Barrio a barrio
Cervecería Castaño, el bar que fue referencia en Cáceres y homenajeó a Segismundo Moret en su calle
En 1881, Segismundo Moret, promotor de las minas de Extremadura, recibió en Cáceres a los reyes Alfonso XII y Luis I, con motivo de la inauguración del ferrocarril que conectaba con Portugal

Miguel Ángel Muñoz Rubio
El 30 de noviembre de 2013, al cumplirse el centenerario de su fallecimiento, el Ayuntamiento de Cáceres y tres cacereños promotores de la efemérides, instalaron en el antiguo Restaurante El Corregdor, una placa de Mármoles Vivas recordando a Segismundo Moret y Prendergast (Cádiz, 1838 - Madrid, 1913), Hijo Adoptivo de la Villa de Cáceres en 1881 y distinguido con el nombre de calle Moret de la capital en 1913.
Moret fue abogado y catedrático de Instituciones de Hacienda de la Universidad Central de Madrid. El rey Alfonso XIII asistió a su entierro el día 30 y dispuso que ese día ondeara la bandera española a media asta en todos los edificios del Estado de la Corte, en señal de duelo. Luis Antón del Olmet y Arturo García Carraffa escribieron una biografía pocos meses después de la muerte. En ella dicen que el apellido paterno es de origen catalán y el materno inglés. El Ayuntamiento de Cádiz expresó admiración y gratitud a "un gran estadista, orador egregio y defensor insigne de las ideas democráticas" en una placa colocada en 1906 en la casa donde nació el 2 de junio de 1838. En Cádiz, en la plaza de Isabel II, en el monumento inaugurado el 29 de noviembre de 1909, cuatro inscripciones dicen: "Elocuencia, Lealtad, Libertad y Patriotismo". Los autores recogen también el deseo de que su entierro fuera modesto: "Lo único que desearía es que mi féretro fuese cubierto con la bandera nacional, para que ese signo sagrado hablase, cuando ya mi voz se haya extinguido, del amor que profeso a mi patria y la profesaré hasta mis últimos instantes. Ni flores ni coronas".
Otros trabajos posteriores, según relataba en sus crónicas en este periódico el doctor en Ciencias Químicas José Pastor Villegas, tratan de la biografía política de este liberal monárquico, iniciada en 1863, sin profundizar en su cercanía a lo científico, tecnológico y social. Moret, conocedor de las rocas fosfáticas de Extremadura, viajó numerosas veces a Cáceres entre 1874 y 1881, en cuyo cercano Calerizo se descubrieron en 1864 y exportaron pronto a países europeos. En particular, estuvo en junio 1876 para constituir la Sociedad General de Fosfatos de Cáceres (SgFC), de ámbito internacional. Otras veces estuvo por asuntos del ferrocarril directo Madrid-Portugal.
Contaba Pastor Villegas cómo un tren de invitados llegó a Cáceres a las 7.00 del 7 de octubre de 1881 para asistir a la inauguración de mencionada línea férrea internacional al día siguiente, a la que vinieron los reyes Alfonso XII y Luis I. El rey español partió de Madrid en tren a las 18.00 del día 7 para recibir al rey portugués en la estación de Valencia de Alcántara la mañana siguiente; viajaron con él Práxedes Mateo Sagasta, ingeniero de Caminos y presidente del Consejo de Ministros, y Moret. Los dos reyes y sus comitivas viajaron a Cáceres; cuatro máquinas fueron bendecidas por el obispo de Plasencia, y continuó el programa del día 8, incluso la corrida de toros en día tan lluvioso. El rey portugués regresó en tren a las 22.30 y el rey español pernoctó en el ayuntamiento.
Al día siguiente, domingo, hubo misa oficiada por el obispo en la iglesia de Santa María, visita a la villa monumental y viaje en tren a las minas de la SgFC. A la llegada, salvas mineras saludaron; siguieron visitas a la mina Abundancia y otras, las escuelas y alguna casa, y hubo banquete, discursos de Moret y Alfonso XII, y un emocionante desfile minero de niños, mujeres y hombres. A las 13.00 partió el tren real a Madrid y se regresó a Cáceres para continuar la jornada.
El ferrocarril
El ferrocarril llegó a Cáceres en 1881. Lo hizo para sacar los minerales de los yacimientos de Aldea Moret hasta Lisboa vía Valencia de Alcántara. La inauguración de aquel ramal fue tal que acudieron los reyes Alfonso XII de España y Luis I de Portugal. Los raíles se adentraban por fin en la provincia cacereña. Ya lo habían hecho en Badajoz, donde el primer tren llegó en 1863, un proyecto que también había tenido su origen en la industria minera, a raíz del descubrimiento de carbón en el Valle del Guadiato, concretamente en los municipios cordobeses de Bélmez y Espiel.
Según relataba Ángel Caballero como presidente de la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Extremadura, en realidad Cáceres había iniciado su proyecto ferroviario por el Tajo, una línea que salía de Madrid dirección a Malpartida de Plasencia. Como aún no se había consensuado con Portugal el punto de unión con la línea de Lisboa, en principio se planeó por la zona de Ceclavín (para recoger los fosfatos) hacia el área de Coria y Moraleja, cruzando en este punto la frontera.
Pero Segismundo Moret, hombre de gran peso e impulsor de las minas de Aldea Moret, logró una concesión para enlazar Cáceres con Portugal por Valencia de Alcántara, sacando por allí su producción. «Se generó entonces una disputa educada pero firme entre los defensores de la Ruta de la Plata, la gran transversal del Sur al Norte de España, y los que buscaban el puerto de Lisboa. No se daban cuenta que no era una o la otra, sino la una y la otra», afirma Ángel Caballero.
Dada la importancia histórica de Moret, no es de extrañar que una calle de la ciudad lleve su nombre y que esa placa esté instalada donde estuvo la Cervecería Castaño, impulsada por Luis Castaño Gómez, quien llegara a Cáceres en torno al año 1910 procedente de Navés, un pueblo de la provincia de Toledo, porque habían fallecido sus padres y un tío suyo lo colocó en una sombrerería que casualmente tenía en la calle Pintores de Cáceres. Transcurridos unos años, Castaño se independizó y montó primero un almacén de licores en la calle Parras, que se incendió, pero que no cercenó su afán emprendedor, ése que lo llevó a conseguir que le dieran la representación de El Águila, que era en aquel tiempo la gran multinacional de las cervezas en España.
Con esa representación, Luis alquiló a los Muriel una casa de la calle Moret en la que abriría la Cervecería Castaño, un bar que junto a Jamec y Avenida eran los tres grandes puntos de referencia de tertulia de la capital. Los Castaño ocupaban el primer piso de la casa de la calle Moret, donde también estaban las cocinas. Arriba, el almacén, y en la planta baja aquella hermosa cervecería, aún de recuerdo inolvidable para muchos cacereños, con su escalera central maravillosa, con escalones de mármol, tan perfectos que hasta podían subirse de dos en dos, una barra con sus preciosos azulejos que primitivamente estuvo entrando a la derecha, pero que luego pasó al lado izquierdo tras la reforma del bar que se realizó en 1947.
La Cervecería Castaño disponía de dos reservados con mesas donde se jugaban las partidas vespertinas, y al fondo unas neveras grandes donde se almacenaba el marisco. Porque fue el marisco una de las claves del gran éxito que cosecharía el establecimiento. Y es que el renombre del bar se basó en tres puntos: su magnífico servicio de cerveza, que llegó de la mano de Aurelio Castaño, hermano de Luis, padre de tres hijos, que tenía fama de ser el mejor tirador de cerveza de Cáceres. El segundo, la cocina de doña Josefa: sus famosos calamares fritos, los manojos de gambas, los callos a la madrileña y las tortillas de perejil que animaban aquellas tertulias que se prolongaban hasta pasadas las nueve de la noche, protagonizadas por intelectuales, letrados, funcionarios de la época...
El tercer punto que dio esplendor a la cervecería fue, qué duda cabe, la marisquería. Porque Castaño era el único bar de la ciudad que disponía de servidores directos, venidos desde los puertos de Huelva y A Coruña que traían el marisco a la ciudad en menos de 24 horas a bordo de los Comet, camiones rápidos que recorrían España de punta a punta cargados con las mejores cigalas, gambas y percebes que hacían las delicias de los cacereños.
Tuvo Castaño momentos muy brillantes, aunque coronó la cima en los años de mayor auge del wolframio, durante la Segunda Guerra Mundial cuando alemanes e ingleses peleaban por ese mineral. El suministro de wolframio, del que España era productor, resultaba vital para los planes de Hitler y esto supondría una gran revolución económica en nuestro país y el nacimiento de una burbuja que ayudaría a pagar las deudas contraídas durante la guerra civil.
El wolframio, uno de los materiales más importantes durante el conflicto, acaparó todos los focos de la especulación en España como efecto de los acontecimientos internacionales en aquella época, cuando los alemanes comenzaron a aplicarlo en su maquinaria bélica al aprovechar sus características para endurecer proyectiles (especialmente los misiles antitanque) y el armamento.
Las minas
Esa denominada 'guerra del wolframio' hizo florecer las minas de toda la provincia, desde las que salían por toneladas camiones repletos de mineral en dirección a los puertos de Portugal y de Galicia. Las minas no tardaron en convertirse en un yacimiento vital para el empleo, de manera que todos los fines de semana Castaño se ponía hasta arriba de trabajadores procedentes de las excavaciones que en aquel tiempo disponían de mucho dinero. De manera que Castaño era un hervidero de gente consumiendo de lo bueno a lo mejor, que hasta cuando llegaban las ferias algunos utilizaban los billetes como papeles para fumar cigarrillos. Así que hasta Castaño llegaban en tropel cientos de trabajadores de aquellos pozos, entre ellos don Pedro Zaragoza, un facultativo de minas que vivía en el Hotel Álvarez y que luego fue alcalde de Benidorm coincidiendo con el boom turístico de la ciudad alicantina.
Trabajaron en la Cervecería Castaño muchos bartmans que luego se independizaron para montar sus propios negocios: Luciano, Gaona, Domingo, que tuvo un bar por Concejo... Aquella cervecería se convirtió después en Mecano (una tienda de máquinas de escribir), y en la actualidad está cerrado. Igual que cerró la Librería Chelo, fallecida en 2013 y que así recordaba en este periódico la escritora Pilar Galán: "Como laberinto de Borges, pozo sin fondo o pasaje al centro de la tierra, la librería Chelo mantenía un pulso con la uniformidad en la calle Moret de Cáceres. Contra toda lógica espacial, Chelo no colocaba sus libros como en los centros comerciales, sino que los arrojaba al interior de un local que más bien parecía hueco de escalera. En su minúsculo escaparate, abigarrado de cosas, nos enterábamos de las novedades antes que en las grandes superficies. Allí compré tratados de fonética griega, gramáticas latinas y revistas, porque en esa cueva de los portentos podía habitar cualquier tipo de literatura y si no, se pedía. Nunca logré adivinar cómo se las arreglaba para saber la ubicación exacta de los libros, pero Chelo revolvía cajas y obraba el milagro de dar con el ejemplar solicitado. Su librería, que tenía principio pero no final, se expandía a lo largo de la calle, ofreciendo la mercancía a cualquiera que tuviera un poco de tiempo y ganas de conversación. Formaba parte del paisaje para muchos de nosotros, estudiantes que quedábamos deslumbrados ante aquel maremágnum. Sin embargo, el tiempo está lleno de pequeñas traiciones, y la vida nos fue llevando a otros lugares, mientras el local de los prodigios continuaba contra viento y marea, en lucha con la modernidad, sin saber que le daba cien vueltas. Ahora, la muerte de Chelo, a quien nunca conocimos bien, nos llena de nostalgia. Van quedando pocas librerías que amen de verdad lo que venden. Las habrá más grandes y quizá más ordenadas, pero sigo prefiriendo las trastiendas y los laberintos. Los buenos libreros saben de libros, lo demás solo es mercadotecnia".
Las despedidas
Otros míticos también dijeron adiós: la Camisería Payvi, Junco (dedicada a la moda de hombre y ceremonia), Calzados Marta, que luego se convirtió en Loja Da Jara (artesanía portuguesa que terminó diciendo adiós), Navarra (cuánta moda infantil en su escaparate del que hoy solo queda el recuerdo), la Banca Sánchez del bueno de Eloy o la Academia Matemáticas de la que solo queda un edificio ruinoso y un cartel con un teléfono diciendo que se trasladaban.
Moret, paralela a Pintores, entrada a la plaza de la Concepción, sigue siendo, pese a todo, uno de los grandes referentes de Cáceres. Ahora la cervecería Bokatines, las traseras del Ale-Hop y Samarkanda y su moda dan vida a la calle. Como la dan Spritzart (ideal para un regalo gracias a sus camisetas, calcetines y hasta paraguas), Abanca, Bordarte y dos apartamentos turísticos, Moret 11 y, seguidamente, La Morada de Moret.
Resisten también el Udaco, la pastelería Botanicc (en lo que fue el antiguo Mango, con entrada también por Pintores), Presen Joyas, Jvv (que es distribuidor oficial de Digi), Confecciones y Arreglos Yoli (que es taller de costura), la Mercería Pilar (que arreglan túnicas de Semana Santa y la Montaña), L'atelier de Monty y los invencibles Retales Manolo y El Siglo, antiguos almacenes ahora convertidos en tienda gourmet de productos de la tierra.
Y, cómo no, el Hotel Alfonso IX, que en su origen fue el Hotel Álvarez, el primero que tuvo ascensor en la ciudad y que acogió a figuras de la talla de Lola Flores y Miguel de Molina.
Una excursión de japoneses desfila cuando fébrero da su último suspiro, ausente total de la historia de esta calle de Cáceres que condensa el pasado floreciente de una ciudad que hoy suspira por encontrar su despegue definitivo como aquel tren que un día, ya muy lejano, arribó por estas tierras con nada menos que dos reyes a bordo.
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