Agapito Gómez Villa, doctor en Cáceres: "La empatía no se estudia en los libros, pero sin ella no hay medicina de cabecera"
Cosecha de 1951, asegura que "el día que la gente deje de llamarme, me plantearé jubilarme"

Gómez Villa en el balcón de su consulta, en la avenida Virgen de Guadalupe de Cáceres. / EDUARDO VILLANUEVA

Cosecha de 1951 y con casi medio siglo de ejercicio a sus espaldas —«en 2028 cumpliré cinco décadas»—, el doctor Agapito Gómez Villa lo tiene claro: la medicina no se sostiene solo sobre el conocimiento científico. «La empatía no se estudia en los libros, pero sin ella no hay medicina de cabecera», afirma desde su consulta en Cáceres, donde sigue atendiendo una media de 15 pacientes al día y donde el teléfono continúa sonando con nuevos nombres con nuevos nombres que añadir a su lista de pacientes.
Formado en Salamanca, comenzó casi por azar en la ciudad durante el servicio militar. Cubrió una plaza en urgencias y ya no se marchó. Fue ayudante en cirugía y ginecología, médico de prisiones durante una década —«me aplaudieron el día que me despedí»—, aprobó la oposición y fue médico titular del Ministerio de Justicia antes de regresar a la Seguridad Social. Nunca ha tenido denuncias ni conflictos graves con pacientes. «El secreto es sencillo: mirarles a la cara y que sientan que les estás escuchando».
Ciencia y trato humano
Gómez Villa no minusvalora el conocimiento técnico, pero relativiza su exclusividad. «Un médico con gran desconocimiento científico puede ser malo, claro; pero lo contrario también es cierto: puede ser una eminencia y ser un mal doctor». Ha comprobado cómo pacientes rechazan a profesionales brillantes por una actitud distante. «Me dicen: ‘A ese médico no vuelvo porque no me miró ni a la cara’».
Para él, la relación terapéutica se construye en la confianza. «La ciencia se presupone; lo que más valora el paciente es la entrega». Evita que haya gente esperando en la sala para no transmitir prisa. Si percibe dudas, cita de nuevo esa misma tarde. «Quiero que salgan con la conciencia de que les he dado todo lo que sé».

Gómez Villa, en el balcón de su consulta en Cáceres. / EDUARDO VILLANUEVA
En su biblioteca conserva subrayada una frase del manual de medicina interna de Tinsley Randolph Harrison, referencia clásica de generaciones de facultativos: entre médico y paciente no solo debe existir amistad, sino, si es posible, también intimidad. «Cuando leí eso pensé: tiene razón».
La intimidad, aclara, no es morbo ni invasión, sino confianza. «Aquí vienen hombres de mi edad a pedirme viagra; les cuesta mucho. Pero cuando lo hacen es porque ya han dado el paso de confiar». Recuerda a un paciente de más de 80 años que le llamó preocupado por un mareo. «¿No será por la viagra?», bromeó. «Eso significa que se han abierto».
También hay pacientes que le hacen partícipe de sus conflictos afectivos. «Hay especialistas para eso, psicólogos, pero el hecho de que te lo cuenten demuestra que existe esa intimidad». Sin embargo, marca límites: jamás ha interrogado de oficio sobre la vida sexual si el enfermo no lo plantea. «Nunca se me ha ocurrido preguntarlo por sistema. No soy capaz».
Digitalización sin perder la mirada
Ha vivido la transición de la historia clínica en papel a la pantalla. No reniega de la tecnología —«era inevitable»—, pero alerta contra el riesgo de deshumanización. «Solo miro el ordenador cuando es imprescindible. Soy capaz de escribir sin dejar de mirar al paciente». Cree que la queja más frecuente no es técnica, sino emocional: sentirse ignorado.

Gómez Villa, en su consulta. / EDUARDO VILLANUEVA
«Si un paciente siente que le dedico todo mi tiempo y que me importa su problema, regresa; eso es más importante que cualquier protocolo o receta»
«Soy médico 24 horas», admite. Incapaz de negar ayuda cuando alguien le llama, distingue entre lo urgente y lo demorable, pero rara vez deja sin respuesta una consulta. «Si me llaman porque necesitan saber si un medicamento interfiere con otro, tengo que contestar». La medicina, dice, es también educación y compromiso.Y de hecho, durante el transcurso de esta entrevista atiende a paciente vía teléfonica que le llama para consultarle si puede mezclar dos medicamentos.
Cuando le preguntan por la jubilación, sonríe. «El día que la gente deje de llamarme, me lo plantearé». De momento, ocurre lo contrario: pacientes antiguos que le buscan aunque ya no figure en los cuadros médicos de las aseguradoras, jóvenes que llegan recomendados por sus maestros; pacientes que le 'suplican' que no les deje «huérfanos».
El secreto de medio siglo de ejercicio
Para Gómez Villa, la clave de su longevidad profesional no está en los años ni en la experiencia técnica, sino en la constancia y en la conexión con la gente. «Si un paciente siente que le dedico todo mi tiempo y que me importa su problema, regresa; eso es más importante que cualquier protocolo o receta». Señala que esta conexión crea un mecanismo de confianza que se fortalece con los años, porque «cuanto más seguro me siento como médico, más seguro se siente el paciente conmigo».
El doctor defiende que la medicina de cabecera no es solo una serie de actos médicos, sino un compromiso humano. «Hay libros que te enseñan técnicas, diagnósticos y tratamientos, pero no enseñan cómo mirar a un paciente a los ojos y transmitir seguridad y respeto». Incluso en casos delicados, como pacientes con problemas sexuales o afectivos, su máxima es mantener la dignidad y la privacidad, fomentando la confianza sin invadir la intimidad.
Una inspiración para nuevas generaciones
A pesar de los años, Gómez Villa sigue apasionado por su profesión. «Cada paciente es un nuevo reto, un nuevo aprendizaje. Esto no se hace por dinero ni por fama; se hace porque te gusta ayudar a la gente». Su ejemplo demuestra que la medicina no solo cura cuerpos, sino que también sostiene la confianza, la cercanía y la humanidad, elementos que, según él, son la base de la verdadera medicina de cabecera.
Presente y futuro
Mientras tanto, Cáceres sigue viendo pasar a Agapito. Su consulta sigue abierta, su teléfono no deja de sonar y su compromiso no flaquea. Medio siglo después, su enseñanza es clara: la medicina de cabecera sobrevive y se fortalece solo si se combina conocimiento, entrega y empatía. Porque, como él recalca, «la empatía no se estudia en los libros, pero sin ella no hay medicina de cabecera».
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