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Cáceres urbano

La plaza de Cáceres que casi nadie llama de Conquistadores

Del incendio de 1841 al monumento bendecido en 1961, la plaza de la Hispanidad ha sido puerta entre la ciudad histórica y los barrios modernos, y espejo de la vida comercial de varias generaciones

Construccion de la Plaza de Colón en 1970

Construccion de la Plaza de Colón en 1970 / Cedida a El Periódico

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

A la plaza de Conquistadores casi nadie la llama así. Para los cacereños fue y ha sido siempre la plaza de Colón. Antes incluso fue la plaza de la Hispanidad, su nombre originario, y nació como espacio urbano tras el incendio de 1841, que obligó a rediseñar esta zona situada junto al casco monumental. Desde entonces, este enclave ha funcionado como bisagra entre la ciudad histórica y la expansión moderna, como punto de tránsito obligado hacia la avenida Virgen de la Montaña, Ronda del Carmen o el Rodeo.

Video | Colón, referente de la historia de Cáceres

M. A. M.

Su configuración actual quedó marcada por un episodio concreto: el 8 de septiembre de 1961, cuando el entonces obispo de la diócesis de Coria-Cáceres, Manuel Llopis Ivorra, bendijo el monumento a los conquistadores erigido en la plaza. El acto sirvió como homenaje a la Virgen de Guadalupe, cuya imagen, en placa metálica, preside desde entonces el simbólico conjunto que la ciudad dedicó a los capitanes extremeños de la llamada Gran Epopeya.

En aquella jornada, en la entonces plaza de la Hispanidad, el alcalde Casto Gómez Clemente pronunció su discurso ante un monumento que estrenaba iluminación y aparecía rodeado de banderas hispanoamericanas. Coincidía además con el 25 aniversario del asedio y liberación del monasterio de Guadalupe durante los primeros meses de la Guerra Civil, lo que dio lugar a ofrendas florales a la Virgen y coronas dedicadas a los conquistadores.

Construccion de la Plaza de Colón en 1970

Construccion de la Plaza de Colón en 1970 / Cedida a El Periódico

El monumento, concluido el 12 de octubre de 1958, fue concebido como una obra de líneas austeras que todavía se conserva. Lo diseñó el arquitecto municipal Ángel Pérez, autor también de la Cruz de los Caídos en la plaza de América. En torno al conjunto se distribuyen cuatro lápidas que articulan su relato simbólico.

En el lado orientado hacia la avenida Virgen de la Montaña figura la imagen de la Virgen de Guadalupe, obra del escultor cacereño Eulogio Blasco, con el escudo de España en bronce sobre ella. En la cara que mira a Ronda del Carmen aparecen los nombres de las naciones que integran la Hispanidad, coronados por una rosa de los vientos estilizada sobre fondos de carabelas. Hacia el Rodeo, una lápida recoge la dedicatoria municipal a la 'Gesta Gloriosa de los Conquistadores Extremeños', junto al escudo de Cáceres en bronce y la simbología náutica.

Aquella Cáceres de comienzos de los sesenta -con 544.407 habitantes y 139.843 viviendas en la provincia- asistía también a otras noticias: la firma del primer convenio colectivo de Coria, los triunfos de Micaela La Chunga, la inauguración de la sillería del coro en la concatedral de Santa María, realizada por los hermanos Cruz Solís con madera procedente de Guinea. Era un tiempo que la publicidad resumía con ironía involuntaria: se vivía “feliz y sin dolor tomando calmante vitaminado”.

Comercio y memoria cotidiana

Pero más allá del mármol y el bronce, la plaza de Colón ha sido sobre todo un escenario de vida diaria. Durante décadas concentró pequeños negocios que marcaron a varias generaciones de cacereños. La tienda de fotocopias Colón fue durante años punto de peregrinación estudiantil; la perfumería Moctezuma bajó la persiana dejando tras de sí un cartel de se vende que habla de relevo pendiente; la Mercería López, otro clásico, ha dado paso a un proyecto residencial promovido por Solupres y gestionado por Pablo Suárez Campón.

Otros establecimientos han resistido el paso del tiempo y siguen asociados al paisaje sentimental del barrio. Musical Barragán se mantiene como referencia para varias generaciones de aficionados; la academia Colón ha preparado opositores a la Policía durante años; Pollos El Kikiriki continúa como negocio emblemático; la peluquería De Javier y el centro de estética de Malu han sostenido la vida cotidiana a pie de calle.

Junto a ellos conviven firmas técnicas como Norbatec, especializada en gas y calefacción, o Laboral Risk, así como comercios tecnológicos como Computer Store y agencias como Viajes CC Travel. En los últimos tiempos han abierto propuestas como la Multitienda El Gusanito o El Espacio Dadá, academia de pintura y dibujo que ha sumado una dimensión cultural al entorno. También se ha asentado La Alacena del Pan, que ha reforzado el carácter de comercio de proximidad en una plaza que nunca ha dejado de reinventarse.

La plaza de Colón no ha sido solo un lugar de paso entre la ciudad antigua y la moderna. Ha sido un termómetro urbano: del orgullo monumental de los años cincuenta y sesenta a la rotación comercial del siglo XXI; de los discursos oficiales y las banderas izadas a la rutina de estudiantes, opositores, comerciantes y vecinos que dieron forma a su identidad.

Puede que en los planos figure como plaza de Conquistadores. Pero en la memoria colectiva de Cáceres, esa que no entiende de nomenclátores, seguirá siendo simplemente la plaza de Colón.

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