Una historia de Cáceres a través de sus objetos
Del Judas manteado al Carnaval: la historia del Pelele en Cáceres
Un recorrido por el origen, la desaparición y la recuperación de una tradición ligada a las lavanderas cacereñas, símbolo de identidad popular y memoria colectiva femenina

Así ardió el Pelele en Cáceres el pasado viernes. / Jorge Valiente

El famoso lienzo 'El Pelele', pintado por Francisco de Goya a finales del siglo XVIII, muestra a un grupo de mujeres manteando un muñeco de trapo mientras ríen. Aquella escena festiva encierra una tradición antigua y extendida por la geografía española. El pelele -un muñeco confeccionado con ropa vieja y relleno de paja- ha sido en el pasado protagonista de juegos rituales y celebraciones populares vinculadas al cambio de estación, al carnaval o a determinadas fiestas religiosas. Su significado variaba según el lugar: podía representar al Judas traidor, a un personaje ridiculizado por la comunidad o incluso al propio invierno condenado a desaparecer antes del renacer primaveral. Algunos estudiosos han visto además en estas escenas una inversión simbólica de los roles tradicionales, donde las mujeres, por unas horas, ridiculizaban el poder masculino mediante el escarnio del muñeco.
A través de la prensa local encontramos testimonios tempranos de esta figura simbólica en nuestra ciudad. Uno de ellos aparece vinculado a la Semana Santa. El diario El Noticiero recogía en 1912 una antigua costumbre relacionada con la ceremonia del Descendimiento que se celebraba en los alrededores de la ermita del Calvario, en la Montaña. Se cuenta que era costumbre hacer un pelele imitando al traidor Judas, y que desde allí lo bajaban a puntapiés la chavalería local, desahogando así el odio que había que sentir por el malvado que traicionó a Jesucristo.
Referencia
Otra referencia distinta aparece en el verano de 1929, cuando el diario Nuevo Día describía la fastuosa verbena de San Juan celebrada en los jardines del cuartel Infanta Isabel. Entre farolillos, música y baile, la crónica señalaba que, llegada la medianoche, «para cumplir con la tradición, en un ángulo del jardín, se quemó un pelele, que luego sirvió de hoguera de San Juan».
Tras estas referencias al pelele en la ciudad, nos detenemos ya en nuestro objeto protagonista de hoy: el «Febrero». Una de sus primeras menciones modernas apareció en 1982, cuando el periodista Fernando García Morales dedicó una de sus columnas a recordar la antigua costumbre de «los Febreros», ya entonces desaparecida. El articulista señalaba que en Cáceres era habitual escuchar la expresión «ese es más feo que un febrero», sin que muchos vecinos supieran su origen. Aclaraba que no aludía al mes, sino a unos muñecos grotescos que formaban parte de una antigua celebración del gremio de lavanderas cacereñas.
Lavadero
Según relataba, cada lavadero fabricaba dos figuras -un «Febrero» y una «Febrera»- confeccionadas con ropas viejas y rasgos exagerados. Durante varios días eran paseados por las calles, a menudo montados en un burro, entre bromas, cantos y un ambiente desenfadado en el que se pedían donativos para la simbólica «boda» de los muñecos. El recorrido terminaba con una merienda colectiva en la que corría el vino y la picaresca verbal, tras la cual «los Febreros» eran finalmente quemados, poniendo fin a la celebración.
Aquella evocación periodística no quedó solo como un ejercicio de nostalgia. A finales de los años ochenta, la tradición encontró una segunda vida gracias al trabajo del grupo de Historia Oral de la Universidad Popular. Bajo la dirección de Fernando Jiménez Berrocal, se inició una investigación basada en los recuerdos de quienes habían vivido o escuchado hablar de la fiesta. Pacientemente fueron reconstruyendo canciones, recorridos y formas de confeccionar el muñeco, rescatando pequeños detalles de un universo festivo que estaba a punto de desaparecer.
Carnaval cacereño
Así, en 1989, el carnaval cacereño acogió la resurrección simbólica de «el Febrero». Ataviados como antiguas lavanderas, los participantes recorrieron la ciudad con el muñeco montado sobre un burro, repartiendo dulces, copas de anís y folletos explicativos mientras entonaban coplas recuperadas de la tradición oral. No se trataba de reproducir exactamente la fiesta antigua, sino de devolverla al imaginario colectivo y recordar que, detrás de aquel pelele irreverente, existía toda una historia ligada al trabajo femenino y a los viejos lavaderos cacereños.
Porque hablar de «los febreros» es, inevitablemente, hablar de las lavanderas. Durante generaciones, muchas mujeres del pueblo encontraron en este oficio una forma de subsistencia, lavando la ropa de los cacereños en lugares hoy casi olvidados como Hinche, Beltrán o Valhondo. Aquellos espacios eran mucho más que simples lugares de trabajo: constituían auténticas comunidades femeninas donde se compartían esfuerzos, confidencias y también momentos de celebración. La llegada del agua corriente a los hogares y la aparición de las lavadoras acabaron poco a poco con aquel mundo, y con él se desvanecieron también sus ritos festivos. Los febreros fueron, en cierto modo, una despedida burlona y colectiva del invierno, pero también un reflejo de la identidad de un gremio humilde que supo convertir la dureza del trabajo diario en motivo de encuentro y de fiesta.
Libros
Buena parte de esa memoria ha quedado recogida en el interesantísimo libro ‘Aprender desde el recuerdo’, del cronista oficial Fernando Jiménez Berrocal –uno de los impulsores de la recuperación de la fiesta-, donde reconstruye con sensibilidad el universo humano que rodeaba a los antiguos lavaderos y la historia cotidiana de las lavanderas.
Me permito añadir aquí algunas pequeñas curiosidades halladas en la prensa local, pequeñas pinceladas dispersas que ayudan a comprender mejor cómo era la vida de este gremio humilde. La prensa local de los siglos XIX y XX nos deja testimonios muy reveladores de aquella realidad. Así, en 1861 el juzgado de Cáceres citaba a una lavandera acusada del hurto de varias prendas; no sería el único caso, pues los periódicos recogen con cierta frecuencia denuncias por ropa sustraída mientras se secaba en los regatos o en parajes como la Gula o el Junquillo. Para llevar una contabilidad precisa de las prendas confiadas, las familias disponían de las conocidas como «agendas de la lavandera y planchadora», que se vendían en las imprentas locales a finales del siglo XIX, lo que da idea del volumen de encargos y de la organización que exigía este oficio.
Condiciones de trabajo
Las condiciones de trabajo no estaban exentas de peligro. En 1904, una crónica informaba de la muerte repentina de Juana Guerra mientras lavaba en el regato de los Carboneros. Y en 1907 otra noticia relataba que, «en el sitio llamado del Espíritu Santo, un carnero de los que allí pastaban emprendió a topetazos contra una lavandera llamada Isidra Benito, ocasionándole una herida en la cabeza y varias contusiones en el vientre y en la mano derecha».
La prensa también deja entrever cómo la vida cotidiana de las lavanderas no era ajena al clima social de cada momento. En 1933, el periódico de la Casa del Pueblo Unión y Trabajo denunciaba el caso de una mujer que había sido presionada por una clienta para condicionar su voto: «Ha habido lavandera que, requerida por la señora a quien lava la ropa, se ha visto coaccionada y amenazada con dejar de trabajar si votaba por los socialistas». Años más tarde, ya en plena posguerra, el diario Extremadura informaba el 23 de junio de 1939 de que las lavanderas de Valhondo participarían en una multitudinaria peregrinación a Guadalupe para ofrendar la victoria del bando nacional.
Noticias
Junto a estas noticias también aparecen gestos que hablan de su profunda implicación en la vida colectiva de la ciudad. En 1906, con motivo de la bajada de la Virgen de la Montaña tras su proclamación como patrona, las lavanderas costearon un arco en la Fuente del Concejo, un detalle que evidencia su capacidad de organización y el orgullo de pertenencia a un gremio muy presente en la sociedad cacereña.
Hoy la fiesta de «el Febrero» aspira a convertirse en celebración de Interés Turístico Regional, un reconocimiento que sería también un justo homenaje a aquellas humildes lavanderas que, entre pilas y regatos, dieron forma a esta tradición, y a quienes décadas después supieron rescatarla del olvido gracias a un admirable ejercicio de recuperación de la memoria colectiva con la implicación de nuestros mayores. Que el fuego simbólico del pelele siga recordándonos que la historia de Cáceres no la escriben solo los nombres ilustres que rotulan nuestras calles, sino también cada uno de nuestros vecinos más humildes. Feliz Carnaval.
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