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Una historia de Cáceres a través de sus objetos

La Dolorosa de la Cruz: la imagen que don Santiago Gaspar Gil soñó para la Semana Santa de Cáceres

El sacerdote cacereño Santiago Gaspar Gil fue clave en el resurgir de la Semana Santa del siglo XX, impulsando procesiones y enriqueciendo el patrimonio religioso de la ciudad

Imagen de la Dolorosa de la Cruz.

Imagen de la Dolorosa de la Cruz. / Archivo de la Unión de Cofradías de Cáceres.

Jorge Rodríguez Velasco

Jorge Rodríguez Velasco

Cáceres

En apenas un mes será Domingo de Ramos y Cáceres volverá a vibrar con su Semana Santa, la que es, sin duda, su celebración más destacada y aquella en la que se registra una mayor participación ciudadana. Durante esos días, la ciudad transforma su pulso cotidiano para reencontrarse con una tradición profundamente arraigada que aúna fe, patrimonio y cultura.

Si hoy son diecisiete las cofradías que organizan la Pasión cacereña, hace un siglo tan solo tres procesionaban: Nazareno, Veracruz y Soledad. En las primeras décadas del siglo XX estas corporaciones experimentaron un notable resurgir en su actividad y organización, favoreciendo que las procesiones cobraran nuevo impulso y ganaran progresivamente en solemnidad y vistosidad. Nuevos pasos se unieron a la nómina de los ya existentes; otros se sustituyeron por tallas de mayor valor artístico y también se planificaron nuevas procesiones. Aquel impulso renovador sentó los cimientos de la Semana Santa cacereña contemporánea.

En aquel decisivo tiempo algunos hombres desempeñaron un papel destacado, no solo por imaginar nuevos proyectos, sino por trabajar con determinación para hacerlos realidad. Entre todos ellos sobresale el nombre de don Santiago Gaspar Gil, sacerdote de origen torrejoncillano, figura clave en el renacer cofrade durante el siglo XX en nuestra ciudad. Su iniciativa y empeño resultaron decisivos para impulsar nuevas procesiones y enriquecer el patrimonio devocional de la Semana Santa de Cáceres.

Nacido en 1872 y ordenado presbítero en 1895, desempeñó diversos destinos en pueblos de la diócesis antes de recalar en Cáceres en 1905 como ecónomo de la parroquia de Santiago. Cinco años después sería nombrado párroco de San Mateo, responsabilidad que ejerció durante más de cuarenta años, hasta su muerte, dejando una huella profunda en la vida religiosa local.

A su llegada a la parroquia de Santiago encontró una Cofradía del Nazareno que, según sus propias palabras, se hallaba «en un estado de decadencia mayor que la misma en que se encontraban las demás cofradías». Durante su breve etapa como ecónomo de esta parroquia impulsó la revitalización de la procesión y, en 1908, aprovechando su asistencia al Congreso Mariano Internacional celebrado en Zaragoza, gestionó la adquisición de la imagen de la Virgen de las Angustias, destinada a enriquecer el cortejo penitencial.

Ya como párroco de San Mateo, su acción se dejó sentir también en la antigua Cofradía de la Vera Cruz, a cuya reorganización y nuevo impulso contribuyó de manera decisiva. En 1929, desde las páginas de Extremadura -periódico del que fue destacado colaborador- reflexionaba sobre el momento que atravesaba la Semana Santa cacereña y sobre el camino que aún quedaba por recorrer. Apuntaba entonces a la necesidad de contar en Cáceres con «pasos de verdadero mérito artístico, que son los que, aparte del fervor religioso -que es el principal-, mantienen siempre el interés de las procesiones (…) No muchos pasos, sino buenos pasos».

La procesión

Al comenzar la década de 1930 la hermandad procesionaba con tres pasos: La Oración en el Huerto, Jesús amarrado a la columna y la Virgen de la Soledad -de la cofradía homónima-, que igualmente formaba parte del cortejo del Santo Entierro. En 1931, poco antes de la proclamación de la Segunda República, se estrenaba el paso del Beso de Judas. Sin embargo, las tensiones de aquella etapa histórica, el posterior conflicto bélico de 1936 y las dificultades de la posguerra frenaron los proyectos de dotar a la hermandad de nuevas imágenes y enriquecer su patrimonio procesional.

Hubo que esperar hasta mediados de siglo para que aquellas ideas volvieran a plantearse con firmeza. En la junta general de hermanos celebrada en 1950, don Santiago pronunció una encendida alocución en la que recordó el propósito de completar la procesión con una Dolorosa propia «en armonía con el rango de los demás pasos, que son de los más artísticos e inspirados de la capital». Solicitó entonces a los hermanos un nuevo esfuerzo económico para hacer realidad la iniciativa y anunció que la futura imagen sería encargada a un imaginero de reconocido prestigio, buscando una obra que aunara devoción y excelencia artística.

Noticia en Extremadura sobre la llegada de la imagen.

Noticia en Extremadura sobre la llegada de la imagen. / El Periódico

Decidido a encontrar una Dolorosa que respondiera a esas aspiraciones, se trasladó a Madrid para visitar el taller de Félix Granda, con quien le unía amistad desde los años del obispo Segura Sáez. De sus talleres habían salido, entre otras obras, la corona de la Virgen de la Montaña, ejecutada para su coronación, o la imagen del Sagrado Corazón erigido en las inmediaciones del santuario. Sin embargo, la Dolorosa de talla que le ofrecieron no terminó de convencerle y regresó con las manos vacías. Infructuosas resultaron también las conversaciones mantenidas con el escultor Lázaro Gumiel.

Aquellas gestiones reforzaron su convicción de que lo más acertado sería reproducir «una obra de arte consagrada por los siglos», que ofreciera mayores garantías que cualquier creación moderna. Recordó entonces la profunda impresión que le habían causado los pasos de Valladolid, referencia indiscutible de la imaginería procesional española. Precisamente en aquella ciudad residía el sacerdote Antolín Gutiérrez Cuñado, amigo personal de don Santiago y que había sido vicario general de la diócesis cauriense. Gracias a su mediación entró en contacto con el escultor vallisoletano Antonio Vaquero, quien envió fotografías de algunos de sus trabajos, entre ellos una reproducción en mármol de la Quinta Angustia de Gregorio Fernández realizada para el Cabildo de Santander.

Aquella obra había impresionado profundamente a don Santiago -«era precisamente el paso que más nos agradó de los extraordinarios que publicó ABC en la última Semana Santa»-, pero su reproducción planteaba dificultades, pues la imagen original presentaba a la Virgen con el Cristo muerto en su regazo y era necesario suprimir la figura de Jesús para dejar sola a la Madre. El escultor remitió diversos diseños que, pese a su indudable calidad, no lograron satisfacer plenamente lo que se buscaba para la Vera Cruz.

Noticia sobre D. Santiago Gaspar Gil en Extremadura.

Noticia sobre D. Santiago Gaspar Gil en Extremadura. / El Periódico

El escultor remitió entonces un fotograbado de la Dolorosa de la Cruz, otra de las grandes creaciones de Gregorio Fernández que se venera en la iglesia vallisoletana de su nombre. La propuesta agradó plenamente y pronto se tomó la determinación de encargar su reproducción, formalizándose el correspondiente contrato.

No faltaron, sin embargo, dificultades. La cofradía vallisoletana propietaria de la imagen original se mostró en un primer momento contraria a la realización de la réplica y, además, era necesaria la autorización del arzobispado de Valladolid para instalar el andamiaje preciso que permitiera ejecutar la copia con fidelidad. Tras diversas gestiones y mediaciones, se obtuvo finalmente el consentimiento eclesiástico y la conformidad de la hermandad titular, que accedió al proyecto mediante el abono de los derechos correspondientes.

La reproducción

La obra es una reproducción muy fiel de la de Gregorio Fernández, aunque el escultor introdujo algunas variaciones, como la mayor delicadeza en las manos y en los pies, que en la réplica aparecen parcialmente desnudos y calzados con sandalias. También se modificó la disposición de la figura, sentada sobre peñas en lugar del sencillo cajón del original. El policromado, cuidadosamente patinado para evocar el barroco castellano, contó con la colaboración del pintor Fidel Giralda, mientras la corona y la espada se realizaron en plata por un orfebre madrileño. Una espada que atraviesa el corazón de la Virgen, simbolizando las palabras que el anciano Simeón dirigió a María cuando presentó a Jesús en el templo: «Y a ti misma una espada te atravesará el alma».

La nueva imagen fue bendecida solemnemente por el obispo de Coria el 30 de abril de 1953, en una ceremonia que congregó a numerosos fieles. Al concluir, los devotos desfilaron ante la Virgen en un fervoroso besapié, iniciándose así la devoción pública a la Dolorosa de la Cruz. El 3 de mayo, como culminación del triduo celebrado en su honor, la imagen fue sacada por primera vez en procesión por las calles de Cáceres.

Don Santiago fallecería el 18 de diciembre de aquel mismo año a los 81 años, tras haber visto culminado el proyecto al que dedicó tantos esfuerzos. Quedaba así para siempre ligado a la historia de la Semana Santa cacereña, a la que dejó una de sus imágenes más emblemáticas. Una imagen que cada Jueves Santo los hermanos de la Vera Cruz portan sobre sus hombros por la ciudad monumental, manteniendo vivo el legado de quien la soñó.

Jorge Rodríguez Velasco es Graduado en Historia y Patrimonio Histórico por la Uex

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