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