Barrio a barrio
La urbanización que crece junto al barrio minero olvidado de Cáceres
Río Tínto impulsa nuevas viviendas y suelo en expansión mientras el histórico poblado industrial, declarado BIC, se deteriora a escasos metros

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Calle La Perla, Santa Cristina, Tranvía o Demasía dibujan el mapa urbano del sur de Cáceres. Son los nombres que conforman la urbanización Río Tinto, en Aldea Moret, donde tres bloques de viviendas promovidos por Gestyona, Al Tecnic y el que da nombre al barrio (Río Tinto) ya se han ejecutado y donde varios solares esperan a ser desarrollados. La zona mira al futuro apoyada en dos infraestructuras clave en ejecución: la futura autovía Cáceres-Badajoz y la ronda sureste, que mejorarán la conexión y multiplicarán su atractivo residencial. Por el momento los dos bloques no han generado desarrollo comercial y dependerá de las instituciones el que su impulso los haga crecer y no caigan en el aislamiento.
A pocos metros, sin embargo, el contraste es evidente. El que fue uno de los enclaves industriales más avanzados de la ciudad permanece atrapado en el deterioro. El poblado minero de Aldea Moret, levantado en el siglo XIX al calor de la explotación de fosforita, fue durante décadas símbolo de modernidad. Hoy es un Bien de Interés Cultural (BIC) que acusa décadas de abandono.
De motor industrial a patrimonio en riesgo
Fue hacia 1880 cuando la compañía minera configuró un poblado singular, con casas encaladas, jardines anexos y una planificación urbana poco habitual en la ciudad de la época. En su entorno llegaron a levantarse 12 pozos de extracción y 119 construcciones industriales. Aquella actividad impulsó incluso la llegada del ferrocarril, inaugurado en 1881 por los Reyes de España y Portugal.
La mina dio sustento a miles de familias y transformó la fisonomía de Cáceres. Jefes, técnicos y empleados residían en el núcleo principal, mientras los trabajadores se distribuían en barriadas próximas a los pozos. El conjunto contaba con escuela, iglesia, economato, piscina y espacios sociales que lo convirtieron en un modelo urbano avanzado frente a la ciudad histórica.
El cierre del yacimiento en los años 60 marcó el inicio del declive. Desde entonces, muchas edificaciones han sufrido un progresivo deterioro.
Una declaración BIC que no frena la ruina
El conjunto fue declarado BIC el 20 de mayo de 2011 con categoría de Lugar de Interés Etnológico, por su "alto valor testimonial" y su "singularidad arquitectónica". La protección integra edificaciones, oficinas, pozos, galerías, viviendas y almacenes como muestra coherente de la actividad extractiva de la fosforita.
Sin embargo, el paseo actual revela hornos deteriorados, techumbres debilitadas, inmuebles abiertos y estructuras afectadas por el paso del tiempo y el expolio. Solo permanecen tres espacios rehabilitados en los últimos años: la mina La Abundancia (Centro de Interpretación), el Edificio Embarcadero y el Garaje 2.0.
Las construcciones originales, levantadas en torno a 1885 con materiales como barro y madera, han acusado especialmente la falta de mantenimiento. En varios puntos existen cubiertas con riesgo de derrumbe y zonas sin servicios urbanos plenamente normalizados.
El polo empresarial y la nueva expansión
En contraste con el deterioro patrimonial, el entorno inmediato ha experimentado una transformación parcial. El Embarcadero, construido entre 1957 y 1959 para almacenar mineral antes de su transporte ferroviario, fue rehabilitado en 2011 como vivero de empresas y asociaciones, con espacios de coworking, auditorio y dependencias destinadas al emprendimiento.
El Garaje 2.0, antiguo almacén de superfosfatos de 1960, fue reabierto en 2013 como centro para empresas innovadoras, con sede del CEEI de Extremadura, despachos, factoría de innovación y centro audiovisual.
Estos equipamientos, junto al desarrollo residencial de Río Tiber y la previsión de nuevas conexiones viarias, configuran un pequeño polo empresarial y urbano en expansión.
Entre la memoria y el crecimiento
Aldea Moret representa hoy una dualidad difícil de ignorar: nuevas viviendas y suelo en desarrollo conviven con un patrimonio industrial de enorme valor histórico que afronta su futuro con incertidumbre.
En 1864 el descubrimiento de fosforita en el calerizo impulsó la gran industria que permitió el crecimiento moderno de Cáceres. Más de un siglo después, la zona vuelve a situarse en el centro del debate urbano: por un lado, la expansión vinculada a nuevas infraestructuras; por otro, la necesidad de preservar un legado que explica buena parte de la historia contemporánea de la ciudad.
El sur de Cáceres avanza. La cuestión es si lo hará integrando su pasado industrial o dejando que termine definitivamente sepultado por el tiempo.
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